Estudios sobre la historia del movimiento comunista en España

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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2005.

15/04/2005

Carboneros, leñadores y maquis: Los guerrilleros españoles en Francia (1939-1950).

1. Los chantiers de preguerra y Vichy: Solidaridad y conscripción (1939-1941).

Tras la caída de Cataluña, en enero de 1939, miles de combatientes españoles fueron internados en los campos de concentración del sur de Francia. Durante los meses de la primavera y el verano, y ante los problemas derivados de la saturación de las instalaciones, las autoridades francesas ofrecieron a los internos la posibilidad de salir de ellas para emplearse como jornaleros en las explotaciones agrícolas vecinas .
Tras la ruptura de hostilidades entre Francia y la Alemania nazi, en septiembre de 1939, la administración gala instó a los extranjeros útiles para las armas a integrarse en los Batallones de Marcha de Voluntarios o en la Legión Extranjera. Los hombres de edades comprendidas entre los 20 y los 48 años que no contrajeron voluntariamente un compromiso militar se convirtieron en “prestatarios extranjeros”, obligados a contribuir a la defensa de Francia en los recién creados Cuerpos de Trabajadores Extranjeros (CTE), en actividades agrícolas o industriales a criterio del Ministerio de Trabajo, o en tareas de fortificación de la “línea Maginot”. Según Sixto Agudo, de los 380.000 españoles que se encontraban en tierra francesa cuando estalló la guerra, unos 55.000 fueron enviados a las CTE, agregados a las unidades de Ingenieros Militares, grandes obras públicas e industrias de guerra, y unos 6.000 se enrolaron en los Batallones de Marcha y la Legión, unos de forma voluntaria, y otros, forzados .
Los trabajadores asignados a las CTE tenían estipulado un salario de 0,50 francos diarios y unas condiciones laborales reguladas por el Ministerio de Trabajo, pero no siempre se cumplía la reglamentación al respecto. Una veces, porque los contingentes eran considerados “comandos de trabajo” bajo vigilancia, en aplicación de la legislación vigente sobre “extranjeros indeseables”, como ocurría, según relata Victorio Vicuña, con los trabajadores recluidos en el campo de Vernet ; otras, porque los empresarios imponían sus propias condiciones .
Entre los destinos a los que fueron adscritos los refugiados españoles destacaron los chantiers, lugares donde se llevaban a cabo obras de construcción, demolición o minería, y que abarcaban actividades que iban desde la tala de bosques para la venta de madera y la fabricación de carbón vegetal hasta la construcción de pequeñas centrales hidroeléctricas, pasando por la explotación de canteras.
Hubo chantiers que fueron creados por militantes o simpatizantes del Partido Comunista Francés (PCF) para prestar acogida a sus camaradas españoles y, en algunos casos, para contribuir solidariamente a la financiación de las actividades del Partido Comunista de España (PCE): En Manjou, en el departamento de Aude, funcionó una explotación cuyo titular, el doctor Delteil, pagaba de su bolsillo los salarios de los españoles empleados, a los que cedió el producto de la venta de todo el carbón que pudieran fabricar a fin de que lo destinaran al sostenimiento del aparato del PCE y, posteriormente, del XIV Cuerpo de guerrilleros. En Varilhes (Ariége), un propietario de bosques llamado Benazet cedió a los españoles el uso de una pequeña explotación y de un garaje. En otros casos, ciudadanos franceses, como un tal Valisou, aceptaron figurar nominalmente como titulares de explotaciones que, en realidad, pertenecían a comunistas españoles . Estos fueron haciéndose progresivamente con el control de un mayor número de enclaves, cuyos réditos se destinaban, en su mayoría, al sostenimiento de los gastos del partido. Los chantiers fueron adquiridos en unos casos con la reinversión de los beneficios obtenidos en los ya existentes, y en otros mediante el producto de operaciones –eufemísticamente denominadas “recuperaciones”- como la que Tovar relata en sus memorias:

“Un día nos informan que los contrabandistas van a hacer un pasaje con bastante tabaco desde Andorra, en ese momento el tabaco costaba caro, como conocíamos el itinerario preparamos una recuperación. Nos emboscamos y cuando los vimos cargados con mulos, en un sitio que no les quedaba más remedio que recular, tiramos algunos disparos con los fusiles, echaron la carga por tierra y pies para qué te quiero. La venta de este tabaco nos produjo mucho dinero, y creo que Vallador [sic] pagó el chantier de Prayols con este dinero, este lugar nos era de gran utilidad, pues era uno de nuestros pasajes para ir a España” .

Otros chantiers, como los gestionados por el ingeniero George Thomas, servían de refugio estacional –una vez iniciada la ocupación- para los refugiados sobre los que recaían sospechas o para los amenazados de deportación. Estos chantiers, abiertos en septiembre de 1940, se repartían entre Saint Nicoulau, cerca de Foix ; la Peyregade, en Montferrier –ambos en el departamento de Ariège- ; y Mont Fourcat y Saint-Hilaire –en el departamento de Aude-. En invierno, el equipo de la Peyregade bajaba a Saint-Hilaire, y en primavera, los carboneros de Saint-Hilaire retornaban a Ariège, movimientos estacionales que resultaban útiles para obstaculizar las pesquisas policiales.
Sin embargo, no faltaban los chantiers explotados por oportunistas que veían en el aprovechamiento de una mano de obra que no podía revelar su estancia ilegal la oportunidad para la obtención de elevados beneficios. A cambio de esconder a los refugiados españoles, los satisfechos propietarios obtenían una sustancial plusvalía de la producción aportada por los trabajadores realmente existentes, cuyo número superaba sustancialmente al de operarios legalmente registrados:

“Existían otros también que, sin ser comunistas, nos dejaban hacer carbón, estaban encantados, pues declaraban tres obreros, y tenían el producto de diez o doce que teníamos allí escondidos, todos estábamos convertidos en leñadores” .

Por último, existieron chantiers de reclutamiento obligatorio, surgidos tras la instauración por el gobierno colaboracionista de Vichy de los Grupos de Trabajadores Extranjeros (GTE) en octubre de 1940. Obligado a entregar a Alemania buena parte de su producción industrial y agrícola para alimentar la máquina de guerra germana, el gobierno de la “zona libre” intentó paliar la falta de mano de obra -los prisioneros franceses continuaban aún cautivos- con la movilización de todos los extranjeros entre 18 y 55 años, y su adscripción a los GTE. Los trabajadores encuadrados mediante este sistema de conscripción eran entregados a las empresas que los precisaban o enviados a las fábricas alemanas y, a diferencia de los pertenecientes a las Compañías del periodo anterior a la rendición, no percibían retribución alguna. Muchos fueron destinados a la construcción del “Muro del Atlántico”, en las costas de Normandía; otros hubieron de trabajar en las bases de submarinos próximas a Burdeos o en el campo de aviación de La Rochelle, bajos los continuos bombardeos de la Royal Air Force (RAF) británica. Decenas de miles, por último, fueron remitidos a Alemania y, posteriormente, a Austria, donde un gran número dejaría sus vidas en los tristemente célebres campos de exterminio de Mauthausen, Gusen, Dachau, Buchenwald y Orianemburg
Los aún balbucientes grupos de la resistencia procuraron infiltrar a sus simpatizantes en las dependencias administrativas territoriales del los GTE, a fin de obtener información acerca de las necesidades de mano de obra de los alemanes y de sus movimientos para reclutarla –especialmente tras la instauración del Servicio de Trabajo Obligatorio (STO) en febrero de 1943-, dando aviso a los refugiados para que se pusieran a salvo:

“En San Juan de Verges, de donde dependíamos administrativamente, se encontraban las oficinas de un Grupo de Trabajadores Extranjeros, estaba empleado un camarada que se llamaba Aniceto Pérez, y nos facilitaba documentaciones, informándonos de todo aquello que nos interesaba, cuando los alemanes pedían obreros para ir a trabajar a Alemania podíamos evitar que los camaradas que se ocupaban de la organización fueran deportados” .

De todos los tipos de chantiers, los dedicados a la fabricación de carbón vegetal, que proliferaron en las regiones pirenaicas (en particular en Aude –Languedoc-Rosellón-, Ariége y Alto Garona –Midi Pyrénées), adquirieron una importancia significativa a medida que la escasez de hidrocarburos hizo aumentar la demanda de este combustible para los vehículos a gasógeno. El Estado Francés decidió enviar a ellos a una parte importante de los trabajadores extranjeros que aún esperaban destino en los campos de internamiento. Pero lo que las autoridades contemplaron como una oportunidad para rentabilizar y controlar al “número excesivo de extranjeros para la economía nacional” se convirtió, en virtud de la estructura dispersa y recóndita de los chantiers, en un factor crucial para el surgimiento y desarrollo de la actividad de los maquis. Los numerosos grupos de leñadores y carboneros, que en un principio resultaron excelentes refugios para los perseguidos por la Gestapo alemana y sus colaboradores de Vichy, acabaron por erigirse en la base de la organización armada contra los ocupantes nazis.

2. Los chantiers y la Resistencia (1941-1944).

Durante los primeros tiempos de la guerra mundial, los chantiers funcionaron fundamentalmente como refugio . Los activistas internados en los depósitos creados por las autoridades del nuevo Estado Francés para albergar a los miembros dispersos de las compañías de trabajo difundían la consigna de solicitar “trabajos de bosque” para evitar la entrega a la policía franquista o eludir el envío a las obras de fortificación o a las factorías y campos de Alemania . Los comunistas, tanto franceses como españoles, se encontraban en la clandestinidad, pero aún se abstenían de participar activamente en la resistencia en virtud del seguimiento del pacto germano-soviético. Sin embargo, el hostigamiento al que fueron sometidos tanto por los alemanes como por la administración colaboracionista francesa llevó a los leñadores y carboneros a albergar a perseguidos por la Gestapo o por la policía de Petain, a los que ayudaban a pasar a España para que, desde allí, alcanzaran Londres . Los refugiados comunistas españoles, acostumbrados a la militancia en condiciones de ilegalidad y fogueados por la experiencia de la guerra de España, fueron pioneros en activar las redes de solidaridad que ya habían entretejido desde la época de su internamiento en los campos del sudoeste francés. Es en este periodo cuando se dieron los primeros pasos desde la improvisación y las acciones aisladas a formas de resistencia que implicaban el surgimiento de un cierto nivel de organización . En concreto, se crearon tanto el aparato de pasos, denominado “de cara a España”, como el de falsificación de documentos . Los carboneros también se dedicaron a ocultar armas y explosivos de los que los aliados lanzaban en paracaídas sobre el territorio ocupado. Las armas iban destinadas, en principio, a la Armée Sécrete (AS) que obedecía órdenes de De Gaulle. Los militantes de la AS se ocupaban de ocultarlas hasta que pudiesen ser empleadas en apoyo de los aliados. Cuando los comunistas, tras la invasión alemana de la URSS en junio de 1941, se implicaron en los combates contra la ocupación, se originaron enfrentamientos entre la AS y los maquis españoles, que “recuperaron” algunas partidas con la intención de emplearlas de inmediato:

“[En febrero de 1944] me traen información de que se va a efectuar un aterrizaje de armas y que es la AS la que va a recibirlo, y esconderlo como de costumbre. Esperando el día X. Nos informamos del día, hora y lugar, y preparamos la recuperación de esas armas que nos hacían mucha falta. Llegó el día esperado y bien escondidos, dejamos que cargaran el camión y empezamos a tirar tiros al aire, cogimos el camión y lo escondimos en el bosque” .

Entre las primitivas acciones de resistencia se encontraba la práctica del sabotaje. Muchos chantiers de los GTE se dedicaban casi en exclusiva a la producción de carbón vegetal para los vehículos alemanes, lo que motivó que grandes cantidades del combustible destinado a los gasógenos se entregasen húmedas y mezcladas con piedras. A Valledor, en concreto, los alemanes acabaron pagándole el carbón a mitad de precio, e incluso le amenazaron con la deportación, debido a la mala calidad del material que suministraba .
A medida que aumentaba la presión sobre los trabajadores extranjeros, los chantiers fueron llenándose de huidos y hubo problemas para mantenerlos. No resultaba fácil conseguir recursos para alimentar a una población laboral muy por encima de la legalmente declarada sin delatar su presencia, lo que dio lugar, en ocasiones, a episodios insólitos:

“La llegada de nuevos camaradas aumentaba y estábamos un poco justos, cuestión comida, teníamos hambre y decidimos comprar un cerdo. Estábamos en una casita y solo circulábamos de noche, para que los campesinos no nos vieran, por esta causa decidimos matar el cerdo por la noche. Vaya problema para matar al pobre cerdo, aquello fue peor que la inquisición, golpe de martillo por aquí, golpe de hacha por allí, cuchillazos por todos lados, a tal extremo que el animal lleno de sangre y enloquecido se nos escapa. Quince o veinte de nosotros detrás del cerdo, en plena noche, los campesinos que encienden las luces; en fin, una verdadera catástrofe. Al día siguiente se dio la orden de evacuar, por si a los campesinos se les ocurría comentar esta famosa noche y llegaba a malas orejas, vale más prevenir lo que pueda ocurrir” .

A finales de 1941 los refugiados comunistas españoles decidieron pasar a la resistencia armada. En agosto de ese año el Comité Central del PCE había lanzado el manifiesto de “Unión Nacional”. El objetivo, de cara al interior de España, era unir a toda la nación -desde la clase obrera a la "burguesía nacional"- para evitar que Franco entrara en la guerra al lado de Hitler; y, en el exilio, contribuir a la lucha activa para la derrota del nazismo en el marco de la alianza con las potencias occidentales.
En una reunión convocada en Carcassonne por Jaime Nieto, miembro de la delegación del PCE en Francia, se decidió la organización de los guerrilleros en la zona sur, que tomó el nombre de "XIV Cuerpo de Guerrilleros Españoles" en homenaje a la unidad homónima creada por el Ejército Popular de la República Española en 1937. La lucha de los republicanos aparecía así enlazada, sin solución de continuidad, con la guerra de España, conforme a la línea mantenida por los comunistas bajo los “gobiernos de la resistencia” del doctor Negrín. Nieto celebró otra reunión en la presa en construcción de Larroquebrou (Cantal), en la que se acordó organizar los primeros núcleos de guerrilleros de la zona central. Entre noviembre de 1942 y mayo de 1943 el PCE impulsó las guerrillas de Pirineos Orientales, Altos y Bajos Pirineos, y la consolidación de sus organizaciones urbanas en Toulouse, Foix, Pamiers, Tarascón y Lavelanet .
El principal teatro de operaciones de los guerrilleros españoles estuvo comprendido en el territorio de los departamentos de Ariège y Aude, y entre sus responsables se encontraban Jesús Ríos, Cristino García, Luis Walter (a) “Manolo el mecánico”, Luis Fernández, Vicente López Tovar y José Antonio Valledor . Las primeras acciones se llevaron a cabo en mayo de 1942, y consistieron en “recuperaciones” de dinero y armas lanzadas por los aliados, y en el sabotaje de vías férreas. Al mismo tiempo se produjo el lanzamiento de un órgano de expresión propio, “Reconquista de España”, editado con una pequeña imprenta “Minerva” por un grupo de carboneros en el departamento de Vaucluse .
Valledor y López Tovar fueron encargados de visitar los chantiers existentes para unificar la acción de los maquis residentes en ellos. Se trataba de combinar el mantenimiento de la vida legal de los leñadores, carboneros, mineros y constructores de presas, cuya integración con la población francesa no planteaba problema alguno, con las actividad clandestina, que exigía una ejecución rápida de las misiones asignadas y el retorno al lugar de trabajo antes de que la ausencia fuera percibida. Al contrario que sus camaradas franceses, que incurrieron en ocasiones en el error de formar grandes unidades partisanas para buscar la confrontación frontal con el enemigo, los españoles, según Sixto Agudo, cultivaron “el arte de reunirse y de dispersarse. Reunirse, condensarse, para caer como la lluvia sobre un objetivo dado. Dispersarse, desparramarse, para escapar a la persecución” . La preocupación por preservar al máximo tanto la integridad de los grupos de combatientes como su independencia orgánica no era ajena a la concepción de la resistencia que tenían los comunistas españoles, para quienes la lucha contra el ocupante nazi era no solo una continuación de su combate anterior en España, sino un episodio que presagiaba la lucha por la liberación de su propio país que habría de producirse en el porvenir .
La estructura de los maquis españoles en del Midi francés antes de 1944, era sumamente flexible y articulada en tres niveles:
- Los maquis “de primer nivel”, “maquis blancos” o “maquis del llano”, que, dispersos por los chantiers, aún no habían participado abiertamente en acciones de la resistencia. Entre ellos se encontraban los capataces de las explotaciones, que aparecían como la cara legal del entramado, encargados de la contratación de las obras y de la administración de los recursos.
- Los maquis “de segundo nivel” o “de nivel intermedio”, que eran los amenazados o puestos bajo sospecha que debían cambiar frecuentemente de localización.
- Los maquis “de tercer nivel” o “maquis verdadero”, guerrilleros móviles que se mantenían habitualmente alejados de los chantiers para llevar a cabo sus acciones .
El paso de un nivel a otro era dinámico, pero procurando no romper nunca el cordón umbilical que unía a los guerrilleros con el centro de trabajo de procedencia. Como afirma Victorio Vicuña, “en cualquier momento un destacamento guerrillero podía verse obligado a dispersarse. Entonces escondíamos las armas y la ropa, y cada guerrillero se fundía con leñadores, los mineros o los constructores de embalses” .
Con la creación del Comité Militar de la Mano de Obra Inmigrada (MOI) a finales de 1943 , y sobre todo a partir de la formación de la Agrupación de Guerrilleros Españoles (AGE) en mayo de 1944, la mayor parte de los maquis pasó a integrase en el tercer nivel, el del “maquis verdadero”, jugando un papel fundamental en la liberación del sur de Francia, desde Oloron, en los Pirineos Atlánticos, a Dordogne, el Ariége y Aude .
3. Una empresa para la “Reconquista de España”: la Enterprise Forestier du Sud-Ouest (1946-1950).

Tras la liberación del Mediodía francés y la fallida intentona de invasión del valle de Arán, en octubre de 1944, el PCE se encontró con miles de militantes en Francia que, una vez desmovilizadas las unidades de la resistencia, carecían de recursos propios. El partido adquirió bosques en la zona pirenaica, con el objetivo de financiarse y de proporcionar, al mismo tiempo, entrenamiento a los militantes cuyo destino era engrosar las filas de la guerrilla antifranquista en el interior de España.
En 1946 se fundó la Enterprise Forestier du Sud-Ouest, conocida por la policía franquista como “Fernández, Valledor y Cía” . Su origen se encontraba en la empresa forestal abierta el 20 de diciembre de 1940 por José Antonio Valledor en Saint Hilaire (Aude), y que desde 1942 se había convertido en el primer centro político militar del maquis español. La política de adquisición de propiedades forestales había continuado durante la guerra, favorecida por la galopante devaluación del franco, cuya cotización se aproximaba cada vez más a la sardónica definición dada por Goering: una divisa que “no tenía más valor que un cierto papel reservado para cierto uso”.
La empresa había adquirido unas importantes dimensiones y, a la finalización del conflicto, sus tajos se situaban en diferentes municipios (Mirepoix, Quillan, Brassac, Millau, Izaut, Pamiers,…) de los departamentos de Aude, Ariège, Alto Garona, Altos y Bajos Pirineos. Contaba, además de con los chantiers propiamente dichos, con depósitos, almacenes, serrerías y garajes, donde trabajaban unos doscientos cincuenta encargados y mil empleados .
La actividad de la empresa, en sus inicios, se repartió entre la corta de pinos, el carboneo y el aprovechamiento de pastos. De hecho, la primera contrata la obtuvo del ayuntamiento de Toulouse para la provisión de carbón destinado a la calefacción de sus dependencias . Pero el verdadero empuje lo recibió con la obtención del contrato para suministro de traviesas de ferrocarril por parte de la Société Nationale des Chemins de Fer (SNCF), que precisaba reconstruir los miles de kilómetros de vías férreas destruidas por las acciones de sabotaje y los bombardeos. La competitividad de los chantiers administrados por Valledor le permitió convertirse en la proveedora prácticamente en exclusiva, merced al bajo precio ofertado por sus traviesas, consecuencia a su vez de los bajos salarios que pagaba a sus empleados, la mayoría militantes comunistas españoles.
Pero, evidentemente, los chantiers de Valledor no constituían una empresa fabril al uso. Se trataba de la cobertura legal para la consolidación de un aparato de entrenamiento y apoyo a la penetración guerrillera en España desde territorio francés. Miembros del Comité Central del PCE con responsabilidades sobre el aparato de pasos, como Antonio Beltrán (a) “El Esquinazau” –a cuyo control estaba encomendada la región fronteriza del Pirineo Central- aparecían como empleados de la Enterprise Forestier du Sud-Ouest . Amparándose en ella, el PCE abrió una escuela de capacitación guerrillera, donde se instruían durante uno o dos meses los militantes que iban a ser enviados a España. Los alumnos recibían instrucción de campo -topografía, aprovechamiento del terreno y táctica-, ejercicios de tiro, manejo de explosivos - las municiones y explosivos provenían de depósitos ubicados en Toulouse, Pau, Nimes y Perpignan-, y técnicas de sabotaje . La formación política consistía en teoría (historia del Partido Comunista de la Unión Soviética) y actualidad de España (donde no se descuidaban temas relativos a la vida cotidiana extraídos de la lectura de la prensa ), y las clases corrían a cargo de Santiago Carrillo, Dolores Ibárruri, Ignacio Gallego, Fernando Claudín, Modesto, Líster, Luis Fernández y Manuel Azcárate .
Los chantiers de Valledor ocultaban también una cara menos épica: eran los lugares donde se llevaban a cabo las depuraciones –y, en ocasiones, la ejecución- de quienes en aquel periodo de paranoia estalinista, liquidación de disidentes y obsesión por la infiltración policial eran juzgados y condenados por el partido. La segunda mitad de la década de los 40 conoció un rebrote de las purgas en el campo comunista. La guerra fría se desplegaba en toda su intensidad (bloqueo de Berlín en 1948, imposición del rechazo al Plan Marshall en Europa oriental, “golpe de Praga” e instauración de los gobiernos de partido único en las “democracias populares”, revolución en China y guerra entre las dos Coreas…) con el telón de fondo de un conflicto nuclear. Bajo el pretexto de garantizar el monolitismo en el campo socialista, se desencadenó una redistribución brutal del poder en el interior de los partidos comunistas, con la purga de los dirigentes que habían encabezado la resistencia antifascista, y su sustitución por funcionarios de acreditada fidelidad estalinista. Lo que algunos militantes desengañados bautizaron como “espionitis” y los dirigentes más conspicuos calificaban como “vigilancia revolucionaria” llevó al enjuiciamiento y a la liquidación física de camaradas a los que se consideraba –especialmente tras la ruptura entre Tito y Stalin- como “esbirros del imperialismo”, “perros titistas”, o simplemente “agentes provocadores enviados a nuestra filas por el enemigo” . En sus memorias, Enrique Lister hace alusión en varias ocasiones a sucesos de esta índole, llevados a cabo en los chantiers fronterizos: eliminaciones de antiguos resistentes y ex deportados de los campos nazis, como Luis Montero; de guías del aparato de pasos, entre quienes cita a los conocidos como Lino y José el Valenciano; o de militantes caídos en desgracia, como José San José (a) Juanchu, antiguo alumno de la escuela del partido enviado desde México en misión especial. Él mismo, según cuenta, recibió de Vicente Uribe la confidencia de que en 1948 se manejó la posibilidad de su liquidación, junto con Modesto, durante una visita de inspección –como responsables del aparato militar - a uno de los chantiers, so pretexto de un accidente durante el examen de algún arma o explosivo .
Los historiadores franquistas se empeñaron en presentar a la “Valledor y cía.” como un boyante emporio del “terrorismo comunista” , pero lo cierto es que la empresa, regida por criterios políticos mucho antes que económicos, se encontraba sumida en una gravísima crisis, económica y política, mucho antes de que la ilegalización del PCE en Francia, en 1950, le asestara el golpe de gracia. Crisis económica derivada de que el excesivo tamaño de la red de chantiers –motivado por la voluntad política de cubrir la mayor extensión posible de frontera- llegó a suponer una pesada carga económica para el PCE. Se enviaban numerosos militantes a trabajar en las explotaciones, pero la carencia de buenas vías de comunicación y de sistemas eficaces de transporte del material producido contribuyó a su falta de rentabilidad . Asimismo, según Tovar, se extendió el descontento entre los empleados debido a las numerosas cotizaciones que se deducían de las mensualidades, y al elevado número de liberados del partido que había que mantener:

“Esta empresa no fue ni mucho menos un ejemplo de administración socialista (…) Los obreros no estaban contentos, los sueldos no eran en relación con el esfuerzo consentido, es verdad que en ese momento era difícil encontrar trabajo, pero a medida que el tiempo pasaba los obreros desaparecían, pues estaban mejor pagados al exterior. Cuando llegaba el momento de cobrar era un escándalo: la cotización al Partido, al Socorro Rojo, ayuda a la Juventud, a la Unión de Mujeres, a los presos de las cárceles en España, a las Guerrillas, etc. […] Esta empresa murió falta de mano de obra, malos salarios, y muchas cotizaciones a pagar, y sobre todo la mucha gente que comía de ellos sin trabajar” .

Los beneficios, sin embargo, apenas daban para mantener a los propios gerentes de la empresa. Según el propio Tovar, “Valledor y yo teníamos una miserable habitación, y cada semana estábamos cada uno de cocina, pues no teníamos bastante dinero para ir al restaurant, esto ocurría en los años 1946, 1947 y 1948” . Como en otros casos, el entramado diseñado para la captación de recursos no sirvió para el objetivo de nutrir económicamente a la guerrilla, sino para subvenir a los gastos de sostenimiento del aparato político del partido . Cuando en 1948 Valledor fue trasladado a Checoslovaquia, Tovar apenas podía sostener a su familia con su salario de supervisor de la Enterprise Forestier, y hubo de agenciarse una cámara fotográfica de ocasión para completar sus parcos ingresos haciendo retratos por calles y ferias. A medida que la caída del franquismo se postergaba en el horizonte, los chantiers fueron vaciándose de hombres que buscaban, a partir de ese momento, integrarse en la vida civil en el que suponían iba a ser durante mucho tiempo su país de acogida.
La otra cara de la crisis de los chantiers fue política. Desde que la agudización de la guerra fría dejó constancia de la nula voluntad de las potencias occidentales por derribar a Franco, muchos dirigentes y cuadros comunistas atisbaron la evidencia del fracaso de la táctica guerrillera en el interior de España. Beltrán “el Esquinazau”, responsable de pasos del Pirineo central, constataría desde 1946 la fragilidad de un movimiento guerrillero erróneamente orientado, falto de apoyo y arrasado por la represión de las fuerzas policiales franquistas. Ello le costaría la marginación dentro del partido y hasta un frustrado intento de liquidación . No sería el único desengañado: Vicente López Tovar daba un paso más y culpó a la dirección del partido de enviar a un sacrificio inútil a decenas de los militantes más valiosos por desconocimiento culposo de las verdaderas condiciones políticas en el interior de España:

“Era la desaparición sistemática de todos los Jefes y responsables que se habían distinguido en Francia. Faltos de puntos de apoyo, sin dinero, sin enlace con otras fuerzas, que no existían nada más que en los papeles de Carrillo. Así murieron atacando estancos, almacenes, pagadores y otras operaciones de ese género para poder subsistir, porque de Francia no recibían nada” .

A esta situación de marasmo habría que sumar las depuraciones que los responsables del PCE, encabezados por Santiago Carrillo y Fernando Claudín, llevaron a cabo con quienes habían liderado la delegación en Francia durante la época de la Resistencia. El aterrizaje de los dirigentes procedentes de Sudamérica y la URSS tuvo como consecuencia el desplazamiento de quienes habían sido los impulsores de la “Unión Nacional” y de la resistencia española contra el nazismo, materializado en la desautorización y expulsión de Jesús Monzón, la liquidación de Gabriel León Trilla, la penitencia impuesta a Manuel Azcárate y la marginación de Vicente López Tovar.
La salida del PCF del gobierno francés, en 1947, dejó desprotegida a la organización del PCE en el país galo. Arruinada, desmoralizada y debilitada por las purgas, la estructura política y económica del PCE en Francia sería desmantelada en julio de 1950, mediante un operativo en el que no faltaron los ingredientes (oscuros ajustes de cuentas, inspectores de policía narcotizados y armas escondidas obedeciendo a un supuesto plan de apoyo a la toma de los Pirineos por tropas paracaidistas soviéticas…) de una paradigmática historia ambientada en la guerra fría .

BIBLIOGRAFÍA
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• AGUDO, Sixto: En la Resistencia francesa. Memorias. Anubar Ediciones, Zaragoza, 1985.
• COMÍN COLOMER, Eduardo: La República en el exilio, AHR, Barcelona, 1957.
• DELPLA, Claude : « Les Guérilleros Espagnols (dans la Zone Pyrénéenne) », http://www.ceibm.org/claudedelpla1111.html
• DOUZOU, Laurent : « Organisations et modes de fonctionnement de la Résistance », Les cahiers de l´Institut d´Histoire du Temps Présent, nº 37, Paris, 1997.
• GASCÓN, Antonio: Beltrán, el Esquinazau. Pirineum Editorial, Zaragoza, 2002.
• LISTER, Enrique: Así destruyó Carrillo el PCE, Planeta, Barcelona, 1983.
• LÓPEZ TOVAR, Vicente: Biografía de Vicente López Tovar, coronel de los guerrilleros españoles en Francia. Manuscrito inédito, mecanografiado, Toulouse, 1986.
• MORENO GÓMEZ, Francisco: “Huidos, maquis y guerrilla: una década de rebeldía contra la dictadura”, Ayer, número 43, Marcial Pons, Madrid, 2001.
• RODRÍGUEZ, Mikel: Maquis, la guerrilla vasca (1938-1962), Txalaparta, Navarra, 2001.
• PESCHANSKI, Denis: Des étrangers dans la résistance. Les éditions de l´Atelier, Paris, 2002.
• PIKE, D.W: Journes de gloire, journes de honte. Le Parti Communiste d´Espagne en France depuis son arrivée en 1939 jusqu´à son départ en 1950. Sedes, Paris, 1984.
• VICUÑA, Victorio: Combates por la libertad, Ayuntamiento de Lasarte-Oria, 1995.

16/04/2005

Dos valoraciones heterodoxas sobre el final de la guerra: José del Barrio y Jesús Hernández

El caótico final de la guerra civil en el bando republicano, con la sublevación del coronel Casado y la ruptura entre los antiguos aliados del Frente Popular, unido al equívoco papel jugado por los dirigentes del PCE durante aquellos turbulentos días, fue motivo de largas controversias entre los propios cuadros comunistas durante los años siguientes. Algunos de ellos, como José del Barrio y Jesús Hernández , acentuaron sus críticas hacia el aparato dirigente a raíz de su expulsión del PSUC y del PCE, respectivamente. Cuando la ruptura entre la Kominform y la Liga de los Comunistas Yugoslavos de Tito, en 1948, posibilitó la formación de grupos disidentes potenciados por Yugoslavia, Del Barrio y Hernández coincidieron en el proyecto de fundación del Movimiento de Acción Socialista. En el impulso de un debate para atraer a la militancia a miembros desencantados de los partidos tradicionales , tanto Del Barrio como Hernández promovieron una reflexión sobre la línea comunista durante la guerra y sobre el papel que el estalinismo había jugado durante el conflicto español.
La valoración que Acción Socialista hacía de la política del PCE durante los últimos tiempos de la guerra de civil española era sumamente crítica. Del Barrio publicó en “Borba” (“La lucha”, órgano oficial del PC yugoslavo) en 1951 una serie de artículos en los que afirmaba “que el PC es el culpable de la pérdida de la guerra”; “que el traslado del Gobierno del Centro a Cataluña fue un desastre”; “que Del Barrio, recomendó al Gobierno algunas cuestiones y no le hicieron caso”, al tiempo que emitía una severa condena del pacto germano-soviético. Del Barrio acusaba al PCE de realizar una práctica derrotista desde el corte de la zona republicana en 1938. Dicha línea política, materializada en el abandono de la zona centro y sur por la mayor parte de los cuadros del PC, y en el rechazo a considerar la posibilidad de concentrar la defensa en un área de los Pirineos que ofrecer como territorio liberado al gobierno de la República mientras estallaba el próximo conflicto mundial, respondía –según Del Barrio- a la voluntad liquidadora de la guerra de España por parte de Stalin, expresada en directrices enviadas a través de los delegados de la Komintern en España, Togliatti y Stepanov.

“Propusimos – afirmaba Del Barrio- organizar la defensa a toda costa de una cabeza de frontera en la región comprendida por los sectores de Seo de Urgel, Puigcerdá y Camprodón, y avanzada hasta Ripio y el norte de Berga (…) Se trataba de proseguir la resistencia a ultranza en todos los demás sectores en nuestra posición, orientando los repliegues –cuando fueran inevitables- hacia la cabeza de frontera (…) De haber podido resistir en esa cabeza de frontera durante el verano de 1939 nadie hubiera sido capaz de desalojarnos de ella en el invierno siguiente”.

La respuesta del Buró Político del PCE, que estaba aprovechando la situación para “bolchevizar” al PSUC y convertirlo en su apéndice catalán, cortando de raíz cualquier vestigio de autonomía, fue que semejante plan solo tenía como objetivo “la constitución de una República independiente (la “República Perea-Del Barrio”, como decían ellos), como un baluarte contra el PC de España. La tal cabeza de frontera, decía el BP del PCE sería la República de los aventureros” .
Jesús Hernández, por su parte, remitió al mismo “Borba” sus reflexiones, con el título “Apuntes para la Historia” . Los artículos tenían como base la ponencia impartida por Hernández en la Escuela Superior de Cuadros del Partido Comunista Yugoslavo, ante cuyos alumnos impartió la conferencia titulada “La URSS en la guerra del pueblo español”. En ella, Hernández desarrolló las líneas generales de lo que se iba a convertir en la tesis central de su próximo libro, Yo fui ministro de Stalin.
La República española había sido un peón más en el juego de ajedrez global que la URSS estaba jugando a finales de los años 30. En un contexto de temor generalizado a la pujanza de las potencias fascistas, la URSS desplegaba un “juego maquiavélico” consistente “no desligarse de las potencias democráticas a fin de no ofrecer un fácil blanco a los fascistas, y coquetear con los fascistas para asegurarse el apoyo de las democracias. Era el juego que había de culminar, años después, en el pacto germano-soviético”. Hernández atribuía a las intenciones de Stalin la siguiente lectura:

“ « La guerra en España puede servirnos de dos maneras: una, utilizarla como un fantasma que agitaremos ante los ojos de las potencias fascistas haciéndolas ver que los pueblos están dispuestos a empuñar las armas y a batirse por la libertad y la democracia, y así obtener ciertas ventajas de las mismas, y otra, que se funde y confunde con la primera formando un todo, la de cotizar la sangre del pueblo español en el mercado de sus conveniencias exteriores ante las asustadas democracias, demostrando que en las manos de la URSS está la llave que puede avivar o apagar las llamas que se han encendido en España y cuyas chispas pueden hacer estallar el polvorín de la temida guerra mundial ».
Es decir, el “caso español” se lo planteó el Kremlin no desde un punto de vista socialista, sino fría y calculadamente, como un asunto de política exterior, desprovisto de todo contenido o sentimentalismo revolucionario.
La ayuda soviética, supuestamente motivada por la solidaridad con la causa de la Democracia y el Progreso, había sido en realidad una forma de poner en valor la cotización del potencial ruso a fin de atraer a las potencias occidentales intimidadas por la pujanza nazi-fascista. El suministro de armas no fue ni suficiente ni desinteresado y, frente a la propaganda apologética posterior, se inscribiría en el marco de la “no intervención” tanto como las reticencias de las potencias occidentales, impidiendo al gobierno legítimo de la República defenderse frente a la agresión italo-alemana.

“¿Era posible burlar el bloqueo de la “no intervención”? – se preguntaba Hernández-. ¡Claro que era posible! Lo burlaban Hitler y Mussolini descaradamente y lo burlaban nuestros barcos que iban a recoger las escasas mercancías que se nos facilitaban en los puertos soviéticos. Estos mismos barcos tenían capacidad para traer, y el Gobierno republicano suficiente dinero para pagar, mil veces más cantidad de armamento que lo que transportaban hasta la España leal. Luego era una solemne mentira lo de las dificultades “técnicas”.

La cuestión era que las prioridades soviéticas se encontraban en otros ámbitos: Stalin no enviaba armas suficientes, pero en cambio “nos mandaba abundantes «consejeros» militares, políticos, y policiacos”. La conclusión era que a Stalin

“no le interesaba la victoria [de la República española]. La Unión Soviética estaba interesada en prolongar la lucha, del pueblo español sin permitirle lograr una victoria decisiva que pudiera crearle a ella dificultades en el orden internacional. En la prolongada agonía del pueblo español, en su sangre y en su sacrificio, tenía la Unión Soviética una moneda de cambio de alta cotización en las cancillerías extranjeras”.

El PCE, cuya fuerza e influencia habían ido en aumento desde el comienzo de la guerra, no se había demostrado capaz de desarrollar una política autónoma y netamente nacional. De hecho, estaba dirigido por los “consejeros” soviéticos que determinaban el sentido de las alianzas, la táctica y la línea política en virtud de los intereses geoestratégicos de Stalin y no de las realidades españolas de cada momento. Muestra de tal seguidismo fue la aceptación por parte del PCE de los impedimentos puestos por los “consejeros” para la obtención de mejores posiciones de poder, porque semejante aspiración perjudicaba el interés de Stalin de tranquilizar a Gran Bretaña.

“Creo poder afirmar sin exageración alguna,-afirmaba el ex ministro comunista- que el PC pudo tomar el poder sin grandes dificultades y con muy pocas oposiciones, [pero] en Moscú se llegó a temer que los comunistas españoles nos decidiéramos a adueñarnos del poder. Debemos declarar que nunca pensamos hacerlo, pues estábamos más que nadie interesados en mantener el carácter de origen de nuestra guerra, que era la defensa de la República democrática agredida y asaltada por la reacción nacional y por el fascismo extranjero. Pero si esto es cierto, también lo es que sentíamos la necesidad de tener en nuestras manos algunos de los puntos claves de la dirección política, y de la guerra” .

Mas, al tiempo que se impedía a los comunistas españoles la consecución de mayores cuotas de poder, se les dictaba una línea política que les enfrentaba con el resto de fuerzas aliadas. Un sectarismo implacable condujo a derribar el gobierno de Largo Caballero, a enfrentarse violentamente al anarco-sindicalismo, a apoyar la liquidación física del comunismo heterodoxo, a plantear la retirada de los ministros comunistas del gobierno Negrín, con el resultado paradójico de otorgar pretextos a los anticomunistas y a los derrotistas que terminarían por coaligarse en la Junta de Defensa en marzo de 1939. La exaltación retórica de la “unidad” con un sello férreamente sectario había conducido al resultado paradójico de la articulación, efectivamente, de “una unidad: la de todos (...) contra el PC”.
El colofón de esta línea de subordinación a los dictados soviéticos fue la propia liquidación de la guerra a partir del golpe del coronel Casado, al que el partido opuso escasa y confusa resistencia porque, para Stalin, la cuestión española era ya un proceso liquidado cuya dramática resolución resultaba más conveniente imputar en la cuenta de otros. Con la falta de respuesta a la conspiración y al golpe, y su huida en los primeros momentos, la cúspide del PCE se había plegado a las directrices estalinistas que, desde Munich, tenían como guía la aproximación a la Alemania nazi que culminaría en el pacto Molotov-Ribbentrop. El catastrófico final de la guerra de España desmentía en la práctica la retórica de la “resistencia” sostenida por el partido, con apoyo soviético, desde 1938. La estrategia del PC y de Negrín había consistido en prolongar la resistencia ante el inminente estallido de una conflagración europea, en la que quedaría subsumido el conflicto español. Pero ahora era evidente que la propia URSS había hecho todo lo posible por evitar la aproximación a una situación crítica irreversible:

“Si nuestra razón de prolongar la guerra se basa en que el progresivo agravamiento de la situación internacional puede provocar en cualquier momento el choque entre gobiernos democráticos y fascistas, y en tales circunstancias las potencias democráticas no tendrán interés en que un aliado de Hitler y de Mussolini domine en la Península Ibérica y deberán lógicamente ayudar a la República Española a derrotar a Franco, si la verdad verdadera de nuestra política de resistencia es esa, ¿por qué la URSS nos quiere obligar a que impidamos la llegada de ese momento mundial del cual depende la vida de nuestro pueblo ? ¿Qué objeto tiene nuestra política de resistencia si la privamos de una perspectiva o si nosotros mismos se la negamos? ¿Morir como numantinos, salvar el honor? Eso es muy romántico y muy digno, pero queremos además de todo eso algo más: queremos la vida, la libertad y la independencia de España” .

El debate se prolongó en el tiempo hasta el periodo de la desestalinización. Del Barrio fue partidario de no pasar página sobre el final de la guerra, y de convocar la formación de una “Comisión Organizadora del Congreso Extraordinario de todos los comunistas”, una de cuyas funciones sería el nombramiento de una Comisión de Responsabilidades “compuesta de comunistas de reconocido criterio propio, imparcialidad y honorabilidad”, ante la que tendrían obligación de comparecer todos los miembros del Comité Central nombrado en 1937 y cuantos otros militantes comunistas hubieran ejercido cargos de responsabilidad desde entonces hasta la fecha. Fracasada esta última opción, José del Barrio se aproximó comienzos de los 60 a las tendencias que postulaban la insurgencia, al estilo de los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo . Con Juan Perea Capulino y Vicente López Tovar formó el Movimiento por la IIIª República y por la reconstitución del Ejército Republicano, con sede en Argel. Jesús Hernández, por su parte, acabó refugiándose en el oscuro trabajo de asesor de la embajada yugoslava en México, mientras daba a publicar sus divergencias en forma autobiográfica.

Jesús Hernández: El exilio dentro del exilio.

“No se libera uno del Partido comunista como se deja un partido liberal, sobre todo por la razón de que la intensidad de los lazos que unen a un ciudadano con su partido se encuentran en proporción inversa a los sacrificios que le cuesta (…) El Partido comunista, para sus militantes, no es sola ni principalmente un organismo político: es escuela, iglesia, cuartel, familia; es una institución total en el sentido más completo y puro del término, y compromete por entero a quien se somete a él”.

Ignazio Silone: Le Dieu des ténebres, 1950 (citado en J-L. Panne: Boris Souvarine. Le premier désenchanté du communisme. Robert Laffont, Paris, 1993, p. 150.

“Tras mi expulsión del Partido, una vida diferente se abría ante mí, pero mi tarea no estaba cumplida, porque en el mundo pervivían todavía los problemas que me habían hecho acercarme al socialismo hacía 25 años. Todavía hacía falta luchar, porque todavía había explotados y explotadores, ricos y pobres, e injusticias sociales indignantes.
Rusia no es más que una deformación lamentable del ideal socialista. Pero las aspiraciones humanas a una sociedad más justa y más generosa están por encima del desarrollo de un fenómeno revolucionario. Continúo siendo socialista, así como millones de camaradas evadidos, como yo, de la prisión del sectarismo estaliniano”.

Jesús Hernández, La grande trahison, París (1953).

Introducción.

Vivimos tiempos de recuperación de la memoria histórica. El silencio forzado bajo la dictadura franquista, y el implícitamente pactado durante la transición, se están quebrando hoy ante el impulso de vindicación de quienes en su día lucharon por la libertad de todos y fueron vencidos. Se trata de un ejercicio de memoria restitutoria para las viejas generaciones y de revelación para las nuevas, que afecta a la sociedad española en su conjunto como producto histórico de un pasado oculto o deformado: memoria recuperadora de la República, de la militancia, el combate y la resistencia; memoria que rinde homenaje a las víctimas de la represión; memoria crítica de los hitos conmemorativos y de los personajes conmemorados heredados del imaginario dictatorial. Pero este rescate de la memoria social resultaría incompleto si no sacara también a la luz a aquellos que, en el seno de las organizaciones que se opusieron a la dictadura, y sin rehuir el combate contra ella, manifestaron desacuerdos tácticos, defendieron posiciones disidentes o plantearon vías heterodoxas y pagaron por ello el precio de la exclusión . Fueron, por tanto, doblemente derrotados.
Entre las organizaciones que se destacaron en la lucha contra el franquismo, el Partido Comunista de España (PCE) ocupa un lugar preponderante. Las duras condiciones de clandestinidad en que hubo de desenvolverse durante la mayor parte de su existencia, así como el contexto del enfrentamiento bipolar en el que se inscribieron sus actividades durante la segunda mitad del siglo XX apenas dejaron espacio para otros tipos de aproximación a su conocimiento que no fueran las obras militantes, reproductoras de un discurso legitimador, o una publicística abiertamente anticomunista, sostenida por funcionarios policiales, libelistas y antiguos militantes desengañados . Solo cuando la cuestión comunista comenzó a dejar de ser un asunto candente de la agenda política inmediata se inició una normalización del tratamiento historiográfico de este movimiento. Durante los últimos años se han publicado estudios sobre dirigentes comunistas que, por unas u otras razones, fueron excluidos del partido, de su historia y de su memoria durante décadas. Son los casos de Heriberto Quiñones y Jesús Monzón , arrojados al mundo exterior en una época decisiva para el PCE, la que transcurre entre su recomposición tras la derrota en la guerra civil y la puesta en pie de una organización capaz de dar respuesta a las expectativas planteadas por la inminente victoria aliada en la guerra mundial. Hoy, sus biografías se encuentran reinsertadas en la historia partidaria, pero aún son muchas las que restan por replantear. De entre ellas, este trabajo se propone abordar la de quien, tras figurar como uno de los principales forjadores del PCE durante los años cruciales de la República y la guerra civil, resultaría excluido de las filas del partido en los años 40, eliminado de sus anales y estigmatizado oficialmente como paradigma del traidor: Jesús Hernández Tomás. Un camino, el de la exaltación heroica a la execración, que recorrió buena parte de una generación de militantes que en la primera mitad del siglo XX confiaron en la revolución de Octubre como el acontecimiento fundacional de un tiempo nuevo.

• La exaltación del héroe.

La biografía de Jesús Hernández (1907-1971), nacido en Murcia pero alumbrado para la vida política en Vizcaya, parecía predestinada para conducirle a ocupar el más alto cargo dirigente del PCE. Miembro de las Juventudes Socialistas vizcaínas con nueve años, participó con catorce en el proceso de fundación del PC. Con dieciséis era uno de los “hombres de acción” del extravagante Óscar Pérez Solís, uno de los primeros secretarios del partido, ex oficial de artillería pasado primero al socialismo, y al comunismo después, que acabaría regresando a la fe católica durante una de sus estancias en prisión, y defendiendo Oviedo junto al sublevado coronel Aranda frente a las columnas mineras integradas por sus antiguos compañeros de ambas militancias. A su lado, Hernández participó en enfrentamientos armados con la policía y con los socialistas de Bilbao, en uno de los cuales intentó volar la sede del periódico El Liberal cuando se encontraba en el interior del edificio quien habría de ser, pasando el tiempo, compañero de gabinete ministerial: Indalecio Prieto.
Miembro de la dirección nacional del PCE desde marzo de 1930, fue sacado del país en el verano de 1931, tras un tiroteo con los socialistas que costó la vida a dos de ellos, y enviado a Moscú para completar su formación política en la Escuela Leninista. Volvió a España en 1932 para integrarse, junto con José Díaz y Dolores Ibárruri, en el Buró Político (BP) designado por la Komintern tras la caída del anterior Secretario general, José Bullejos, asumiendo la responsabilidad de “agit-prop” y la dirección de Mundo Obrero en 1936. En diciembre de 1933 participó, con “Pasionaria”, en las sesiones del XIII Plenario del Comité Ejecutivo de la Komintern, en las que se analizó la problemática de la expansión del fascismo, corriendo a su cargo una de las dos ponencias sobre la situación española. En agosto de 1935 figuró como segundo responsable oficial, tras José Díaz, de la delegación española al VII Congreso de la Internacional Comunista, en el que se aprobaría el impulso para la constitución de los frentes populares antifascistas .
Diputado por Córdoba en las elecciones de febrero de 1936, los gobiernos de guerra de Largo Caballero y Negrín le llevaron al Ministerio de Instrucción Pública en septiembre de ese mismo año, cartera que ocupó hasta abril de 1938. Corresponden estos años a los de su mayor exaltación por parte del aparato de propaganda comunista, cuya prensa ensalzó su labor mediante la difusión masiva de los discursos de quien era saludado como el “Ministro de la Juventud” . De hecho, por su brillantez oratoria y su destreza con la pluma, fue empleado como ariete por el partido en los procesos de derribo de Largo Caballero como presidente del consejo de ministros, en mayo de 1937, y de Indalecio Prieto como Ministro de Defensa, en marzo de 1938 .
A su salida del gabinete fue nombrado Comisario del Cuerpo de Ejércitos de la Zona Centro-Sur, manifestándose como notorio impulsor de la resistencia a ultranza. Stoian Minev –“Stepanov o “Moreno”, uno de los delegados de la Komintern – alabó sus conferencias en los cuerpos del ejército de Levante, que contribuyeron a levantar el decaído estado de ánimo de las tropas y de los comisarios en momentos tan críticos como los que precedieron a la caída de Cataluña, “y enardecerles de entusiasmo y de fe en la posibilidad de resistir con éxito” .
Cuando el golpe del coronel Casado (5 de marzo de 1939) acabó con las últimas posibilidades de aguante de la República, Hernández permaneció en Valencia, alentando a las fuerzas que se oponían a la capitulación y mostrándose partidario del uso de la fuerza para imponer al Consejo Nacional de Defensa la restitución de la legalidad frentepopulista. Ante la salida del país de la plana mayor del PCE, y manteniendo una tensa relación con Palmiro Togliatti, organizó junto a Pedro Checa y Jesús Larrañaga la dirección del PCE que habría de pasar a la clandestinidad ante la inminente victoria franquista. Fue uno de los últimos cuadros comunistas en abandonar España, el 24 de marzo de 1939, en uno de los aviones que lograron despegar de la escuela de vuelo de Totana (Murcia) antes de la entrega de la aviación republicana a Franco por parte del Consejo Nacional de Defensa.
Tras un breve periodo de retención en Orán (Argelia) por parte de las autoridades coloniales francesas, se instaló en Moscú, donde fue designado representante del PCE en la Internacional Comunista. Durante su estancia en la Unión Soviética se ocupó de la situación de la emigración española, diseminada en hogares infantiles y fábricas. Sus intervenciones para mejorar las penosas condiciones de existencia de muchos de estos refugiados, agravadas desde la invasión nazi de la URSS, le valieron la consideración favorable de muchos de ellos. Su talante simpático y abierto atrajo a sectores del aparato del PCE críticos con la imagen dada por Dolores Ibárruri y sus allegados (Francisco Antón –con quien mantenía una relación que escandalizaba a buena parte de la muy mojigata militancia comunista-, Ignacio Gallego, Irene Falcón…) desde su llegada a Rusia. Todo ello, unido a su capacidad para el trabajo político le convirtieron, en fin, en el candidato a secretario general que parecía gozar de la predilección de los dirigentes de la Komintern cuando se produjera el inevitable desenlace fatal que hacía prever la precaria salud de José Díaz.

• “Damnatio memoriae”.

La brillante carrera de Jesús Hernández comenzó a declinar durante el proceso sucesorio iniciado tras el suicidio de José Díaz en marzo de 1942. Aunque partía como favorito frente a otros posibles candidatos (Dolores Ibárruri, Vicente Uribe…) diversos avatares acabaron alejando de él toda posibilidad de alzarse con el puesto dejado vacante por el líder sevillano. Con el fracasado intento de desbancar de la sucesión a Ibárruri, y su consiguiente expulsión en México en 1944, comenzó el periodo durante el que la figura de Hernández transitó desde la execración al olvido.
La opinión de los dirigentes que permanecieron fieles a la ortodoxia partidaria hizo recaer la responsabilidad de la ruptura sobre Jesús Hernández, cuya estatura moral iría decreciendo en proporción directa a la negrura de las tintas con que se denunciaban su ambición personal y la corrupción de sus costumbres, causantes directas de su degeneración política. Resulta revelador que una controversia tan fundamental para la vida y el proyecto de un partido, como la que afectaba a la sucesión en la secretaría general, estuviese prácticamente desprovista de argumentos políticos y se ciñese casi exclusivamente a groseras descalificaciones de carácter personal. Hernández fue motejado de “bon vivant”, adicto al “donjuanismo”, “degenerado” y “amante de las orgías” por Ignacio Gallego, Santiago Álvarez, Santiago Carrillo y Antonio Mije, entre otros . Gallego elaboró la insidia de la compra de Hernández por los servicios secretos británicos –cargo que, por otra parte, también se imputó a Heriberto Quiñónes-; Álvarez se hizo portavoz de los cargos de su presunta corrupción durante el ejercicio de su cargo ministerial, y del reproche de haberle quitado la mujer a uno de los mártires oficiales del partido, el dirigente madrileño Domingo Girón; y Carrillo relacionó todos estos elementos con su habilidad para atraer a distintos cuadros al terreno de sus posiciones fraccionales, ganándoselos mediante la distribución entre ellos de artículos de consumo suntuario en medio de la precariedad imperante en el exilio soviético.
Dirigentes no menos ortodoxos en su momento, pero alejados después de la organización por diversos motivos, siguieron sin salirse del guión alusivo a la existencia de confrontaciones personales, quizás porque plantearse otras causas les obligaba a reconsiderar tanto su propio papel en la crisis como el peso aportado por el profundo desengaño de la vida soviética. Para Enrique Lister, la caída de Hernández fue el resultado de una batalla perdida por la defensa de la dignidad del PCE y de sus órganos de dirección, mancillados por la relación entre Ibárruri y Francisco Antón . Fernando Claudín y Manuel Tagüeña fueron de los pocos que integraron a la causalidad personal el ingrediente político: Hernández habría caído no solo por rebelarse contra la intangibilidad del mito Pasionaria, sino porque habiendo mantenido discrepancias ya durante la guerra de España con representantes de la Komintern –como Togliatti- y con los consejeros rusos, ofrecía menos garantías que Ibárruri para continuar con el acatamiento de las directrices soviéticas, en un momento en el que la necesidad de tranquilizar a los aliados occidentales obligaba a Stalin a sacrificar la existencia de la Internacional Comunista . Tagüeña introdujo un factor desencadenante más, que Claudín, antigua mano derecha de Carrillo en la férrea conducción del exilio español en la URSS, no contempla: el radical desacuerdo existente entre Hernández y Dolores acerca de las vías para solucionar la difícil situación de los emigrados en las fábricas y escuelas .
Tras la denigración vino el silencio. Las rehabilitaciones, que en el imaginario comunista constituyen un elemento habitual en los procesos cíclicos de recuperación y puesta en valor de figuras y vías anteriormente negadas por el propio partido, se detuvieron en seco ante los casos de Jesús Hernández, Heriberto Quiñones, Jesús Monzón y Joan Comorera. El veto de Ibárruri en su informe al V Congreso del partido –celebrado en Praga en 1954- fue expreso: no habría consideración para esos “tipos de conciencia podrida, cuyos dientes ratoneros se han mellado en el acerado tejido muscular del Partido y en la firmeza de su dirección”, sujetos a los que se calificaba como “aventureros políticos” y “disgregadores policiacos” . La extirpación de Hernández de la memoria oficial del partido culminó, como la de aquellos magistrados que en la antigüedad clásica sufrían la pena de la damnatio memoriae, con la eliminación de cualquier vestigio que recordara su trayectoria. Su identidad quedó borrada tanto en la historia oficial del PCE editada en Paris en 1960, como en las memorias de Dolores Ibárruri, quien en “El único camino” eludió escrupulosamente nombrar a Hernández refiriéndose a él siempre como “el otro ministro comunista” .

• Una ruptura en tiempos de la guerra fría.

La ruptura de Hernández con el PCE resultó amplificada tanto por la importancia que aquel había alcanzado en la estructura jerárquica del partido como por tener lugar en un contexto marcado por los primeros atisbos de la guerra fría. La confrontación entre los antiguos aliados que habían derrotado al nazismo perfilaba una línea de separación en dos bandos netamente delineados. Esta dicotomía, escasamente amiga de matices, se entrecruzaba con el posicionamiento que uno u otro bloque adoptaron respecto al régimen franquista. Los tiempos eran poco dados a las gradaciones cromáticas: imperaban el blanco o el negro, y todo aquello que resultase ser antisoviético se asociaba inmediatamente a apoyo al imperialismo, y por ende, a traición y a claudicación ante la dictadura.
Por añadidura, las potencias occidentales, y por supuesto el régimen franquista, no desaprovecharon oportunidad alguna para dar volumen a las disidencias de los antiguos comunistas desengañados del modelo soviético . Toda una generación de antiguos revolucionarios y funcionarios kominterianos dieron a la imprenta sus reflexiones críticas sobre el sistema estalinista. Era el caso de Franz Borkenau o Arthur Koestler, miembros del Partido Comunista Alemán (KPD), destacados ambos en España durante la guerra civil; del croata Ante Ciliga, fundador del Partido Socialista Obrero Yugoslavo (comunista) y director del semanario Borba ("La Lucha"), órgano del PCY, que se adhirió al trotskismo y fue deportado a Siberia; del peruano Eudocio Ravines, delegado de la Komintern para Latinoamérica, y organizador del Frente Popular de Chile, que rompió con el estalinismo tras el pacto Molotov-Ribbentrop de 1939; o del italiano Ettore Vanni, pedagogo y director del diario comunista valenciano Verdad, que dejó un amargo retrato del mundo de la emigración española en la URSS .
Algunos, desengañados completamente del comunismo, se adhirieron a campañas de divulgación de los males imperantes más allá del telón de acero, la mayoría de las veces sufragadas por el Departamento de Estado norteamericano. Sus malhadadas experiencias pretendían tener el valor de los exempla medievales: disuadir a otros de recorrer el mismo camino que a ellos les había conducido a la desesperanza y la persecución. Tal sería el caso, en España, de Valentín González “El Campesino” y de Enrique Castro Delgado . Otros, como Hernández, no renunciaron a su ideología comunista y buscaron en el modelo yugoslavo la plasmación de unos principios que consideraban fracasados en el sistema soviético. Amparándose en el apoyo que Yugoslavia ofreció a los disidentes del estalinismo tras su ruptura con la Kominform en 1948, Hernández trabajó como asesor de la embajada yugoslava en México, mientras daba a publicar sus divergencias en forma autobiográfica. Yo fui un ministro de Stalin se publicó en ese país en 1953, y fue traducida al francés ese mismo año con el título de La grande trahison. Herbert R. Southworth, en un famoso artículo de controversia con Burnett Bolloten, contribuyó posteriormente a propalar la especie de que el libro de Hernández había sido convenientemente inspirado, supervisado y corregido por el ex dirigente del POUM Julián Gorkin, miembro destacado del Congreso para la Libertad de Cultura, una organización especializada en la difusión de literatura antisoviética a la que se acusaba de estar financiada por la CIA. Según Southworth, los contactos entre Gorkin y Hernández se iniciaron a instancias de otro ex comunista, José Bullejos, que hizo de intermediario entre ambos. Fue Hernández, según esta versión, quien solicitó entrevistarse con Gorkin -habitual mediador entre editoriales europeas y autores de obras antisoviéticas- pero este se negó a “estrechar la mano de Jesús Hernández hasta que no haya denunciado en un libro los crímenes estalinistas en España y, más específicamente, los detalles sobre el encarcelamiento y asesinato de Andreu Nin”. De esta forma, Gorkin le había indicado a Hernández las condiciones bajo las cuales podría publicarse su libro. Seis meses después Gorkin recibía en París el texto de Yo fui un ministro de Stalin, cuya traducción - firmada por un tal Pierre Berthelin, pseudónimo que, según Southworth, encubría al propio Gorkin- apareció publicada por Fasquelle Éditeurs en 1954 .
Parece cuando menos dudoso que la supuesta connivencia entre Hernández y Gorkin hubiese escapado a la estrecha vigilancia a la que el PCE tenía sometido en México al ex ministro comunista . De confirmarse, el partido habría explotado el hecho con la amplitud propagandística que es de suponer. Tampoco era probable un estrecho acercamiento dado la pésima opinión que cada uno mantenía del otro: Hernández se cuidó mucho de que asociaran su imagen pública a la del “renegado Gorkin”, y este dudaba en su círculo inmediato de la sinceridad de las nuevas convicciones antiestalinistas del ex ministro comunista. El archivo personal de Gorkin no contiene, además, prueba alguna de la existencia de correspondencia entre Jesús Hernández y él, al contrario de lo que ocurre con Enrique Castro o Valentín González “El Campesino”, cuyas obras autobiográficas se encargó de difundir en Europa . Los contactos, de haberse producido, no dejaron rastro epistolar. Wilebaldo Solano, antiguo secretario de la Juventud Comunista Ibérica (organización juvenil del POUM) y director de La Batalla refiere que “Gorkin, que había conocido a Jesús Hernández en el PC, no creía en los cambios de éste y se burlaba de él”. Tampoco le concedían mucho crédito otros veteranos poumistas como Andrade, que no comprendieron en principio la decisión de Solano de publicar los capítulos del libro de Hernández relativos al asesinato de Andrés Nin . En este caso, Solano contó con el apoyo de Gorkin, de quien supo, por terceras personas, que se había puesto en contacto con Jesús Hernández “y que tenían interesantes discusiones” . Sin embargo, en su opúsculo España, primer ensayo de democracia popular y en sus escritos sobre el asesinato de Trotski, Gorkin únicamente alude a sus conversaciones con Enrique Castro Delgado . Tampoco existe confirmación sobre contactos personales con Hernández en la correspondencia cruzada entre Burnett Bolloten y Gorkin conservada en su archivo personal . No hay evidencias, pues, de que Yo fui un ministro de Stalin fuera una obra concebida por Gorkin y endosada a Hernández, como sostenía Southworth , ni parece que la relación entre ambos personajes estuviera guiada por otros fines que no fueran los de la utilización recíproca. En cualquier caso, en un mundo donde cabía poco espacio para el desarrollo de terceras vías, la utilización del testimonio de alguien tan significado como Hernández no iba a poder ser evitada por el propio autor. La oportunidad era demasiado tentadora, tanto para las plataformas prooccidentales en el exterior, como para los servicios de propaganda del régimen franquista.

• La manipulación de la propaganda franquista.

Vázquez Montalbán decía que “el hecho de que la apostasía de Jesús Hernández fuera ampliamente difundida por el franquismo y sus comisarios político-propagandísticos (Comín Colomer o Mauricio Carlavilla) puso a la defensiva a los comunistas y a casi toda la oposición antifranquista” . Cuando las obras de la mayor parte –si no de la totalidad- de la intelectualidad republicana en el exilio no podían publicarse libremente en España, la difusión de las obras de Hernández, Castro y “El Campesino”, facilitada por el estado a través de editoriales institucionales, parecía corroborar las acusaciones de “renegados” y “enemigos del pueblo” que dirigía contra ellos la dirección comunista. El régimen impulsó la difusión de este tipo de textos sin reparar en ninguna convención al uso sobre el respeto a la propiedad intelectual. Con la excepción de Mi fe se perdió en Moscú, de Castro Delgado (cuya cesión de derechos fue objeto de negociación entre la editorial francesa propietaria de los derechos para Europa, y la española)- , la impresión de los testimonios de Hernández y de “El Campesino” en la España franquista constituyó un caso de piratería editorial a gran escala llevada a cabo por la propia administración. En el caso de “el Campesino”, por ejemplo, el anuncio de su libro Yo escogí la esclavitud, publicitado en el ABC de 24 de noviembre de 1953, incluía la advertencia de que “de los derechos de autor en España de este libro no se lucrará “El Campesino”. Serán entregados a “Huérfanos de Asesinados” y “Ex cautivos”. Como la moral y la jurisprudencia dictan, no se beneficiará el verdugo y sí sus víctimas” . La edición del libro de Jesús Hernández, por su parte, fue encomendada a Mauricio Carlavilla – o Mauricio Karl, como gustaba firmar sus obras- un polizonte con veleidades literarias que adquirió notoriedad por llevar a cabo un intento frustrado de asesinato contra Manuel Azaña durante un mitin en Alcázar de San Juan, en 1935-. Entre sus indescriptibles producciones se encuentran títulos como Asesinos de España (Marxismo, Anarquismo y Masonería) y una Biografía política y psico-sexual de Malenkov. Algunas de sus teorías más pintorescas aunaban en la fundación del Frente Popular a Churchill y Cambó (¡!), o explicaban que el interés internacional suscitado por el asesinato de Andreu Nin se debía a que no era español, sino judío (sic). Publicado con el título Yo, ministro de Stalin en España , el texto de Hernández resultó contaminado por los ruidosos comentarios de Carcavilla, que empleó la pintoresca fórmula de un diálogo ficticio con el autor (que, por supuesto, se encontraba imposibilitado de responderle), amparándose en la supuesta familiaridad que le confería haber cruzado sus armas con él en 1923, en el transcurso de una huelga general en Bilbao.
Otro de los agentes policiales que abordaron la figura de Hernández fue Eduardo Comín Colomer, secretario de división de la Brigada Político Social. Debido a su acceso privilegiado al material incautado en registros y detenciones, y a los testimonios obtenidos en los interrogatorios policiales, Comín Colomer se erigió en el experto de referencia sobre la historia del PCE, llegando a publicar tres tomos que abarcaban desde los años fundacionales hasta el estallido de la guerra civil . Como otros autores de su misma corriente empleaba la divulgación histórica como un arma en el combate contra la subversión. Por ello, se encargó de ahondar al máximo en las diferencias que separaban a Hernández del resto de la dirección comunista, diseñando un modelo de relación dicotómica en el que Hernández representaba el polo radical e ilusorio, e Ibárruri la faceta taimada y maliciosa de una misma naturaleza comunista. Todo lo que debilitase estratégicamente al adversario valía, aunque fuera calumniar con el elogio, como de forma más grosera hacía el coronel de la Guardia Civil y experto en la lucha contra el maquis, Francisco Aguado Sánchez: “Otro destacado elemento fue Jesús Hernández Tomás, hombre de gran popularidad, veterano comunista, incondicional de José Díaz, tránsfuga de la CNT sevillana, ex pistolero y ex ministro de Instrucción Pública, rebelde al Kremlin, que por su tendencia personalista lo tenía catalogado como un militante de mentalidad burguesa” .
Abundando en esta línea, Ángel Ruíz Ayúcar, ex divisionario azul, periodista a sueldo y director de El Español –publicación impulsada por el Ministerio de Información y Turismo de Fraga Iribarne con voluntad de erigirse en trinchera de la contrainformación del régimen frente a la opinión publicada en el exterior- redactó en ocho meses, según confesión propia, una historia del PCE que abarcaba los años transcurridos entre 1939 y 1976, lo que le llevó a pasar por ser uno de los principales especialistas en la historia del partido . Con semejante apresuramiento, no es de extrañar que el libro este cuajado de errores, entre los que destacan algunos de identificación difícilmente justificables. Por ejemplo, cuando repasa la nómina de la emigración comunista a América y la URSS sitúa a Pedro Martínez Cartón –quien sería compañero circunstancial de Hernández en su proyecto político proyugoslavo- en ambos sitios a la vez, o al menos recorriendo el mundo a una velocidad ciertamente asombrosa para las circunstancias de la época: tan pronto parte hacia la URSS el 14 de abril de 1939 en el barco Smolny, junto a Pasionaria y la plana mayor del PCE, como llega a México en agosto de ese mismo año para organizar el asesinato de Trotski y volver rápidamente a la Unión Soviética, atravesando todo un hemisferio convulsionado por la guerra mundial. Allí se le encontraría, en octubre de 1941, formando parte de un batallón especial de la NKVD fundado por Caridad Mercader y Alexander Orlov (pasando por alto el autor el pequeño detalle de que Orlov hubiera desertado de los servicios soviéticos en junio de 1938…). Esta última referencia constituye un buen ejemplo de cómo funciona lo que se podría denominar una transferencia continua de error, dado que la historia del tenebroso batallón pasa íntegra de Ruiz Ayúcar, que a su vez la había tomado de Comín Colomer, a autores como D.W. Pike, que la reprodujo tal cual . Ello muestra, asimismo, que la historiografía no está libre de verse recluida dentro de esas “prisiones de larga duración” que son las interpretaciones heredadas.

• La visión historiográfica

Como se señaló al comienzo, la recuperación de las biografías de aquellos personajes que quedaron marginados en el proceso de construcción de la identidad de la organización comunista en España ha comenzado hace apenas unos años. No es infrecuente, por tanto, que las referencias historiográficas acerca de Hernández estén teñidas aún de las valoraciones que proporcionan las fuentes canónicas. Así, Rafael Cruz incide en el aspecto de la crítica machista como ingrediente básico de las críticas dirigidas por la facción de Hernández contra Dolores Ibárruri: “el mejor argumento de los partidarios de Jesús Hernández para resaltar sus méritos contra su contrincante fue el de la crítica ‘política’ hacia Pasionaria por su relación con un hombre al que, según ellos, encumbró a la dirección nacional del partido” . En ello viene a coincidir con Joan Estruch, que considera que Hernández “capitalizaba a su favor los ‘errores’ de Pasionaria en el terreno personal, que en aquella época tenía gran importancia en el movimiento comunista, muy tradicional en estas cuestiones” . Estruch, sin embargo, dota de más contenido político a las divergencias de Hernández, basándose fundamentalmente en las líneas de fractura apuntadas por Tagüeña.
En su obra de referencia sobre la oposición política al franquismo, Harmut Heine hace hincapié en la frustración personal y el resentimiento como móviles fundamentales de la actuación de Hernández, quien “tenía la certeza de que jamás accedería al codiciado cargo de secretario general mientras Dolores Ibárruri siguiera en la cumbre del partido, y eso le produjo una frustración que no dejó de transmitirse a los diversos libros por él firmados”. En consecuencia, lo que le condujo a la ruptura y a la constitución de un grupo disidente, el Movimiento Comunista de Oposición, “fue el resentimiento de quien había salido derrotado de la lucha intrapartidista y el deseo de desquitarse de esa derrota” .
Paul Preston, por su parte, otorga crédito a las viejas habladurías acerca de la relajada conducta sexual del ex ministro comunista, vertidas por personajes muy allegados a Ibárruri que, de esta forma, replicaban al mismo nivel a los adláteres de Hernández: según Irene Falcón en conversación con el autor, “José Díaz se preocupaba más de las aventuras sexuales de Hernández que de las de Pasionaria” . Gregorio Morán, en una obra tan documentada como desprovista del aparato crítico propio de los trabajos historiográficos, describe la crisis de Hernández como “una tormenta en un vaso de agua, casi un problema doméstico, sin connotaciones políticas, fuera de los aspectos personales”. Más tarde, sin embargo, acierta a contextualizar la crisis de liderazgo en el PCE de los años 40 situándola en un momento marcado por la amargura de una doble derrota, la de la guerra y la de la fe en la superioridad material, organizativa y moral del modelo soviético .
Ricardo Miralles, en su biografía de Negrín, retoma las tesis de Soutwhorth acerca de la conexión Bolloten-Gorkin-Congreso por la Libertad de Cultura-CIA: “Las fuentes que proporcionó Julián Gorkin a Burnett Bolloten, principalmente los libros de Valentín González ‘El Campesino’, Jesús Hernández y Enrique Castro Delgado, por no citar los suyos, fueron ‘orientados’ por él”. Según Miralles, existiría un conglomerado de autores anticomunistas (entre los que incluye a Adolfo Sánchez Vázquez, Justo Martínez Amutio y Julián Gorkin) que habría contribuido a la campaña intelectual de descrédito contra la figura de Negrín. Contra Jesús Hernández se despacha desautorizando la veracidad de su testimonio, basándose en que realiza una errónea descripción física de Orlov – Hernández lo describió como de elevada estatura cuando en realidad era más bajo que él- o porque citase la presencia de Togliatti, en julio de 1937, en una reunión preparatoria de la caída del gobierno de Largo Caballero, cuando “Alfredo” aún no había llegado a España por esas fechas .
El cuestionamiento de la veracidad del testimonio de Hernández es uno de los tópicos más reiterados. Heine lo califica como “de dudoso valor histórico” y para Preston, “la relación venenosa de Jesús Hernández tiene que utilizarse con extremo cuidado”. Desde otra perspectiva, la ensayística, Vázquez Montalbán juzga tardía la conversión de Hernández y rebaja la credibilidad de sus memorias por la anacrónica insistencia en dejar constancia de una adhesión temprana al “comunismo nacional” . Evidentemente, podríamos concluir, la misma prevención habría que aplicar a las memorias de todos aquellos que reflejaron sus vivencias por escrito. Conviene tener en cuenta que entre los comunistas, en particular aquellos formados en el periodo kominteriano, la elaboración de la autobiografía formaba parte esencial de los mecanismos de presentación ante el aparato y de promoción dentro de él, y que de la calificación obtenida dependía, en muchas ocasiones, la recompensa o la sanción. Es probable, por tanto, que en ellas haya una dosis no escasa de autojustificación, pero seguramente no mucho mayor que en otros autores u otras obras del mismo género.
16/04/2005 00:10 Enlace permanente. Tema: Biografías

Togliatti y los últimos días del PCE en 1939

Sobre la famosa reunión en el aeródromo de Monóvar, la versión de Tagüeña no es del todo precisa , porque él no está presente en la reunión del Buró Político donde Togliatti formula la célebre pregunta a Lister y Modesto sobre si era posible mantener la resitencia, dado que Tagüeña no pertenece a este órgano, si no a la Comisión ejecutiva de las JSU. En cambio, Pedro Checa, como responsable de organización, sí está presente, y en el informe que eleva a la dirección del partido en junio de 1939 dice lo siguiente:

"A la noche [del 6 de marzo] celebramos una reunión del Buró Político en el aeródromo de Monóvar. Asisten Uribe, Delicado, Alfredo, Angelín, Modesto, Líster, Castro, Delage, Benigno, Melchor, Moix y yo.Checa abre la reunión y plantea tres puntos (…) que son: Primero, posición del Partido ante la Junta de Defensa; segundo, evacuación de camaradas; tercero, dirección del Partido (…) Interviene a continuación Alfredo, que lo hace con más amplitud en torno a estos tres puntos; a continuación todos los camaradas que participan en la reunión sin aportar nada nuevo desde el punto de vista práctico (…). A una consulta que Alfredo hace a los camaradas militares sobre si el Partido tenía fuerza para hacerse con la situación, todos ellos contestan que no, en absoluto. Lister dice que no solo ahora, pero jamás la tuvo el Partido solo, para ello".

Es decir, la pregunta no es inespecíficamente "si el PCE había desaprovechado alguna ocasión de tomar el poder", si no si el partido podía o no, en ese preciso momento, revertir la situación con sus propias fuerzas. Así lo plantea el propio Togliatti en su informe de fecha 21 de mayo del 39 (y lo ratifica Stepanov, con alguna variante, en su informe sobre las causas de la derrota republicana):

"Plantée a Modesto y a Líster la cuestión de si consideraban posible, militarmente, volver a hacerse con la situación. Ambos respondieron que no era posible y que el partido, solo y privado del apoyo del gobierno, no podía hacer nada".

Evidentemente, Togliatti se estaba arropando en el dictamen de los supuestos "expertos" militares del partido para condonar la decisión de levantar el vuelo por parte de la mayor parte de la dirección del PCE, pero ¿realmente no había otra posibilidad? Otros testimonios coetáneos plantean una situación que pudo haber sido muy distinta. El jefe del XIV Cuerpo de guerrilleros, Domingo Ungría, junto con "El Campesino", Pedro Padilla y Valentín González relatan en su informe:

“Durante la noche [del 5 de marzo] tuvimos varios enlaces con el camarada Hernández a través de los cuales se iba perfilando cuál debía ser nuestra actuación y durante este tiempo se hizo un plan de ataque combinado con tanques, infantería y un tren blindado que disponía de cañones de 8,8 y que situado en un punto estratégico le habríamos de utilizar como artillería. La operación preveía un orden de aproximación simultáneo y dos direcciones de ataque fundamentales que tenían como objetivo tomar el grupo de Ejércitos y apoderarse de Valencia. Al frente de las fuerzas que atacarían el Grupo de Ejércitos irían El Campesino y González, y con las segundas Buitrago y V. García.

En la madrugada del día 6 Hernández dio por teléfono la señal convenida para hacer el orden de aproximación, la orden fue transmitida a tanques dándole el punto de concentración y la infantería fue alertada y terminada de armar con fusiles ametralladores, el tren recibía orden de salir de Levante y situarse en el punto convenido. Una hora más tarde aproximadamente se recibió orden de Jesús por conducto de Montoliú de suspender la maniobra, así pues hubo que transmitirla a Tanques y el tren que ya tenían el material en camino y que hubieron de volverse a sus bases de partida".

La detención del contragolpe se debió a las conversaciones mantenidas entre la dirección del PCE en Levante, encabezada por Hernández, y el general Menéndez, poco favorable en principio a perseguir a los comunistas. Francisco Ciutat, teniente coronel jefe de Operaciones del Ejército de Levante, redacta su informe en Paris, el 3 de mayo de 1939. En él recoge el planteamiento de las negociaciones con Menéndez, sin abandonar la advertencia del recurso a la fuerza si no se alcanzaran las reivindicaciones del partido:

“Llegamos al chalet donde estaban Jesús Hernández, Palau, Larrañaga, Pérez, Francisco Ortega, Manuel Cristóbal y otros (…) Se informó de la situación y acuerdos tomados con Menéndez (…) Luego de alguna discusión, examinando todos los extremos conocidos de la situación general, la delegación del CC de nuestro Partido acordó:

1/ Estimar conveniente las condiciones fijadas en el acuerdo con el general Menéndez.

2/ que era necesario que se mantuviesen los acuerdos, sin permitir que se tomase ninguna medida de represalia contra el XXII CE, cuyas fuerzas debían mantenerse en los lugares que ocupaban (cortando la comunicación Valencia- Madrid por Cuenca), pero a las que el P. ordenaba no impedir hasta nueva orden el movimiento de vehículos por la carretera, oponiéndose solo a todo desplazamiento de fuerzas. Es decir, sin retirarse de las posiciones ocupadas por las fuerzas del Partido, evitar hasta las 14.00 toda acción ofensiva por nuestra parte.

3/ estudiar un plan de acción conjunto de acción combinada de las fuerzas militares del Partido. Este plan debía ser puesto en ejecución al expirar el plazo fijado (las 14:00 del 10/3).

[Las Unidades bajo la dirección inmediata del Partido eran: División 19, al mando de Juanín, en Tarancón; Agrupación Toral, en Ciudad Real; XXII CE, al mando de Ibarrola, de las que las brigadas 206, 277 y 223 al mando de Artemio Precioso habían sido enviadas a Cartagena; División de tanques, con base en Calasparra; División 15 del XXI Cuerpo de Ejército]. El plan del Partido consistía en disponer las fuerzas referidas de tal modo que pudieran ser lanzadas sobre Madrid para aplastar a la Junta o sobre la zona del litoral levantino entre Valencia y Cartagena para asegurar sólidamente los puertos. Se preveía también la ocupación o bloqueo de Valencia (aunque) el ataque a Valencia se consideraba inoportuno, era una operación que habría de ser lenta y costosa (...) En resumen, de las 11-12 divisiones que había en Levante podía contarse rápidamente con la 15 y la de Tanques".

Parece, pues, que sí existían fuerzas suficientes para parar el golpe y condicionar en una medida ciertamente eficaz la política del Consejo de Defensa en Levante, mientras en Madrid se le acorralaba en el búnker del Ministerio de Hacienda. La cuestión, entonces, era si eso interesaba ya a Togliatti y a quienes le transmitían las directrices. Muestra de por dónde iban los tiros lo recoge el informe de Fernando Montoliú, comisionado por Hernández para negociar con Miaja en Madrid:

“[Fuimos a ver a los consejeros soviéticos y] si mal no recuerdo, Hernández habló de aplastar a la Junta, sin embargo el tovarich con mucha calma planteó una serie de cuestiones y entre ellas que yo me acuerde eran aproximadamente estas:

…Veamos: ¿qué fuerzas se han sublevado? ¿Con quien contamos? ¿Cómo se encuentran nuestros camaradas? ¿Qué posiciones ocupan? Estas y otras varias cuestiones fueron planteadas relajadamente y calmosamente. La conclusión primera fue aproximadamente la siguiente:

¿Qué hacer y que posición toma el gobierno legal ante tal situación? Esta es una de las primeras cosas que debemos saber. Qué actitud debe tomar el Partido. Lo primero es conocer el estado de cada una de las fuerzas en presencia. Hay que poner en movimiento el Partido. Hay que conocer más detalles.

En cuanto a los camaradas del Partido coincidimos todos que en general sus unidades querían continuar la lucha. No recuerdo en qué momento preciso apareció Larrañaga. Con todos los elementos que teníamos en mano volvimos a casa de los tovarich a eso de las cinco de la tarde. Si mal no recuerdo ello ya habían tomado contacto con Madrid y tenían una idea aproximadamente exacta de cómo se encontraba la situación. Al entrar en la habitación el camarada responsable de los consejeros leía la Historia del Partido, el resto recogía y quemaba papeles, otros preparaban maletas.

(…) El general volvió a preguntar: ¿qué actitud era la del gobierno legal? Se discutió un buen rato (…) me acuerdo que dijo: Hay que tomar contacto a todo precio con el gobierno. Por intermediación de sus subalternos se consiguió tomar contacto con Negrín y si mal no me acuerdo con Uribe que se encontraban en un aeródromo preparados para salir de España

[Conversación con Negrín]

-Hernández: Señor presidente ¿qué hacemos?

-…espere un momento, que estamos discutiendo; por el momento nada, dijo Negrín.

-H: Bueno es que aquí la situación la tenemos de la mano y si Ud, lo ordena podemos aplastarlos.

-El gobierno está reunido para ver qué actitud se adopta, prosiguió Negrín.

De esto es de todo lo que me acuerdo.

Terminada la conferencia telefónica Hernández sugirió la idea de “aplastarlos”. El general que había cerrado el libro tardó en responder y después de reflexionar dijo aproximadamente estas palabras: Hay que tratar de ver claro, Hernández. La junta está constituida por todos los partidos y fuerzas que fueron nuestra aliadas. El gobierno de Negrín no quiere luchar. El Partido se encuentra solo y aislado. En estas condiciones no podemos enviar nuestras fuerzas a la lucha. Luchar en dos frentes contra el franquismo y contra la Junta constituida por los socialistas, anarquistas y republicanos es una tarea superior a nuestras fuerzas. En estas condiciones, los sublevados apareceríamos nosotros ante los ojos del pueblo. A mi forma de ver lo que hay que hacer es tratar de llegar a un acuerdo con la Junta. Llegar con ellos a un compromiso. Tratar de salvar el Partido y el Ejército.

Esto es mal reflejado lo que dijo este tío y con estas ideas salimos de su casa no volviéndolos a ver más (al menos yo)".

No había, por parte soviética, mayor interés en prolongar la agonía de la República española. Y, a pesar de contar con una fuerza militar no despreciable, el "Partido de la resistencia" es inducido a arrojar la toalla. Vuelve a hablar Ciutat:

"Cerca de las 20:00 del día 10, informados los camaradas que representaban la dirección del P. del estado de la situación y estudiada esta, se llegó a conclusiones que creo poder resumir así:

A. No hay datos exactos de la situación en Madrid que la Junta dice haber dominado por completo.

B. Se observan síntomas de debilidad en las unidades del XXII CE.

C. La primera respuesta de la Junta trasmitida por Matallana es insatisfactoria y poco concreta, pero constituye un paso favorable.

D. Dado el estado moral de las fuerzas era necesario o precipitar rápidamente los acontecimientos o restituirla a la normalidad. De otro modo había peligro de que se descompusiera rápidamente.

E. Los objetivos de la lucha armada en el momento aquel pudieran consistir en:

- apoderarse del poder.

- libertar a los camaradas presos y asegurar la evacuación de los cuadros del partido y de los leales ocupando los puertos y asegurándose su defensa. Con eso impedir que la Junta entregara a los comunistas a Franco.

La liberación de los camaradas presos se consideraba como un objetivo necesario e imprescindible.

En relación con los objetivos máximo y mínimo se consideraba:

1- la conquista del poder no tenía ya objeto pues se había llegado a una situación después de la traición de la Junta y de la huída de la Flota, en que toda resistencia sería estéril y el enemigo no parece dispuesto a conceder ninguna condición favorable en la paz que se busca. No interesa políticamente al Partido que bajo un gobierno comunista se desarrollen los últimos acontecimientos de la descomposición y de la derrota militar ya inevitable.

Es preferible que los traidores suscriban con su nombre ante la Historia el periodo vergonzoso a que han llevado a la República. Es por el contrario de interés para el Partido no tener nada que ver con las jornadas de claudicación, quedando completamente a salvo de responsabilidades históricas que pudieran debilitar en el futuro el prestigio del partido cuya historia militar durante la guerra quedaría indeleblemente unida a la defensa de Irun, a la epopeya de Madrid, a la resistencia del Norte, a la victoria de Teruel, a la defensa de Valencia, a la gran batalla del Ebro. No interesa al partido intervenir en la derrota.

Para lograr el objetivo mínimo no era ya absolutamente necesaria la lucha armada (…) En el chalet, Uribes entró en un cuarto donde estaba al parecer Alfredo con Hernández (…) Al cabo de un rato bastante largo, salieron Hernández y Uribes y el primero expuso poco más o menos lo que cabo de resumir. No hubo objeciones… Como dije antes, en aquella reunión que presidió Hernández estuvieron presentes Francisco Ortega, J.A Uribes, Manuel Cristóbal, Jesús Larrañaga, Palau, González, Pérez, Recadero, Ciutat y Segis. Alfredo no asistió a la reunión, aunque me dijeron que estuvo reunido previamente con Hernández, Uribes y otros. Yo no puedo asegurar si ví o no personalmente aquella noche Alfredo en el chalet”.

Al parecer, Togliatti había retomado las riendas y reconducía la situación, bordeando cualquier tentación resistencialista. No me resisto a transcribir lo que quizás fueron sus últimas directrices en España, según el informe de Montoliú, bastante alejadas, por cierto, de la solemnidad de las grandes citas:

“Bueno, camaradas, el momento de separarnos ha llegado. Vuestra misión es manteneros al frente del Partido mientras haya hombres en pie de guerra. Después, tratad de salvaros si podéis”. Togliatti habló de la manera de llegar a pie hasta Francia y con su habitual tranquilidad y siempre del mismo carácter indicó una serie de caminos a seguir. Lo que más me acuerdo es que con frecuencia decía “por el Priorato” Es la primera vez que yo oía hablar del Priorato.

Y se puso a explicarnos toda una técnica de cómo se podían coger las gallinas de un gallinero sin despertarlas. Entre broma y serio dijo aproximadamente lo siguiente: “Las gallinas cuando duermen están subidas en unos palos. Si entras y tratas de cogerlas se despiertan y hacen mucho ruido. Las gallinas no pueden dormir con nada encima de las patas, luego entonces, sin alumbrar, sin ruido y muy despacio hay que ponerlas una mano encima de la pata y automáticamente y sin despertarse saca sus patas para ponerse encima de la mano”. Después, y sonriendo, hacía el gesto de meter la cabeza de la gallina debajo del sobaco”.

Sobre las precauciones a tomar con las memorias

Una de las precauciones básicas que me he impuesto en el análisis de la biografía de Jesus Hernández es la de tener presente que las memorias propias siempre tienden a la autocomplacencia. Quizás las de Santiago Carrillo sean las que alcancen un grado sublime de autojustificación, y las de Hernández no sean una excepción, pero tampoco lo son las de ningún otro de los protagonistas de la generación de comunistas forjados en el mito de Octubre y arrasados en sus convicciones por la experiencia estalinista. Pongo un ejemplo: En su "Testimonio de dos guerras" (pág. 306), Manuel Tagüeña rememora la asamblea conjunta de las Academias Militares Frunze y Vorochilov en donde se trató, el 6 de mayo de 1944, la expulsión de Hernández:

“La obligada reunión del colectivo para tratar estos problemas se adelantó, dado que teníamos que salir de Moscú hacia nuestros destinos. Estuvieron presentes también los de la Academia Voroshilov (…) Asistieron Ignacio Gallego, Modesto y Líster (…) Los tres representaban al comité central, es decir, venían en calidad de fiscales, no a hacerse la autocrítica, sino a exigírnosla a nosotros. Gallego tuvo una actitud discreta, no así los generales, que ante un auditorio que les había oído muchas veces atacar e insultar a La Pasionaria y a Francisco Antón y elogiar a Jesús Hernández, no tuvieron inconveniente en pedimos que denunciáramos cualquier pequeño detalle que contribuyera a desenmascarar a los expulsados y a otros posibles traidores que hubieran colaborado con ellos en su labor contra el Partido, contra Dolores y contra la Unión Soviética (…) Era el momento para desenmascararlos diciendo en público todo lo que pensaba de ellos y de su ruin comportamiento, pero estaba claro que Dolores, completamente aislada, se estaba apoyando en ellos para aquella depuración, y hubiera sido yo el que saldría perdiendo. En definitiva, todos estábamos cogidos en una inmensa red y cada uno se defendía a su manera. Por eso me limité a salir del paso en mi intervención de la mejor manera posible; al fin y al cabo era cierto que yo no había intervenido en ninguna de las intrigas y me sentía limpio de culpa en los supuestos delitos que allí se estaban juzgando. Hubo en la reunión alguna insinuación malévola hacia mí y hacia mi mujer, por nuestra amistad con el matrimonio Castro, pero nadie se atrevió a achacarme algo concreto, lo que me hubiera obligado a defenderme atacando. De todos modos estaba claro que como mi actitud había sido incomprensible para ellos, pues no podían admitir mi falta de ambiciones políticas, no supieron por dónde atacarme”.

Sin embargo, el acta de la reunión atribuye a Tagüeña esta otra intervención:

“Me siento orgulloso de pertenecer a un Partido que marcha hacia adelante apartando los obstáculos (…) Está claro, como dice el camarada Gallego y lo ha dicho Modesto: lo que unía a Hernández y Castro era la ambición, aspiraban a ser jefes. Yo siempre he sentido antipatía por Jesús. Recuerdo que en España yo era amigo de un joven comunista que murió en el frente (...) Él tenía la convicción de que Jesús era confidente de la policía (…) Hernández ha hecho todo lo posible por colocar al Partido al borde de la catástrofe y su agitación entre la emigración creaba situaciones de intranquilidad y nos colocaba en callejones sin salida. He percibido que todo lo que dijo Hernández del acercamiento de militantes a España era un engaño, él deseaba "emigrar" de la URSS y crear un problema a la camarada Dolores. No lo planteó, sin embargo, tenía miedo a las consecuencias (…) Con Castro he tenido relaciones que han durado hasta este momento. La ambición le unía a Hernández, y cuando un hombre se coloca en el plano de la ambición desmedida, hasta llegar a atentar contra la autoridad de la camarada Dolores, este hombre está decidido a todos los crímenes (…) Yo a un camarada (...) le dije no es necesario estar de acuerdo para realizar un trabajo en contra del Partido, es suficiente en un momento determinado coincidir con determinadas posiciones. Esto me lo puedo aplicar como lección. La amistad debe ser política, hasta donde permiten las garantías políticas, y fuera de las fronteras políticas se acaba la amistad (...) Nada hay más querido que el Partido y la mayor honra es la de militar en él, ello es de vida o muerte (...) Hay que luchar por ser digno de la calidad de miembro del Partido”.



Es decir, existe en la literatura memorialística de los luego disidentes una clara tendencia a la proyección restrospectiva de sus diferencias, mas en otra vertiente es la misma que lleva a los ortodoxos a buscar en sus actuaciones remotas precedentes a sus frecuentes cambios de posición sin abandonar la "línea" correcta. Siempre he sido remiso a aceptar como válidas las explicaciones basadas en juicios personales. Hay una afirmación del historiador marxista británico E. P. Thompson que me parece enormemente acertada: ¿Por qué, según la descripción de los antropólogos, todo es sutileza y complejidad en los elaborados usos sociales de los nativos de las islas Tobriand y, sin embargo, según los historiadores clásicos, todo es brutalidad y simpleza en el comportamiento del proletario inglés del siglo XIX? O, trasladado a nuestro caso, ¿por qué lo que en Togliatti es producto de una fineza de análisis florentina en Hernández es fruto del despecho y la ambición personal?


Las relaciones entre ambos debieron verse teñidas, ciertamente, por una profunda antipatía mútua desde muy temprano: Ya en su informe del 25 de noviembre del 37 Alfredo se queja a la "Casa" de lo poco que se relacionan los ministros comunistas (Uribe y Hernández) con el resto de sus colegas, lo que achaca a la influencia sectaria ejercida por Luis (Vitorio Codovilla) sobre Dolores Ibárruri y el propio Hernández. Pero por debajo de la animadversión laten diferencias de naturaleza política: al transmitir los resultados de los trabajos del pleno del partido escribe: "La discusión ha sido desigual. Bien los miembros del Buró Político (con excepción de Jesús, que ha hecho una mala intervención sobre la US [Unión Soviética])". A Togliatti le choca de Hernández (y de otros) el chirrido permanente entre la aceptación obligada de la disciplina kominteriana (concorde a las necesidades de la geoestrategia soviética) y la voluntad mal refrenada de avanzar posiciones de poder. Como leninistas convencidos, a Hernández y otros, como José del Barrio -con el que se reencontrará en el movimiento proyugoslavo- el cuerpo les pide superar etapas: "Escriba al camarada Dimitrov - exclama Hernández y se recoge en el informe de 30 de julio del 37- y al camarada Manuilski, hágales venir aquí y comprobar lo hermoso que es el Frente Popular. Nos está costando sangre y nervios...". Del Barrio, por su parte (22 de abril de 1938) "ha perdido la cabeza (...) Se exige que el Partido tome en sus manos todo el aparato del Ministerio de la Guerra y todo el ejército; se orientan excesivamente en el ejército a la conquista de puestos de dirección".

No es esa la intención de la Komintern en abril del 38; es más, en esa fecha Stalin ha decidido que para mejorar sus relaciones con Gran Bretaña es preciso tranquilizar al gobierno de Su Majestad haciendo salir a los comunistas del gobierno español e impidiendo a sus colegas franceses entrar en el de su país. A Togliatti le toca transmitir a la dirección del PCE una consigna que causa "sorpresa". Hernández realiza una "intervención (...) en tono casi desesperado ()". Llega a equiparar la retirada gubernamental con una declaración de derrotismo. Togliatti no logra convencer al Buró español de llevar a la práctica la totalidad de la orden estaliniana y, dejado en una situación desairada por el éxito de la réplica de Hernández, ha de camuflar su fracaso a duras penas: "Vuestro consejo táctico, aunque no se ha puesto en práctica porque la situación actual no lo permite, hizo entender a los camaradas (...) que si no eliminaban las erróneas tendencias, corrían el riesgo de perder la orientación política acertada". Togliatti consigue, en última instancia, un asentimiento a medias: se sacrifica la presencia de un ministro comunista en el gabinete, y el sacrificado es, precisamente, Hernández.

La hostilidad entre ambos apenas se encubre ya en el periodo posterior. Togliatti atribuye al "Comisario General del Ejército de la zona Centro" (Hernández) el fracaso de la ofensiva de Extremadura para aliviar la ofensiva franquista contra Cataluña en diciembre del 38: "No estaba sobre el terreno en el periodo de su preparación, llegó el día mismo en que empezaba la operación y se volvió dos días después, precisamente en el momento crítico, cuando su presencia habría sido más necesaria". Pero el punto álgido llega con la huída del Buró Político desde Monóvar el 7 de marzo del 39, tras el golpe de Casado. Hernández, con Togliatti preso de los casadistas, ha de tomar medidas para enfrentarse a la situación que ha puesto fuera de la legalidad al PCE. Decide desmentir a la radio casadista, que propala la fuga de los dirigentes comunistas -incluído él-, dando a la luz un manifiesto en nombre del Buró Político con fecha 9 de marzo. De este documento dirá Alfredo: "Desde un punto de vista político coincide exactamente con el nuestro [él redacta uno que verá la luz con fecha del día 12], pero no contiene ningún ataque contra la Junta, mientras que en el nuestro se la acusa de crimen y traición y de haber actuado en interés de Franco y del extranjero. Nuestro documento fue juzgado demasiado violento por los camaradas que habían de imprimirlo y difundirlo". No es así exactamente: por boca de su "querido" camarada Stepanov (en su "Informe sobre las causas de la derrota de la República Esañola") sabemos que el manifiesto de Togliatti levantó indignación entre la propia dirección comunista refugiada en Paris, por su contenido confuso próximo al derrotismo, hasta el punto de que, por mayoría, se decidirá desaconsejar su publicación en L´Humanité.

Un análisis comparado de ambos textos no puede dejar de hallar concordancias (el elogio de la unidad del Frente Popular y la necesidad de restablecer la legalidad del partido, la reivindicación de la presencia y continuidad de la dirección del PC en el interior de la zona leal, el rechazo a la actuación del Consejo Nacional de Defensa...) pero, así mismo, profundas diferencias, y no de matiz: mientras el de Hernández llama a mantener posiciones de fuerza ("Ordenamos a todos nuestros camaradas en el Ejército que bajo ningún concepto acepten el desarme de su unidad o resignen el mando, ya que esas órdenes solo el enemigo o la provocación pueden dictarlas") el de Togliatti apuesta por una labor de persuasión inerme (los dirigentes comunistas "se acercarán inmediatamente a los dirigentes de otros partidos y organizaciones antifascistas (...) y les convencerán de la necesidad de presionar sobre el Consejo para que tome otro camino..."); mientras que el de Hernández advierte con el uso de la fuerza ( "Lo mismo que en Madrid los militantes comunistas (...) se han visto obligados a hacer uso de las armas para defenderse, en todo el país, de no cesar esa provocación, pueden producirse hechos semejantes que somo los primeros en lamentar"), el de Togliatti cede la iniciativa a la propia Junta [la del "crimen" y la "traición"], que habrá de decidir o no si quiere a los comunistas en su seno ( "El PC está dispuesto a enviar su representación al seno del Consejo de Defensa a condición de que este sea reorganizado de tal manera que signifique una condena abierta de la política de represión y reacción seguida hasta hoy y la vuelta a una política de unidad, de orden, de disciplina y de Frente Popular").

La iniciativa de Hernández, inédita ciertamente, no se toma solo ante la ausencia de los órganos de dirección del partido, si no en contradicción con la línea determinada por la asesoría kominteriana, que ya da por amortizada la resistencia republicana en los prolegómenos del pacto germano-soviético. Se lo harán pagar años más tarde: en 1944, Stepanov citará, en los alegatos para su expulsión ante el Comité Central del PCE en Moscú, que desde 1938, cuando José Díaz fue evacuado a la URSS para ser tratado de su cáncer de estómago, Hernández se había postulado para ocupar su lugar, siendo uno de los rasgos que le caracterizaba que "quería tener su línea política".

Modesto y Lister

Modesto, Lister y los oficiales de milicias fueron destinados a la academia Frunze (los militares de carrera, como Cordón, fueron a la Vorochilov), donde según distintos testimonios, y en términos escolares, "no progresaban adecuadamente"... Cuando Moscú fue evacuado ante el avance alemán, los militares españoles fueron enviados a Tashkent, en el Caucaso. Lister y Modesto entablaron una continuada relación epistolar con Jesús Hernández, del que reclamaban que les sacara de allí para ser enviados a unidades del frente, como ocurrió con Domingo Ungría y su batallón de guerrilleros adscritos a la NKVD. Modesto y Lister se consumían en un ambiente marcado por las querellas domésticas, la frustración de los refugiados españoles empleados como estajanovistas y las protestas de sus mujeres por el alejamiento de sus hijos en las colonias escolares. Su apuesta por Hernández se incrementó al percibir que Francisco Antón les había colocado un confidente (un tal Cañameras) para que diera cuenta a Dolores Ibárruri y a él de sus andanzas. La enemistad entre Modesto y Antón -al que los descontentos motejaron como "el Niño" y "Godoy" (el querido de la reina Maria Luisa, esposa de Carlos IV) llegó al punto de que, habiéndole respondido Antón, ante una de sus habituales quejas sobre las precarias condiciones de los colectivos de españoles, que "hacer frente a las dificultades contribuye a la bolchevización", Modesto le replicara: "¿Y tú, cuando te bolchevizas?".
Modesto apostó también por Hernández porque este prometió la confección de unas listas para sacar a cuadros comunistas españoles de la URSS y enviarlos a México y España. Pero cuando la expulsión de Hernández se consumó en 1944, Modesto y Lister hubieron de reconvertir sus posiciones y aproximarse a Pasionaria, contribuyendo a la purga de antiguos compañeros de tertulia y crítica, como Enrique Castro. A Modesto le tocó, como militar, demoler las tesis sostenidas por Castro acerca de la conveniencia de abrir un segundo frente por los aliados en España. Ibárruri decidió tenerles de momento a su lado y les cooptó para el Buró Político de la delegación del PCE en la URSS. Pero las cuentas no estaban saldadas y, en 1947, con Carrillo ya como secretario de organización, se llevó a cabo el proceso conocido como "el complot del Lux" (el hotel de la Komintern donde se albergaban los dirigentes extranjeros de la IC), donde cayeron todos los antiguos próximos a Hernández y Castro: José Antonio Uribes, Segis Álvarez... y en el que se quiso envolver a Lister y Modesto. El gallego tardaría aún en caer, pero el gaditano salió muy tocado del asunto y, envuelto en la paranoia antitista de esos años, apenas levantó cabeza, salvo la mencionada contribución a los aspectos militares de la historia de la guerra editada por el partido.
16/04/2005 00:23 Enlace permanente. Tema: Biografías

Presencia de Togliatti en España

“Togliatti sigue muy atentamente la vida del partido español. En años posteriores dedicará artículos y ensayos cada vez más profundos hasta el punto de que se llega a pensar que pueda tener razón Mario Scoccimarro, cuando afirma «que él estuvo en España durante la guerra civil y también antes» (…)

La misión secreta en Madrid

Entre los misterios españoles de Togliatti-Ercoli-Alfredo tenemos sus misiones en Madrid en 1936 y en los primeros meses de 1937, que él siempre ha negado en sus memorias, en respuesta a entrevistadores: No; no fue a España hasta julio de 1937. Confirman su no Luigi Longo, Vittorio Vidali y Teresa Noce, los cuales dicen que «si hubiese estado, lo habríamos sabido». Nosotros no tenemos ninguna prueba documentada en contra, pero existen muchas dudas. Quien lo afirma de forma más decidida y con mayor lujo de detalles es Jesús Hernández, miembro de la dirección del Partido Comunista de España, ex-ministro, que se refugió primero en Rusia y que. después, en México, salió del partido. Hernández no precisa la fecha del primer encuentro en España con Togliatti, pero da algunas referencias cronológicas mediante las cuales se le puede situar entre el 27 y el 31 de agosto de 1936. Una mañana de agosto el camarada Checa le avisa:

—Reunión de la dirección.

—¿A qué hora?

—Esta tarde, a las cinco.

—¿Estarán Duclos y Togliatti?

—Sí, me satisface que hayan venido.

En la reunión, Hernández se encuentra con los españoles Díaz. Dolores Ibarruri, Mije, Uribe y Checa, y los enviados del Comintern, Codovilla, Stepanov, Geroe, Togliatti y Duclos. Se discute sobre la ayuda que Rusia podrá suministrar a los españoles, y Togliatti invita a la prudencia: «La lucha del pueblo español se ha iniciado en condiciones poco favorables para la república (...). La Unión Soviética debe defender su propia seguridad. Una acción precipitada podría romper el actual equilibrio y desencadenar una guerra que podría extenderse hacia el Este (...). Quien no tenga en cuenta esta realidad cometerá un error; quizá razone con el corazón. pero no con la cabeza»."

Existen pruebas seguras de que cuatro de los enviados del Comintern mencionados por Hernández estaban por aquellas fechas en España. ¿Por qué debería mentir Hernández sobre el quinto, sobre Togliatti? Francisco Antón, uno de los dirigentes españoles de entonces y actualmente miembro del comité central, afirma: «Hernández se inventó la presencia de Togliatti en Madrid en los primeros meses de la guerra para demostrar, siguiendo el consejo de sus financiadores de la CÍA, que el Partido Español dependía del Comintern, y porque, al aparecer su libro en el año 1953, era útil presentar a Togliatti como un misterioso ejecutor de las órdenes de Stalin». Pero las explicaciones de Antón no se tienen en pie. Todos saben que el Partido Español, al principio de la guerra, estaba asistido muy de cerca, por no decir directamente, por los enviados de la Internacional; añadir el nombre de Togliatti al de los otros cuatro no cambia en nada las cosas." El historiador Colodny cita un párrafo del diario de Koltsov, el corresponsal de Pravda:

«Al mismo tiempo que llegaba la plana mayor del general Goriev a Madrid, llega a la capital española una delegación del Comintern, encabezada por Palmiro Togliatti y por André Marty, que pone manos a la obra de la transformación de la colección políglota de voluntarios en una unidad de ataque». ¿Por qué tiene que ser éste un falso testimonio? Porque, se afirma, Togliatti trabaja en Moscú y ha sido visto en esta capital en diversas ocasiones durante la segunda mitad de 1936 y la primera de 1937. Pero ¿qué significa esto? De Moscú a Madrid hay pocas horas de avión y las presencias de Togliatti en Madrid se insertan perfectamente en sus ausencias de Moscú. Por fin, también tenemos el testimonio de Scoccimarro, quien para afirmarse se pregunta: «¿Estaba en España ya en el año 1936, o llegó en 1937?» Scoccimarro dice: «Estuvo ya en 1936; estoy segurísimo». Falta preguntarse por qué Togliatti insiste en negarlo, incluso tras la muerte de Stalin. Probablemente porque la regla del Comintem es que el silencio, una vez decidido, se mantiene para siempre, con el fin de no desmentir a los que hacen de cobertura. La razón para callar sobre aquellas primeras misiones está clara: Se sabe que el fantasma del peligro rojo, que se basa en la presencia de gentes del Comintern en España, lo usa la propaganda burguesa y fascista. Por ello es mejor circundarla de la más absoluta reserva, especialmente en relación con el segundo secretario del KOMINTERN”.

La política de Unión Nacional

Un análisis sobre la política de Unión Nacional, propugnada por el PCE desde agosto de 1941, que quizás contribuya a explicar la salida del partido de la Nelken, como la de otros destacados militantes, en esas fechas:

"Tras el desencadenamiento de la “operación Barbarroja”, en junio de 1941, la Internacional Comunista enunció la línea política de “Unión Nacional” (UN), consistente en la creación de amplios frentes interclasistas donde se coaligaran todas las fuerzas cuyo objetivo principal fuera la derrota del fascismo. La adaptación a la situación española por parte del PCE apareció expuesta por primera vez en un manifiesto del Comité Central publicado en agosto de 1941, y elaborado por José Díaz, Dolores Ibárruri y Jesús Hernández. El objetivo era unir a toda la nación -desde la clase obrera a la "burguesía nacional"- para evitar que Franco entrara en la guerra al lado de Hitler. Para ello, no se dudaba en hacer un llamamiento a sectores que, habiendo figurado en las filas del franquismo (carlistas, jefes, oficiales y clases del ejército, sectores conservadores y católicos, grupos capitalistas españoles ligados al capital anglo-americano) estuviesen dispuestos a defender la causa de la independencia nacional. Se partía del supuesto de que

“la gama de las fuerzas opuestas a la política franquista de apoyo al hitlerismo, era más amplia que la de las fuerzas que habían luchado por la República. Existía la posibilidad de un reagrupamiento de las fuerzas políticas que, poniendo fin a la división abierta por la guerra civil, incorporase a la acción contra la dictadura a sectores que antes la habían apoyado, pero que en 1942 se pronunciaban en favor de la coalición antihitleriana y de la neutralidad española”.

La mano tendida a los enemigos de ayer excluía, sin embargo, a los implicados en la sublevación casadista, los “espías nazi-trostkistas agentes de la GESTAPO” –es decir, el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM)-, y a líderes como los socialistas Prieto y Araquistáin y el anarcosindicalista Abad de Santillán, a los que se ubicaba, de hecho, en la misma trinchera que los “falangistas germanizados”. Los puntos de esta primera versión del programa de la UN consistían en impedir la entrada de Franco en la guerra junto al Eje, el reconocimiento de la legalidad republicana de 1931, la constitución de un gobierno de Unión Nacional bajo la jefatura del doctor Negrín, el restablecimiento de las libertades básicas en España y la alianza con la URSS y con las democracias contra Hitler.

Cuando en la primavera-verano de 1942 se produjo la ofensiva alemana en la región del Caúcaso que llevaría a sus tropas ante las puertas de Stalingrado, los rumores sobre una posible paz por separado entre Alemania y Gran Bretaña movilizaron a la diplomacia soviética. Molotov viajó a Londres y Washington para disipar los temores de Occidente sobre las intenciones de la URSS tras la guerra. Como muestra de buena voluntad, se procedió a la disolución de la Komintern en 1943. La revolución desaparecía del horizonte político del movimiento comunista a corto y medio plazo. En consecuencia, la línea política de UN dio una nueva vuelta de tuerca hacia posiciones aún más próximas a la alianza con los sectores conservadores. El 5 de septiembre de 1942 un nuevo “llamamiento del Comité Central del PCE", sentó las bases de la política de UN para los siguientes años. El escenario dibujado por el partido trazaba una línea de confrontación a uno de cuyos lados se encontraban Franco y los falangistas germanófilos, y al otro, el resto del país, incluyendo “hasta las más diversas fuerzas conservadoras”: Industriales, terratenientes y comerciantes. El programa de la segunda versión de UN contenía los siguientes puntos: Ruptura de todos los lazos con el Eje, depuración de falangistas del ejército y la administración, liberación de presos y retorno de exiliados, restablecimiento de las libertades, y convocatoria de una Asamblea Constituyente para que el pueblo, libre y democráticamente, decidiese el futuro régimen del país. Desaparecían, pues, las referencias al gobierno Negrín, a la legalidad republicana y a las autonomías, buscándose la aproximación a los monárquicos juanistas.

La política de UN, con sus implicaciones de apertura hacia sectores a los que se había combatido con las armas hasta hacía un par de años –y que en muchos casos aún ocupaban importantes parcelas de poder en el aparato del Estado franquista- y de captación, al propio tiempo, de apoyos entre los grupos de la emigración republicana requería el ejercicio de una sutileza en la ejecución de fintas tácticas a derecha e izquierda que se encontraba muy por encima de las posibilidades de la Delegación en México del PCE, encabezada por el dúo Uribe-Mije. En continua competencia con los centros dirigentes de los partidos rivales en el ámbito republicano, la Delegación del PCE en México tan pronto acentuaba los aspectos sectarios y excluyentes de la UN, rechazando la colaboración con Izquierda Republicana, la Unión Republicana, el Partido Socialista, los nacionalistas vascos y catalanes y la CNT, como blasonaba de haber conseguido la incorporación de representantes de los grupos agrarios católicos, procedentes de la antigua CEDA, y de carlistas arrepentidos al proyecto “unitario” antifranquista. Paradójica línea política que alardeaba de encontrar eco en la derecha monárquica y reaccionaria y que, sin embargo, adoptaba contra las fuerzas republicanas una retórica que recordaba los tiempos de “clase contra clase”.

En la práctica, la retórica de la Delegación en México ahuyentaba a los posibles aliados conservadores y repelía a los de la emigración republicana. La situación era enormemente preocupante pues, como escribía Hernández a Dolores en diciembre de 1942,

“estamos en tal punto que, o bien provocamos una rápida reacción de comprensión entre las distintas fuerzas en que hoy nos apoyamos, o corremos el riesgo de quedar aislados. Las fuerzas que no se han pronunciado sobre el documento son muchas. Su silencio no creo que podamos considerarlo como aprobación, porque si bien se trata de las fuerzas más moderadas, y por tanto más susceptibles de dejarse ganar a una tal política, son también las más anticomunistas. Las que se han pronunciado en contra, o se resisten, son el resto, excepción hecha de las totalmente nuestras. En tal situación, no está excluido un atirantamiento mayor de las relaciones, y que en ese clima aflore la maniobra de un Prieto u otro por el estilo brindando un reagrupamiento sobre la base de la república o cosa semejante para desligar de nosotros a los sectores que de mejor o peor gana nos acompañan”.

En medio de todo esto, el estupor de las bases se traducía en un sordo malestar y en el abandono o exclusión de la militancia activa -“En toda la república mejicana no sobrepasarán el número de 300 los militantes que tenemos. De ellos más de 150 han sido expulsados del Partido. Se excluye a la gente por las cosas más mínimas y con la mayor naturalidad”, escribía Hernández-, proceso paralelo a los despropósitos de una dirección que tan pronto creía inminente una insu