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Estudios sobre la historia del movimiento comunista en España

Resistencia y guerrilla (1939-1948)

"Por rojos" -un artículo de Mikel Rodríguez-.

Publicado en Historia 16 nº 296 (diciembre de 2000), p. 56-66.

“Los diversos partidos comunistas, las brigadas internacionales, los intelectuales de izquierdas... todos agentes – cuando no verdugos - del estalinismo”. Las corrientes historiográficas en boga y los escritores creadores de opinión nos bombardean con esta idea. Hace unos años se equiparaba comunismo y fascismo. Actualmente muchas “primeras plumas” ya no se contienen y colocan al comunismo en el escalón más bajo de la degradación humana: “Hitler y Franco eran malos, ¡pero anda que los comunistas!”. El “final de la historia” anunciado por Fukuyama, con su tan conveniente mensaje “el capitalismo y las leyes del libre mercado son la realidad última e inamovible” niega la aparición de cualquier otro modelo en el devenir humano. Desde luego, la idea de que vivimos en el mejor - o en el único - de los mundos posibles no es nueva. Ya Hegel consideró que la “idea absoluta” había tomado forma en el estado prusiano y no vamos a desdecir a los poderosos propagadores de esta “buena nueva”. Pero la defensa de quienes fueron asesinados o se pasaron veinte años en la cárcel por sus ideales, en una época en que enfrentarse al poder era jugarse la vida merece unos renglones. La defensa de unos hombres y mujeres que no luchaban por la Dictadura del Proletariado, sino por las libertades y la democracia. Unos hombres y mujeres que malvivían en las cárceles o en la clandestinidad, comidos por las chinches, no en el “Hotel Lux” de Moscú (1). Unos seres humanos que, si tuvieron la suerte de sobrevivir, ahora una pléyade de “opositores póstumos del General” pretende que se avergüencen de su lucha y de su militancia. Quizá para que tanto demócrata “ex novo” pueda rehacer la historia a su conveniencia.

Pero como la autodefensa entra de lleno en la tradición revolucionaria, dejemos que dos de estos “malvados agentes del estalinismo” nos recuerden su trayectoria.

Marcelo Usabiaga Jaúregui (Ordicia, 1916). Miembro de las Juventudes Comunistas, durante la Guerra Civil combate en los frentes del Norte, Centro y Levante. En 1944 se encuentra en un destacamento penal en Arrona (Guipúzcoa).
En el destacamento penal trabajábamos para una empresa constructora llamada “ABC”, que hacía carreteras y “regiones devastadas”. La habían montado los franquistas para sacarse unas perras. Yo estaba cumpliendo una condena de 30 años y comenzamos a realizar actos de sabotaje contra la fábrica de cemento, porque estaban mandando material al “Muro Atlántico” de los alemanes. En el destacamento funcionaba el Partido desde 1943. Construíamos una línea aérea para transportar la piedra colgando en vagonetas. Estropeamos las mezclas del cemento, así que las pilastras se cayeron. También averiamos dos veces el motor eléctrico del molino de piedra, con lo que la producción paró. El motor se quemó las dos veces. Eso fue lo que les puso en guardia. Yo trabajaba en la oficina y un día me dicen: “Marcelo, he oído tu nombre”. Entonces nos reunimos los camaradas e iniciamos las gestiones para escapar. El Partido no estaba organizado en la provincia y no podía ayudarnos. Así que decidimos pasar a Francia por nuestra cuenta. Pasamos cuatro: Orozco, Iglesias, un malagueño del que no recuerdo el nombre y yo. Era septiembre de 1944.

Yo conocía bien la frontera porque soy de Irún y la cosa fue sencilla. Los franceses nos metieron en un campo de concentración, pero hubo un momento de peligro, porque una columna alemana contraatacó, y vinieron los franceses para pedirnos ayuda a los presos españoles. Yo les dije que bien, que nos diesen fusiles y que iríamos a luchar. Pero el caso es que los alemanes se retiraron hacia el Norte. Si te digo la verdad, mi idea era ir a Francia a descansar y, luego, luchar contra los alemanes allí.

Fuimos a Pau, donde me encontré con la División de Guerrilleros Españoles. El comisario político era “Esparza”, nombre de guerra de Gómez, íntimo amigo mío. Cuando le hablé de que en España no había nada que hacer, me dijo: “Mira, no hables en voz alta, porque si dices por ahí lo que me estás contando, te ganas un disgusto”. A los días llegó un tal Lecumberri. Yo estaba en el “Hotel Bristol”, el puesto de mando de la División. Me llaman y me dicen: “Oye, Marcelo, que ahí abajo hay un camarada, paisano tuyo, que dice cosas que es la hostia, que hay que ir enseguida a España, que Eibar está cogido ya..” Y yo, que había estado preso a 20 Km. de Eibar: “¡No me jodas!”. Veo a un tío, ancho de espaldas, que planteó que había que pasar un grupo ya, porque se hacían dueños de Eibar en diez minutos.

Pasé unas semanas fatales. Me decían que no tenía moral por haber estado en la cárcel, que ellos habían aprendido a luchar en Francia, etc. Estuve alrededor de un mes enseñando a los guías a cruzar la frontera esquivando a los carabineros. Pero me habían escogido para volver a España con un grupo de guerrilleros (2). Y le decía a “Julio” (3): “¡Me cagüen diez! ¿Pero tú sabes lo qué es ir a San Sebastián, once tíos, con una pistola en el bolsillo? ¡Yo me he escapado de allí hace un mes! Eso es un crimen”. Y él me comprendía, pero me decía que el mando de la División había ordenado que allí no podía quedar ni un español, que hasta el último tiene que pasar. Todo parecía increíble, pero ¿cómo me iba a negar? ¿Cómo me podía plantear yo, que venía escapado de la prisión, no volver si me lo pedían? Pasé una época muy mala, en el sentido síquico. Estaba jodido. En las reuniones no decía lo que pensaba. Al final, me dije: Soy un luchador y voy a luchar. Y sé acabó. No voy a entrar en disquisiciones de nada. Mira, mala suerte y se acabó.
Había una visión política absurda de España, un absoluto desconocimiento. Todavía estoy viendo como hablaban Nuñez Escurza, Vallador, con un triunfalismo... Hablaban de su victoria sobre el Ejército alemán, pero no conocían España. Allí sólo se utilizó un argumento de peso específico. Lo hizo Vallador: “Si termina la guerra y en España no hay una provincia, una fortaleza, un núcleo, lo que sea, donde una fuerza luche contra el franquismo, las democracias, lo mismo que en la guerra han hecho la “No Intervención”, lo mismo harán ahora y luego se aliarán con Franco”. Lo que fallaba de su cálculo es que no había la posibilidad de crear esa situación de guerra real.

En el reparto de funciones de nuestro grupo, Barroso quedó de comandante, Lapeira de jefe de organización y yo, como jefe de agitación/propaganda. No traíamos objetivos concretos. De lo único que se habló era de que habría que atracar bancos para conseguir fondos, porque no traíamos un céntimo. Nos pasó un contrabandista, Benac, a cambio de 1000 pesetas por cabeza. Al último español que vi en Francia antes de embarcar fue al comandante de la “Brigada Vasca”, Ordoqui. Cuando montaba en la lancha, me dijo: ”Marcelo, me parece que esta es una aventura que va a salir mal”.

El primer grupo lo formábamos Pedro Barroso, Regino González, Javier Lapeira, Alfredo Gandía y yo. Al día siguiente pasaron otros cinco hombres y una mujer, Victorina Gastán. Barroso llevaba un listado de direcciones de personas con las que contactar. Cada uno llevaba un “naranjero” con cargador, una pistola y en la mochila, dos cargadores más y dos bombas de piña. Al desembarcar a uno se le cayó un cargador, lo que luego tuvo su importancia. Pasamos la noche en un caserío y cometí una torpeza, confiado absolutamente en la fortaleza física y moral de mi amigo Pepe Aguilar, combatiente de toda la vida y de absoluta confianza. Mandamos a la chica del caserío a buscarle. Y al día siguiente vino y se comprometió a buscarnos un piso en San Sebastián. Pero cuando llegamos a la dirección, los dueños dijeron que no podíamos quedarnos. Nos despedimos de Benac que, como buen contrabandista, me dijo que se olía algo. ¡Y a las once de la noche, cinco tíos con una pistola en el bolsillo, a buscar donde dormir! Fuimos a un segundo y a un tercer piso. Al final, en la cuarta casa, de unos parientes de Regino, nos dejaron quedar. Lo peor es que en cada piso habíamos dicho a dónde nos dirigíamos, para que el segundo grupo y Benac, que tenía las armas, pudieran encontrarnos.

Mientras la policía ha localizado el caserío, ha localizado a la chica y a Pepe Aguilar. Y Pepe, de la paliza o por lo que sea, les pone sobre la pista del primer piso. Y de allí, reconstruyendo nuestro trayecto, nos localizan y caemos Regino, su familia y yo. La político-social de Irún, mandada por Melitón Manzanas, entró a las ocho y media ¡Y a las nueve venía Lapeira de contactar con Bilbao! Tuvimos la mala suerte de que nos iban a llevar, pero entre los tíos de Regino, la prima, nosotros dos y cuatro policías no cabíamos en el coche. Y Manzanas le dijo al chófer: “¡Vete a la Avenida y coge dos taxis!”. Y en ese crítico momento llegó Lapeira, no vio nada raro, subió al piso y le engancharon. Si tarda un cuarto de hora, no nos encuentra y se salva. Y si viene cinco minutos antes, ve el coche de la policía aparcado y se larga.

El resto del grupo cayó en Bilbao y Eibar. Lecumberri, en lugar de tomar Eibar en diez minutos, le detuvieron en diez minutos. Somos muy amigos y por desgracia hemos tenido muchos años para bromear con esto en prisión. Fue un desastre. Detuvieron a montones de personas, que no eran colaboradores activos, ni enlaces, sólo amigos y conocidos que habían hablado con nosotros. Sólo escapó Gandía (4). Manzanas nos frió a preguntas a Regino, a Lapeira y a mí. Me llevaron atado por todo Irún a las tres de la mañana. Estaba seguro de que me iban a fusilar. En la comandancia militar estuve repasando mentalmente porqué habíamos caído. Me hicieron descalzar, me pisaron los pies y me dieron una paliza. Yo no dije ningún nombre, pero no me apretaron mucho, esa es la verdad, porque pensaron que los enlaces los tendría el que había ido a Bilbao. Pero la paliza a Lapeira fue de abrigo. Y tampoco dijo ningún nombre.

Estando allí llegó la visita del coronel Ibáñez, que era el segundo jefe de fronteras, conocido de mi familia. Entró en la habitación fuera de sí: “¡Estás loco! ¡Estáis locos! ¿Qué cojones venís a hacer aquí? ¡Te va a costar caro esto! Me ha dicho tu tía que venga a verte, pero no te voy a dar ningún optimismo, ¿eh? ¡Estáis perdidos! ¡Van a hacer un consejo sumarísimo en 48 horas y os fusilan! Ya sabéis que yo no soy fascista, no soy de falange, soy monárquico de toda la vida, pero...”. Y yo acojonado allí. Me llevaron a la cárcel de Ondarreta. Me llamó el director, Ramón Otalora, a quien conocía de cuando estuve condenado en Valencia. Me llevaba conducido el jefe de servicio, Echarte, buena persona, que me iba diciendo: “En buena te has metido. ¿Cómo se te ocurre volver aquí?”. Y el Director le ordenó: “¡A éste llévele usted al último rincón de la cárcel, al último agujero, donde no vuelva a ver el sol, para que se pudra allí!”. Me llevaron a una habitación llena de ataúdes. ¡Joder, que volví a pensar que me pegaban un tiro!.

Durante el proceso judicial mi problema era si podría morir valientemente. En mi celda, ensayaba la pose que iba a poner ante el pelotón. Todo el día en la celda, convencido de que no había solución, porque habían fusilado por mucho menos. Pero cuando el juicio resultó que uno de los venidos de Francia, y te aseguro que yo no, llevaba, ¡asómbrate! la nómina con los nombres de los once, firmada por cada uno, con lo que cobrábamos en francos. ¡Parece increíble! Y nos salvamos porque ponía: “Barroso, comandante; Gandía, capitán; Regino, teniente; Usabiaga, Lapeira... soldados”. Y claro, la salvación: “Yo, desde luego, soldado, yo hacía lo que me decían los jefes”. Si en el expediente o en las declaraciones se llega a descubrir que yo venía como jefe de agitación y Lapeira como secretario, otro gallo nos cantara. Esa fue la atenuante. Veinte años y un día. También había acabado la guerra y quizá Franco no podía seguir fusilando a mansalva. Pero eso parece ahora, porque entonces los pelotones funcionaban a pleno rendimiento.

Estando ya condenado me llaman a Jueces. Y allí un hombre, me agarra de las solapas y me dice: “¿No me conoces? ¡Hijo puta! ¡Cabrón!” . De momento no le conocí, porque estaba desfigurado, más delgado y sin bigote. “¡Soy yo, que he tomado cervezas contigo!.” Se trataba de un tal Zulueta, un oficial franquista que se había infiltrado en la UNE y que, cuando lo descubrieron, salvó la vida por los pelos. “¡Ya sé que tú nos has sido, ya sé que nos has sido tú, pero voy a recorrerme todas las cárceles de España para coger a quien ha sido! ¡Y a esos me los cepillo! ¡Mírame las manos, como me las habéis dejado! ¡Me habéis martirizado! ¡Pero esto me lo vais a pagar!”.

Como a todos los fugistas, me llevaban a la prisión de Chinchilla, una prisión fatídica, para cumplir condena. Y estando en tránsito, esperando que viniese la Guardia Civil, los presos de Chinchilla, desesperados de sus condiciones, dieron fuego a la prisión con ellos dentro. ¡Ya ves cual tenía que ser su desesperación! Luego me llevaron al Puerto de Santa María y de allí, a Burgos, donde Franco concentró a los presos comunistas

Nuestra postura en un primer momento fue muy rígida, de absoluta falta de colaboración. ¿Había que desfilar uniformados delante del Director los domingos? Aparecíamos mil tíos con los uniformes rotos y los botones arrancados. ¿Qué las monjas se comportaban malísimamente? Nosotros peor. Ni se jugaba a fútbol ni se iba a la escuela. Nos sentábamos en el patio y cada uno daba lo que sabía. Yo, clases de contabilidad. Absolutamente nada de colaboración. ¿Qué no hay visitas? Pues nada, sin visitas.

Pero ya el 49, se acabó la política de guerrillas y comenzó a hablarse de la lucha pacífica y de infiltrarse en los sindicatos verticales. Franco fue reconocido internacionalmente y esto nos desmoralizó. No se decía públicamente, pero era así. Había un fatalismo y esperábamos que cayese algún indulto: “¡Haber si viene de visita el Papa!”. Y se empezó a ir a clase, aunque algunas las dábamos nosotros. En El Dueso se han llegado a dar clases de física nuclear. Empezamos a trabajar en el taller de artesanía, se montó un campeonato con los equipos de fútbol de las brigadas... Se empezó a colaborar y se entró en una etapa totalmente distinta.

Francisco Zayas y yo montamos el taller de artesanía. Empezamos en un plan muy limitado, media docena de personas en un cuartito. Allí un “manitas”, Aquilino Gómez, me enseño el oficio. Y vimos que era una solución al problema de la pasta, que teníamos que mirarlo mucho. Allí se vivía en comunas: “Tú, ¿cuánto recibes? - Veinte duros”. Se ponía el dinero en común y la media, de 150-160 pesetas, se repartía. La Dirección del Partido nos dio carta blanca. Hacíamos marcos, lámparas, mapas sileteados... Posteriormente pensamos que esa era la mejor forma de sacar la información de la cárcel. Yo, cuando estaba incomunicado por fugista, obtuve un permiso para hacer resúmenes de libros. Y para poder sacar más resúmenes en un sólo cuaderno, empecé a hacer la letra muy pequeña. Me di cuenta que con una lupa podía hacerla todavía menor. Y me convertí en un copista. Escribir al exterior era una necesidad. Sacábamos información cifrada con los acontecimientos de la cárcel: información de denuncia - un preso que estaba enfermo, otro al que le habían pegado... –, política carcelaria, corrientes de opinión internas del Partido, etc. Yo me limitaba a copiarlo en el menor tamaño posible, en tiras de papel que metíamos en las columnas de los marcos. El método era tan eficaz, que las autoridades creían que retransmitíamos las noticias por radio.

Al principio el “Mundo Obrero” lo hacíamos a mano, nueve ejemplares, uno para cada Brigada. Pero recordé que en la Escuela de Comercio, en la clase de Química Práctica, nos había dicho que mezclando glicerina y cola de pescado se hace una plancha y que si encima, con tinta ortográfica, se hacen dibujos, esos se reproducen. ¿Porqué no probamos? Escribí a mi madre: ”Toma todo tipo de precauciones, compra estos productos y me los mandas en diferentes paquetes”. ¡Funcionó y ya sacamos en planchas “Mundo Obrero”!

En julio de 1960, más tarde de lo que me correspondía, salí de la cárcel. En total, me había pasado encerrado más de 20 años. Pero no me quejo. Luego las cosas me han ido muy bien y aquí estoy para contarlo. Respecto a nuestro país y al mundo en general, como dice un amigo, Alberto Quesada, que fue comisario en la guerra con diecisiete años y luego convivimos largos años en la cárcel de Burgos: “Hasta que los poetas mandemos en el mundo, estamos perdidos, no hay nada que hacer”. Pero hay que ser rebelde con la realidad.

Eduardo Aparicio Zamarreño (Salinas de Leniz, 1916). Miembro de la Juventudes Socialistas, al inicio de Guerra Civil ingresa en el PCE. Tras la derrota, pasa a Francia. Desde 1941 organiza el PCE en la Legión Extranjera. En 1943 se encuentra en el África Francesa.
En 1943 se estaban preparando grupos para desembarcar en la Sierra de Ronda. El primero lo mandaba Ramón Vía, el segundo, Robles y en el tercero debía pasar yo. También teníamos contactos con oficiales españoles del ejército americano (5). Pero al final me mandaron a realizar un trabajo político, trabajando para el Partido en Argelia. En diciembre de 1945 fui al pleno de Toulouse como delegado del norte de África, llevando naranjas y limones para “Pasionaria”. Carrillo, como había nacido en el País Vasco, decidió mandarme a Guipúzcoa para reorganizar el Partido. Si acepté volver fue porque quería participar “in situ” en la lucha por la democracia y pensaba que, tal como estaban las cosas, podía llegar tarde para asistir a la caída del franquismo..

Me instalaron en una villa que había en la carretera de España. Allí nos daban charlas los miembros del Buró Político, Claudín, Carrillo, Gallego, Líster, Claudín, Azcárate y otros. Porque en esta época, de lo bueno y de lo malo que haya pasado, tan responsable es Claudín como Carrillo, pese a lo que luego se haya escrito. Nos hacían leer mucha prensa española, para que conociésemos todo lo referente al momento – el fútbol, el cine, la política... - y que no pareciese que llevábamos años fuera del país. En nuestro tiempo libre jugábamos a balonvolea con Carrillo, Núñez, Soroa... todos menos Líster, que siempre estaba muy serio. En mayo del 46 salimos de Olorón un grupo de cinco: Francisco García Rabadán que iba a Bilbao, un operador de radio catalán, dos guías armados y yo. Al tercer día llegamos a Pamplona. Esa noche, serían los nervios, al ver el crucifijo sobre la cama, empecé a jurar por primera vez en mi vida.

Fui a Bilbao para entrevistarme con la Dirección Nacional de Euskadi. Iba con desconfianza de que los documentos que había elaborado el equipo de Domingo Malagón parecieran auténticos. Me pidieron la documentación en el tren. Antes de enseñar el salvoconducto, entregué el carnet de Falange, a nombre de Antonio Mendizábal. El policía lo mostró a todos y dijo: “¡Con este carnet, camarada, no necesitas pase!”. Con eso cogí bastante confianza y en lo sucesivo iba a un local de Falange en Bilbao para que me pusiesen el sello de que estaba al corriente de las cuotas. Los otros miembros de la Dirección Nacional también venían del exterior: García Rabadán, Clemente Ruiz, “El aldeano” y Valentín Gual. Éste era un “duro”, siempre con la misma frase en la boca: “Esto, ¡con mil pares de cojones!”. Cuando nos encontramos a los años, se emocionó y me dijo: “Al final, vosotros os habéis comportado mejor que nosotros”. “El aldeano” me advirtió que no dejase el cuello de la camisa por fuera de la chaqueta, porque en eso se veía que venía de Francia.

Me instalé en Pasajes. Me habían aleccionado contra el Comité Provincial existente, porque “eran agentes de la policía y había que empezar desde cero”. Pero los camaradas que habían sido dejados al margen resultó que eran buenos. Establecí contacto con ellos y reorganizamos el Provincial. Uno de los expulsados, “Andrés”, me pasó la multicopista y se reincorporó al Partido, entrando en la guerrilla. Unos meses después me dijeron que había volado la estatua de Mola. Empezamos a reorganizar el PCE por toda Guipúzcoa: en San Sebastián, Echenique organizó el comité local, con células en casi todos los barrios; en Eibar, Ortiz de Zárate organizó el Partido; Cabezón, el comité de Pasajes; Arruabarrena, el de Vergara y Arriarán, el de Mondragón. En Irún, Rojo se encargaba de los pasos a Francia. Incluso constituimos un grupo en Zarauz, donde nunca habíamos tenido afiliados. En Rentería era donde peor lo teníamos porque, aunque casi todos los hinchas del Touring eran de la JSU, los camaradas más veteranos siempre estaban en la tasca. Ahora puede parecer increíble, pero entre PCE, la JSU y la UGT de la Directiva Nacional (comunista), acabamos teniendo más de 1000 cotizantes. Creo que nunca, ni antes ni después, hemos tenido tantos. En 1947 incluso comenzamos a organizarnos en Vitoria. Además existía una pequeña organización paralela, de eso me he enterado treinta años después, con casas y enlaces que dependían directamente de Toulouse.

En el Comité Provincial estaban los camaradas que me parecieron más decididos: Merino, Echenique y “Juan”, antiguo alcalde de Izquierda Republicana que ingresó entonces en el Partido. Nos reuníamos en sidrerías y allá nos pasábamos horas discutiendo y organizando. Políticamente dependíamos del Comité Central de Toulouse, que nos daba la línea oficial a seguir, que nosotros aplicábamos según las circunstancias. Pero intentábamos no separarnos de esta línea y, si teníamos dudas, leíamos “Principios del Leninismo” y otros materiales que llevábamos camuflados en las “Obras escogidas de Cervantes” para saber que decisión tomar. El Partido se organizaba en células de tres personas, para que una detención no provocase grandes caídas. Incluso teníamos una célula con un millonario. Era un camarada magnífico, procedente de Acción Vasca, llamado Lumi y tenía una finca donde ocultaba a los camaradas en peligro. Nos solía dar mil pesetas para “Euskadi Roja”. En su célula estaba “Carlos”, director de una agencia de transportes y un brigada de la Guardia Civil, que nos pasaba la situación de los controles. Dinero no nos faltaba en Guipúzcoa, tanto que financiábamos en gran parte a Vizcaya

En Bilbao se imprimía “Euskadi Roja” y nosotros hacíamos dos periódicos: “Aurrera” de la UGT y “Gastien” de la JSU. El periódico de la JSU resulto una novedad, porque “Euskadi Roja” utilizaba una jerga política muy anticuada, mientras que “Gastien” tenía un lenguaje joven y directo, con versos irónicos: “Dichosos los tiempos liberales/ una docena de huevos valía doce reales/ preciso fue que llegara este “Orden Nuevo”/ para que doce reales valga un huevo”. Uno de nuestros mejores lectores era un cura de los de sotana, que nos solía dar cinco duros. Hacíamos pasquines, que se pegaban en las paredes o se tiraban en las calles y en los vestuarios de las talleres. Yo lo tenía prohibido, pero alguna vez me daba la satisfacción de pegar alguno en un túnel. Algunos materiales venían en motora de Francia. Recuerdo unos miles de informes de “Pasionaria” que, aunque estaban en papel cebolla, desriñonaban a cualquiera.

Nuestra política era crear conflictos sociales allí donde fuese posible. Para ello hacia falta captar militantes en los lugares de trabajo. Los intentos de organizar huelgas en la zona de Eibar chocaban con los pasquines de un “comité fantasma” del PSOE y la UGT, que sólo aparecía para desautorizarnos. El obstáculo mayor era que no podíamos combinar el trabajo legal con el ilegal. En muchas empresas nuestros camaradas eran elegidos delegados por sus compañeros, pero no podían actuar desde la legalidad del Sindicato Vertical porque era contrario a la línea del Partido. Organizamos un comité de enlace UGT-Solidarios Vascos (6) en la zona de Vergara y Mondragón que fue el primer organismo unitario que hubo en el País Vasco .

Avanzado el 46 iniciamos una huelga en el puerto de Pasajes. Fue la primera huelga total en la España de Franco, que mereció un número especial del periódico “Nuestra Bandera”. Pedíamos una mejora salarial bastante fuerte y el puerto quedó totalmente paralizado. Las autoridades reaccionaron trayendo trabajadores extremeños y los instalaron en una escuelas. Arrojamos unas octavillas y la reacción fue fulminante: los extremeños se plantearon que los habían engañado, porque nadie les dijo que había una huelga y dejaron de trabajar. Ganamos y aumentaron los sueldos. Con la huelga del 1 de mayo del 47 hubo un gran fallo, porque nadie nos avisó y no la iniciamos hasta el día 4 en Mondragón, Eibar, Vergara y algún taller del mismo San Sebastián.
También conmemorábamos fechas. Los chicos de la JSU colocaban banderas republicanas e ikurriñas en los cables de alta tensión y en chimeneas, serrando luego los escalones para que no se pudiesen quitar. En esta época, sólo nos movíamos nosotros y por eso había tantos afiliados: quien quería hacer algo contra la Dictadura, tenía que estar con nosotros. Aún así, estábamos por la unidad de acción y el CC nos mandó que enviáramos un camarada a la reunión en Madrid de la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas, una asociación que acogimos muy bien. Pero fue detenido, mientras que de los demás no cayó nadie.

Mi detención se produjo a raíz del referéndum de 1947. Como garantía de unidad, el Gobierno Vasco nos pidió que no repartiésemos propaganda partidista, sólo la suya. Pero la propaganda no llegaba y únicamente faltaban dos días cuando nos avisaron que venía. Fuimos a recogerla Blas la Cueva, Carmen Eixach y yo. Cuando me acerqué al hombre que tenía la contraseña - la “Gaceta del Norte” y un cigarrillo apagado en la boca - media docena de policías se vinieron por mi pistola en mano. Yo llevaba en el bolsillo, en papeles de cigarrillo, el lugar y la hora de las citas para distribuir esta propaganda. Pero pude tirarlos a tiempo.

Nos llevaron a Blas y a mí al Gobierno Civil. Allí nos pusieron corrientes eléctricas y me preguntaron por la mujer que había logrado escapar. Por aquella electricidad he estado marcado muchos años. No podía tocar una bombilla ni pasar por el raíl de un tranvía. Por la noche nos llevaron en coche celular a Bilbao. Allí nos tomaron dos policías armadas y nos dijeron: “Vais a ir a la comisaría de Achuri. Allí no se andan con paños calientes. Os van a pegar. Pero vosotros no digáis nada, porque si habláis, no os vais salvar. Van a pensar que sabéis más y os van a seguir dando”. Pensé que aquello era un truco psicológico, pero luego vi que eran dos antiguos guardias de asalto y que el consejo era bueno.

En efecto, la policía sólo entendía el “garrotazo y tentetieso” pero, inteligencia, poca. Vino a interrogarnos un comisario de Madrid – al que creo que sabotearon un tanto los policías de Bilbao – que me ofreció un cigarrillo y me dijo: “Mira, vas a tener que hablar. Porque si no, de aquí no sales. Por mis manos ha pasado Cristino García, Zapirain, Santiago Álvarez y muchos otros”. Yo le dije: “Pues tendrá que empezar y que sea lo que sea, porque yo no conozco nada, así que nunca podré decir nada y como no me vais a creer...”. Él me respondió: “No, si ya sabemos como trabajáis los comunistas. Sabemos que no os conocéis unos a otros”. Y con eso él mismo me dio una puerta de salida si lograba aguantar los golpes.
Estuve más de un mes en la comisaría. Me metieron en una celda de cuatro pies y medio, como un armario. Me pegaron y fuerte. El comisario De Diego no me tocó y un policía homosexual tampoco, pero había uno maño, siempre borracho, que sólo sabía pegar. Ellos buscaban a un tal “Carlos”, un personaje ficticio, al que yo describí con todo detalle. También di el nombre de Cabezón, porque ellos ya le conocían y estaba a salvo en Francia. No dije más. De una y media a tres de la madrugada me sacaban, me esposaban a una silla y me daban puñetazos y patadas. Empecé a sangrar por las orejas. Un día me asusté, porque oí la voz de Carmen. La habían detenido.

Carmen Eixach había entrado en el Partido en 1942, a raíz de la muerte de su marido en la cárcel de Ondarreta. Ella y su prima Marichu Guridi cosían las banderas y llevaban los materiales, porque tenían mucha serenidad. Carmen me gustaba, pero no le había dicho nada. La colocaron en la celda contigua a la mía, con una ventana que daba al retrete. Era asqueroso. En aquel retrete habían torturado a Carmen del Vado, metiéndole la cabeza dentro. Y no había dicho nada. Por la noche oía la respiración de Carmen. Y no es que hubiese una declaración formal, pero a través de la pared comencé a hablarle de mis sentimientos. Y una noche, el policía maño, animal, me dice: “¿Tú te has acostado con Carmen? – Ni me he acostado con ella, ni se me ha pasado por la imaginación, ni seguro que por la de ella tampoco. – ¡Pues estás muy equivocado! Ella te quiere a ti, pero vas a ir al penal de Burgos y...”. Dijo una grosería. Pero en aquella comisaría nos hicimos novios.

Después de un mes, como no sacaron a relucir nada, consideraron que Blas y yo éramos unos elementos secundarios y nos llevaron a la prisión de Larrínaga. El proceso lo llevaba el Juzgado nº1 y nuestro abogado, Belandia, no veía forma de sacar menos de veinte años de cárcel. Pero en la celda de los políticos nos hicimos amigos de un dirigente del PNV, Larredonda, un industrial. Y nos puso en contacto con su abogado, Zubizarreta, que nos dijo: “Tenéis suerte. El juez es de nuestro partido y dice poder lograr la libertad provisional antes de que esto pase al Tribunal de Guerra y no haya solución”. Le dimos una cantidad para agilizar los trámites y en la víspera de las Navidades del 47 llegaron el secretario del juzgado, Fernández, y Zubizarreta con nuestra libertad provisional.

Cuando salí de la cárcel, me escondí en casa de Carmen. El Partido decidió que el camarada Peña me sustituyese, lo que para mí fue un error. Su concepto de la clandestinidad era el de las películas de espías y comenzó a comprarse ropa cara y a fumar rubio. En febrero del 48 llegó un guía para llevarme a Francia. Fui con él hasta Barcelona y luego estuvimos seis días andando por la montaña, entre la nieve. Ya no podía más y le dije que siguiese él, que yo allí me quedaba. Lo que me dijo lo recordaré siempre: “Mira, mi misión es llevarte a Francia. O llegamos los dos o nos quedamos aquí los dos”. No sé de donde saqué las fuerzas, pero seguí andando hasta Perpiñán. Ya en París les di el informe a Julián Grimau y Pepe Barcenas. Meses después me encontré con Carrillo y casi no le reconocí porque llevaba tal bigotón que parecía que tenía una alpargata pegada en la cara. Aclaramos algunas cosas que habían pasado en Euskadi. Semanas después apareció Clemente Ruiz. Toda la organización en Euskadi había caído. O Peña o Gual habían hablado, porque todo había caído de arriba a abajo. No había quedado casi nada y Clemente me pidió que volviese para intentar recomponerlo. Yo no me negué, pero Carmen, que también había escapado, me aseguró que si volvía, había terminado con ella. Así que le dije que no y me quedé en Francia.
Notas:
(1) Sede moscovita de la Internacional Comunista desde 1932.
(2) Algunos dirigentes del PC de Euzkadi presionaron a los mandos para que lo incluyesen en el grupo, pese a su falta de experiencia guerrillera, en funciones de agitación-propaganda.
(3) Julio Oria, seudónimo de Victorio Vicuña Ferrero (Lasarte 1913-2001) fue uno de los fundadores de la guerrilla española en Francia y a él se debe la voladura del primer tren alemán en territorio galo y múltiples acciones guerrilleras. Murió este verano sin que los medios de comunicación o las instituciones se hiciesen el menor eco de su vida de antifascista ejemplar. ¿Falta de memoria histórica o es que resulta necesario militar en el PNV o en el PSOE para figurar en una necrológica digna?
(4) En el Archivo Histórico del PCE se encuentra el informe de Gandía, en el que lanza graves acusaciones contra a varios de sus compañeros como coartada para justificar su voluntario retorno a Francia.
(5) El biógrafo de Franco, Brian Crozier, relata como oficiales del OSS americano entrenaron y pagaron a guerrilleros comunistas que desembarcaron posteriormente en Andalucía. Respecto a estos contactos, el señor Aparicio nos ha declarado que el apoyo del OSS procedía exclusivamente de oficiales españoles, francmasones y republicanos, que actuaban a título personal debido a sus convicciones antifranquistas.
(6) Sindicato del PNV.
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La “Reconquista de España” comienza en Navarra

La “Reconquista de España” comienza en Navarra (Artículo enviado por Mikel Rodríguez, y publicado en Historia 16, nº301, mayo 2001, p. 72-81.).

En el otoño de 1944 la Unión Nacional Española (UNE) – la organización de los exilados antifranquistas de predominio comunista - proclamó que había llegado la hora de reconquistar España. La invasión guerrillera que debía derribar a Franco se produjo por Navarra, Huesca y Lérida. La primera embestida se dio en Navarra. Los maquis fueron tomando posiciones cerca de la frontera. Desde la zona de Pau se trasladaron a las poblaciones de Sainte Engrace y Esterençuby. En total, más de ochocientos guerrilleros se concentraron en el área Olorón-Mauleon-Ustaritz.

Los guerrilleros eran de variada procedencia: Isidoro Granado, de Madrid; Domingo Abanades, Guadalajara; Roberto Gayarre, Navarra; Mariano Hidalgo, asturiano; Salvador Sangut, barcelonés; Félix García, Madrid; Miguel Sierra, de Cáceres; Juan Ferrer, Hospitalet; el leridano Manuel Rocha; Ramón Mayo, Biescas; el eibartarra Angel Loidi... Muchos maquis quedaron muertos e insepultos en los bosques y nunca sabremos sus nombres. Todavía ocho meses después de los combates se encontraron cadáveres.

La invasión se inició la noche del 3 al 4 de octubre, cuando pasaron los primeros guerrilleros, unos doscientos cincuenta hombres de la 54 Brigada. Partieron de Esterençubi y cruzaron la frontera por Roncesvalles. El primer combate se produjo el día 4 contra un destacamento de la Policía Armada en Izalzu. Murieron dos policías y el guardia civil que les servía de guía. Los maquis además capturaron a un sargento y a un número. Tras esta escaramuza y debido a la presencia de numerosas fuerzas enemigas, el grupo se dividió en dos partidas. Una, tras llegar hasta Abaurrea Alta, tuvo que retroceder y repasó la frontera el día 8, liberando al sargento en Francia. La otra entabló un combate el mismo día 4 en Vidangoz, en la zona del monte San Fernando, contra una compañía del batallón América reforzada por dos secciones de la Policía Armada. Murieron seis maquis y doce fueron capturados. Por parte gubernamental cayeron el teniente Ramón Benito Alonso, dos cabos y dos soldados. La lucha fue muy dura, llegándose al cuerpo a cuerpo. Este grupo posteriormente tuvo otro encuentro en la borda Zalba contra tropas de infantería. Murieron dos soldados y cinco guerrilleros, mientras un oficial resultaba herido de gravedad. Se hicieron 30 prisioneros. En Navascués se produjo la única verdadera batalla de la campaña, con uso de morteros y ametralladoras pesadas, pero los guerrilleros lograron romper el contacto. El destacamento, muy debilitado y sin municiones, se fraccionó y retornó a Francia sin más bajas, salvo algún guerrillero que se entregó en el puesto de la Guardia Civil de Burguete.

El día 6 se produjo un combate contra el Ejército en Ainzioa, en el valle del Erro, a resultas del cual el destacamento de cuarenta maquis se dispersó y retomó la frontera. Dos días después, ante el complicado cariz que tomaban los acontecimientos, se trasladó al batallón Legazpi XXIII desde San Sebastián. Las órdenes proporcionadas a su mando establecían que la unidad debía limpiar de enemigos la zona de Aoiz e Irurzun. El día 9 el batallón tuvo su bautismo de fuego junto a otras unidades en Arostegi, cerca del paso de Dos Hermanas. Sufrieron tres muertos y varios heridos, entre ellos un teniente y un capitán. Uno de los fallecidos era el alférez de complemento bilbaíno Miguel de la Mano, herido gravemente en la acción y que murió al día siguiente. Era el primer mártir de la milicia universitaria y como tal se expuso durante años un cuadro suyo en la sala de banderas del regimiento Sicilia. En el mismo enfrentamiento murieron los soldados Julián Orbegozo e Isidro Angulo.

Ese día una partida de ocho guerrilleros entró en Abaurrea Alta y obligaron al alcalde a que les acompañase al puesto de la Guardia Civil. Allí le hicieron llamar al portón. Cuando le abrieron, dispararon al interior, matando a un número e hiriendo a tres. Tras este ataque el grupo se dispersó. La Guardia Civil del pueblo capturó dos maquis de la partida el mismo día y varios más las jornadas siguientes, entre ellos algunas mujeres. El 9, dos guerrilleros fueron detenidos cuando intentaban atacar el puesto de la Guardia Civil en Olagüe, a sólo 20 kilómetros de Pamplona. Fueron los maquis apresados más al sur.

Respecto al crecido número de prisioneros, el testimonio de un oficial de infantería aclara en parte la cuestión: Íbamos patrullando a pie cuando, de repente, apareció un grupo de maquis. Nos podían haber emboscado y acabado con todos nosotros, porque nos habían sorprendido totalmente. Pero venían a entregarse. Los llevé yo personalmente hasta Pamplona. Me dijeron que habían estado escondidos varios días esperando que pasasen soldados, porque no querían entregarse a la Guardia Civil o a la Policía. Habían entrado en España convencidos de que no tendrían que luchar, que la guerra había terminado con su victoria sobre los alemanes y que les iban a recibir como a libertadores. Y al darse cuenta de la realidad, decidieron entregarse. Una cosa que les sorprendió también fue que las tiendas estuvieran abiertas y que existiesen productos para vender, pues venían con la idea de que España estaba hecha un caos y que no había ni comercio ni mercancías. La verdad es que hicieron bien en entregarse a nosotros, porque los cogíamos y nos limitábamos a llevarlos en camión hasta Pamplona y entregarlos en la cárcel. Pero la Policía y la Guardia Civil antes de encerrarlos los interrogaban. Así que, cuando menos, les daban “un buen repaso” antes de llevarlos a prisión.

La invasión dejó patente la escasa preparación del Ejército para la lucha antiguerrillera. La mayor parte de la guarnición fronteriza estaba compuesta por antiguos republicanos y por soldados de remplazo, simples quintos que intentaban inútilmente pasar la mili sin excesivas complicaciones. Un quinto guipuzcoano al que tocó hacer el servicio en estas difíciles circunstancias nos lo recuerda: Yo estaba en el valle de Baztán. Había tiroteos casi todas las noches, porque había muchos nervios. Disparábamos al ganado y a todo lo que se movía. En las unidades estábamos mezclados quintos normales, que estábamos mejor, pero también había muchos republicanos que ya estaban aburridos de la vida. Habían hecho la guerra, luego estuvieron en la cárcel varios años, luego los llevaron a los batallones disciplinarios y luego ¡a volver a hacer tres años de servicio militar! Éstos ya nos decían: “Nos da lo mismo pegar un tiro a nuestros oficiales que a los que vengan de Francia”. En esas condiciones, comprenderás que mili pasamos. Los nervios y la bisoñez de la tropa a veces producían situaciones surrealistas, como en Vertiz, donde una sección de infantería se apeó del tren al localizar una partida de maquis, combatiendo toda una noche ¡contra una piara de jabalíes!

El 18, tres maquis fueron capturados por soldados del América XIX en el puerto de Velate. Al día siguiente se produjo el principal esfuerzo guerrillero, la invasión del valle de Arán, en Huesca. Esto provocó la reactivación de las entradas por la frontera navarra. La 522ª Brigada, doscientos guerrilleros mandados por el comandante Couto atravesaron la frontera por el Roncal, en dirección al pueblo de Sádaba y con destino final en el Maeztrazgo. Los días 20 y 21, procedentes de Saint Engrace, 400 guerrilleros de la 153ª Brigada entraron por el portillo de Arrakogoiti, en el Roncal. Se dirigieron hacia Garde, desde donde esperaban pasar a Huesca y enlazar con la invasión de Arán. Perseguidos muy de cerca por las fuerzas gubernamentales, enseguida se fraccionaron, llegando partidas sueltas a Lecumberri, Lesaca y Aralar o siguiendo hacia Aragón. Un oficial de la Agrupación Cenetista de la UNE, Chispita, recuerda esta incursión: Cuando entramos en España éramos un centenar de hombres. Casi todos veteranos de la guerrilla francesa. Por eso quizá tuvimos menos reveses que otros grupos. Sostuvimos varios combates apenas pisamos territorio español. Casi siempre con la Guardia Civil. Se notaba que eran excombatientes de la guerra civil por su forma de actuar en la montaña y por su valentía (...) Los enfrentamientos más violentos nada más entrar los tuvimos en la Sierra de Uztarroz. Luego nos disgregamos en tres grupos. Yo tomé el mando de uno de ellos. Tuvimos pocas bajas porque, como ya te dije, nuestros hombres eran guerrilleros muy fogueados. Pero la resistencia encontrada hizo retroceder a Francia a más de la mitad. Cuando algunos dijimos que se tenía que penetrar hacia el interior, en busca de guerrillas locales, no faltó quien puso en duda su existencia, alegando que eso formaba parte del engaño general. Pienso que si hubiésemos tenido mejor información sobre esas partidas guerrilleras la mayor parte de los grupos que regresaron a Francia posiblemente no lo hubieran hecho (...) Bajamos hasta la Sierra de Santo Domingo, pasando por Navascués y Urriés (1). Este grupo llegó al Maeztrazgo a finales de octubre.

Victorio Sarriés, entonces sólo un niño, iba irse a la cama en Iza, en el valle de Salazar, cuando sonaron golpes en la puerta. La casa no tenía luz eléctrica y costaba atisbar algo. Eran dos hombres armados con fusiles y granadas. Le preguntaron por su padre y entonces éste apareció con unos carboneros que vivían en la casa. Los guerrilleros estaban tan asustados como ellos y sólo querían algo para comer. Les dieron lo que pudieron pero, como todavía no habían hecho la matanza, sólo había pan y nueces. Estuvieron un rato hablando, dieron las gracias y se fueron. Pero un vecino ya les había denunciado. El Ejército cercó la casa y con las primeras luces se decidieron a entrar. Los soldados estaban nerviosos y querían registrar las habitaciones. En ese momento asomó un ermitaño, Fernando, que vivía enfrente. Los soldados le dispararon y la bala rozó su cuello antes de incrustarse en la pared. Llevaron a toda la familia a declarar y luego los dejaron en libertad. A los guerrilleros los detuvieron días después en Zerrenkenos.

Enric Carreras, miembro de la 522ª Brigada, entró por el Roncal con catorce compañeros: Aunque en algún momento encontramos gente que nos ayuda, son muchos los que acuden a denunciarnos (2) Otro grupo de esta Brigada llegó hasta Aralar, donde sostuvo un duro enfrentamiento con la Guardia Civil. Al final, 17 se entregaron. En un combate en Lesaka con otro destacamento de 60 guerrilleros que intentaba regresar a Francia murió un guardia civil y el policía armada Quintín Cuesta. El día 22, doce guerrilleros fueron detenidos en el Baztán.

Por esas mismas fechas comenzó a infiltrarse en pequeños grupos la 10ª Brigada. Victorio Vicuña era su comandante: Respecto a la invasión, nosotros tuvimos una gran dosis de subjetivismo. Pensábamos que el final de la guerra mundial era el final de Franco. Creíamos que si invadíamos España y creábamos una cabeza de puente seríamos ayudados por los Aliados. Creíamos que si creábamos una situación de conflicto directo, los Aliados no tendrían más remedio que intervenir, devolviéndonos los esfuerzos que habíamos hecho por ellos. Y que la entrada de una o dos divisiones americanas provocaría que los militares abandonasen a Franco. Esa fue nuestra equivocación. Fuimos incautos políticamente. Se intentaba cubrir con voluntad las deficiencias En ese período queríamos crear una presión para que las tropas aliadas entrasen detrás de nosotros. No era una forma de pensar políticamente equivocada hasta unos meses antes, pero teníamos ya los inicios de la Guerra Fría. Un gran error político. Monzón y la Dirección se equivocaron, pero tuvieron espíritu de lucha.

Yo estaba un poco mosqueado, porque veía que esto no iba a acabar bien. Llevaba bastante tiempo en esto para conocer la importancia de la información y, como no tenía casi guías del país, todas las noches mandaba patrullas de información con prismáticos y telescopios cogidos a los alemanes, que atravesaban la frontera, se quedaban un día escondidas y volvían la noche siguiente con una información veraz. Por ejemplo, me decían qué movimientos de tropas habían visto, en qué lugares y cuántos toques de trompeta habían escuchado. Cada toque indicaba la posición de un destacamento militar. Y había un montón. Pero los boletines de la Agrupación decían todo lo contrario, que no había fuerzas en la frontera. Nuestra propaganda magnificaba todo: si tres obreros se quejaban, hablaban de huelga. Si aparecían unas pintadas, que un barrio se había levantado. Las informaciones de la Agrupación Guerrillera parecían muy completas. Constaba el nombre de todos los pueblos, con las fuerzas del orden y los destacamentos de ejército acantonados en ellas. Según esos informes, la frontera estaba casi desguarnecida.

A principios de octubre de 1944 iniciamos la campaña del Bidasoa. Se habían establecido dos sectores: uno, en el Pirineo catalán y Aragón, donde debían entrar por Jaca. Otro, desde Olorón-Santa María hasta el Atlántico. Mi brigada, la 10, estaba la más cercana al mar, en Cambó. Mis órdenes, concretamente, eran introducir toda la brigada al unísono, utilizando todos los hombres disponibles. Mis órdenes eran “presentarse en España con todas las fuerzas posibles”. Yo ya advertí a mis jefes, Luis Fernández y Modesto Vallador que iba a meter seis destacamentos de 60 guerrilleros progresivamente y que yo pasaría con el tercero cuando conociese la situación. Y que tampoco utilizaría algunos hombres, como la Brigada Vasca, que estaban faltos de preparación y porque a su jefe, Ordoki le veía muy reticente e inseguro. Los nacionalistas, algunos republicanos y los “Llopis” no estaban de acuerdo con la operación y habían minado los deseos de luchar.

Nuestro objetivo era, desde el punto de vista de la estrategia, el mismo que el de Arán. Aunque en Arán la penetración era más fácil, al ser un sector más montañoso. Teníamos que establecer una cabeza de puente, tras lo cual se levantaría el pueblo español y los ejércitos aliados, ante este hecho consumado, nos ayudarían y derribarían a Franco. Esa era la idea central, más que objetivos concretos de “¿hacia dónde vamos?” o “¡hay que tomar tal pueblo!”. Nuestra orden concreta era: “Evitando las ciudades y los pueblos, cruzar el Bidasoa y establecer bases en las zonas montañosas de Guipúzcoa y de Vizcaya. Si no hay una caída inmediata de Franco, intentar llegar a Santander”.

Empezó la operación y entramos por la zona de Sara. La primera noche pasaron dos grupos, la segunda, uno. Entraban de noche y con la orden de intentar evitar el combate porque no tenían munición más que para cinco minutos de fuego. Había metido estos tres grupos, alrededor de 180 hombres e iba a pasar yo mismo cuando el tercer día llegó la orden de suspender la operación. Los grupos, hasta cruzar el Bidasoa, no encontraron la menor resistencia, sólo alguna patrulla aislada. Las tropas del Ejército, Falange y requetés se habían concentrado al otro lado del río. Todos los que pasaron el Bidasoa no volvieron más. De los que no pasaron, pues algunos lograron salvarse.

En proporción, tuvimos más bajas que en la operación del valle de Arán. Sólo por pasar el río, que había llovido mucho y había crecido, se ahogaron catorce o quince guerrilleros. En total parece que la brigada tuvo medio centenar de desaparecidos. ¿Fueron detenidos y ejecutados de forma sumaria, desertaron o lograron llegar a bases guerrilleras en otras provincias? Lo único comprobado es que de muchos nunca más se supo.

Uno de los integrantes de aquella brigada era José Vicente Arizaga, veterano de los campos de concentración franceses y de la Resistencia: Yo había pasado a Francia desde Cataluña cuando la derrota, con 14 años. Así que aquella era mi vuelta a España. Mi experiencia en el interior fue muy corta, se trató de muy pocos días. Entré con un grupo de cincuenta y dos hombres del primer batallón de la 10ª Brigada. Antes de entrar en España le cambiaron el nombre a la unidad para despistar y pasamos a ser la 227ª Brigada. Salimos de Salies de Bearn en camiones y cruzamos la frontera por la zona del monte La Rhune. Íbamos ya con la estructura de hacer un futuro ejército: un teniente para cada cinco soldados, que luego sería el oficial de los futuros guerrilleros. Para reír. Ya durante la ocupación en Francia hubo batallones que se componían de 8 hombres. Así que cuando se lee: “Tal operación fue ejecutada por el batallón X”, a lo mejor estamos hablando de una operación en que participaron cuatro personas. Antes había pasado otro batallón por lo menos, porque me habían dado instrucciones de que no dejásemos papeles, ni colillas, ni nada. Y encontramos una lata de conservas de sardinas de los que pasaron antes y la tuvimos que enterrar. Llevábamos cinco fusiles ametralladores ingleses Bren y uno alemán. Llevábamos armas ligeras, pero bastante más que lo que teníamos enfrente. El armamento era diverso: unos fusiles canadienses de la Guerra del 14 muy pesados y poco precisos, que no gustaban a los hombres aunque tenían cargadores muy grandes, de diez balas; mausers; dos variantes de Sten, con culatas deferentes; bombas de mano de piña y yo llevaba 30 kilogramos de trilita. Pero traíamos muy poca comida, latas de sardinas que habíamos cogido de un tren que la Brigada voló cerca de Olorón, con conservas y botas de media caña españolas para los alemanes. Los cargadores de los fusiles ametralladores se habían distribuidos entre todos. Yo llevaba dos cargadores y algunas balas sueltas, que servían tanto para el mauser como para el Bren.

Llevábamos las mejores armas, porque en la 10ª Brigada teníamos también la skoda, que era el mauser hecho en Checoslovaquia; bombas de mano italianas de dos clases, que parecían cantimploras y que nadie las quería; bombas de palo alemanas que tampoco quería nadie, aunque supongo que serían útiles porque los alemanes eran unos artistas a la hora de hacer la guerra; un par de “naranjeros” españoles; pistolas hechas en Eibar y subfusiles rusos de tambor, que parecían el arma de los gansters...

Íbamos muy despacio y cuando se hizo de día aún estábamos frente a La Rhune. Con los anteojos veía el pueblo de Vera del Bidasoa. Pero desde La Rhune probablemente nos estaban vigilando, porque sabían que veníamos. Alguien nos vio y enseguida se chivó. Algún pastor. Yo únicamente vi a cinco soldados de patrulla, con el fusil de revés sobre el hombro y avisé a los demás para que se escondiesen. Ordenaron no disparar. Perdimos el enlace, el río Bidasoa estaba crecido, un par de días sin saber qué hacer. Y, cuando estábamos en un barranco, nos cogieron allí. Empezaron a dispararnos, fueron poco precisos, no sé si tenían más miedo que nosotros. La verdad es que en el combate nos hicieron menos daño del que pudieron. En aquel momento o después murió el comisario del batallón, José Silva. Tuvimos un par de muertos y nos ordenaron “¡Tomad la loma!”. Salimos escapados intentando coger altura. Ahí me vi bastante apurado, pero parecía que no nos querían tirar, porque pasé por una zona despejada y cuando llegué arriba es cuando nos empezaron a tirar. Total, que nos reagrupamos y tuvimos una reunión con los mandos sobre qué hacer. Y decidimos volver. El comisario de la otra compañía, para quedar bien, dijo que seguía “para adelante” y desapareció y no lo vimos más. Pero es que éste sabía lo que había después, una especie de tribunal juzgaba a los que se retiraban sin órdenes. Y pasamos a Francia, a Sara. Creyendo que estábamos a salvo, matamos dos corderos y nos pusimos a comer. Estábamos en dos bordas y en un momento dado atacaron la otra borda, a 100 metros y allí mataron al comandante, Cabero, cuando abastecía el fusil ametrallador y a otros compañeros más. Intentamos reaccionar, pero ninguno de los Bren funcionó - yo creo que algún agente los había estropeado - y no podíamos responder al fuego de los franquistas. Con el jaleo llegaron en camiones los franceses del Cuerpo Franco Pommiés, que no eran comunistas pero nos tenían mucho aprecio, porque habían luchado contra los alemanes. Y formaron frente a los franquistas, que se largaron. Cuando llegué a la base, en Salies, los compañeros me abrazaban porque les habían dicho que habían matado a un comisario y pensaban que era yo. En total tuvimos 8 muertos de 52. De las fuerzas franquistas se pasaron bastantes, quintos y suboficiales del ejército e incluso algunos policías.

Jacinto Ochoa, fugado del penal de San Cristóbal, recuerda aquellos días: Estuvimos en Ustaritz unos días, nos montamos en unos camiones, fuimos hasta muy cerca de la frontera y después de allí, cargados con los macutos y las cosas que teníamos, munición y armas, aquella misma noche cruzamos la muga. Llevábamos rifles americanos y buenos debían ser aquellos cachorros, tenían un cargador bastante majo, no sé cuantas balas metí en la cámara, y después metralletas de esas que se fabricaban en Estados Unidos. Se arrojaban para el maquis. Era una cosa muy rudimentaria, no tenían más que un tubo y un cargador grande de 30 tiros. Y claro, aquello para actos de sorpresa debía ser muy bueno, porque no pesaba nada y podías desplazarte. Nosotros seríamos unos 50. Nuestro objetivo era internarnos y crear guerrillas y ya después tomar la iniciativa cada uno, pero no había sitio concreto donde ir, donde nuestra marcha terminara (3).

En los combates desarrollados en Ventas de Igantzi, el día 23, murieron cinco guerrilleros. Uno de estos guerrilleros falleció al caer al canal. El agua lo arrastró hasta una presa cercana, de donde los militares extrajeron el cadáver. Otro cayó abatido al intentar cruzar el río por el puente de minas. Lo enterraron en el bosque poniéndole una anónima cruz de madera. Los otros tres maquis murieron en combate en el caserío Landanetxe.

El 25 se produjo un fuerte enfrentamiento en Vidangoz, en el que perdieron la vida seis guerrilleros. Los combates comenzaron por la tarde y prosiguieron hasta la mañana siguiente. En un principio, las fuerzas del Ejército tuvieron que replegarse al pueblo debido a la presión de los guerrilleros. Posteriormente, la llegada de dos secciones de la Policía Armada y la falta de municiones obligó a los maquis a retirarse. Un teniente y cuatro soldados murieron, mientras que diez resultaron heridos. El 27, otra escaramuza con el regimiento Victoria en el Portillo de Ollate costó la vida a dos soldados y a cinco guerrilleros. En esta acción treinta maquis fueron capturados. Ese mismo día, una sección de cincuenta soldados cruzó la frontera cerca de Sara y registró el caserío Aniatarbe en busca de guerrilleros. El 28 Santiago Carrillo dio la orden de suspender las operaciones, lo que no produjo una inmediata suspensión de las incursiones y tampoco varió la situación de los que, desde el interior, intentaban desesperadamente regresar a Francia o alcanzar zonas libres de la masiva presencia franquista.

La última incursión se produjo el día 30, cuando trescientos guerrilleros entraron por Ventartea hacia el valle de Ulzama, siendo rechazados por tropas de infantería. Varios fueron capturados posteriormente en diversos puntos del Roncal por la Guardia Civil. El general Yagüe podía ya declarar, aliviado, que en las palomeras de Echalar se puede cazar y pueden estar bien tranquilos los pueblos fronterizos. El 31 de octubre la prensa anunciaba que el último rojo español ha rebasado de nuevo la frontera con Francia Las últimas detenciones, seis guerrilleros andaluces, se produjeron en el puesto de Ururozqui a primeros de noviembre.

Hoy es difícil conseguir testimonios de los paisanos críticos con la guerrilla La situación en 1944 desde luego no era la del 37, cuando los aldeanos salían a cazar a los fugados de San Cristóbal como si de conejos se tratase. Pero tampoco eran esa población indiferente o antifranquista que algunos autores se empeñan en presentar. Los también parciales testimonios recogidos hace cuarenta años presentaban un tono muy diferente del actual. Jesús Hermida recogió esta declaración en 1960: Ellos estaban en las alturas, y la fuerza venía por abajo. Los paisanos sacamos las escopetas de caza para defender el pueblo. No pasaron cerca, pero si pasan... No les quería nadie por aquí. Ellos decían que no nos matarían, que no tenían nada contra nosotros. Pero a nada bueno vendrían cuando venían así, armados con lo último. Durante las operaciones la infantería y la policía eran guiadas por civiles de la zona, buenos conocedores del terreno. Y el recuerdo de los guerrilleros supervivientes es que, pese a que los trataban bien y en algunos casos los sobornaron con paté francés requisado, muchos campesinos corrían a delatarlos. Aún a día de hoy, un anciano vecino de Vidangoz recuerda: Si los militares llegan a hacernos caso, los cogen a todos. Porque nosotros les avisamos donde podían emboscarlos, pero ellos prefirieron hacerlo a su modo y la mayoría de los maquis se les escaparon y siguieron adelante.

La documentación escrita también apunta en esta dirección. En los archivos del Gobierno Civil de Pamplona existían pliegos de descargo de contrabandistas con certificados de haber espiado a los maquis. Una notificación de la alcaldía de Uztarroz fechada el 4 de noviembre pide al Gobierno Civil las 250 pesetas prometidas a un vecino por delatar a los maquis. Un listado con la relación de los inmuebles particulares ocupados en Aoiz por la tropa del batallón Montejurra muestra que un tercio de los afectados no deseaba cobrar por ello. El 30 de mayo de 1945 el Régimen premió a los vencedores, imponiendo condecoraciones y entregando recompensas a dieciséis civiles que se habían distinguido en la represión de los sucesos de la frontera de nuestra provincia.

Conchi Anaut, desde su perspectiva de roja refleja aquella realidad: Y no se podía hacer nada para ayudarles, porque en el 36 aún hubo gentes que pudieron ayudar. Cuando los maquis era imposible porque los que éramos rojos estábamos todos fichados y entonces se estaban cortando cabezas a mansalva. Es difícil entenderlo de no haberlo vivido, es difícil entender la situación ahora. Nuestro miedo no lo entenderéis nunca, el miedo que teníamos era pavor. Los de derechas también tenían miedo pues, cuando se enteraron que los maquis estaban pasando, muchos se fueron a dormir a otras casas del miedo que tenían porque pensaban que venían a pedirles cuentas de lo que pasaba... Estos colaboraban con la Guardia Civil, era una manera de congraciarse con ellos. Veían a un maquis, que igual se acercaba a pedir auxilio o comida y enseguida a delatarlo (4).

En Navarra la lucha se desarrolló en la zona norte, ningún combate se produjo por debajo de los 42º 45´. Los enfrentamientos se entablaron principalmente en dos triángulos imaginarios delimitados por los vértices de Varcarlos–Belagua-Burgui y Bera–Aralar-Roncesvalles. La lucha se desarrolló con un tiempo pésimo. Nieve, niebla, frío y lluvia limitaron los movimientos del maquis, a quienes los franquistas, bien asesorados por paisanos, esperaban en vados, pasos y puentes. El hambre – sólo llevaban víveres para tres días -, la falta de recursos y de información, la fría – si no hostil – acogida de la población y la superioridad numérica del enemigo condenaron la invasión. En un mes, el Ejército tuvo diecisiete muertos, tres la Policía Armada y tres la Guardia Civil. Los heridos fueron mucho más numerosos y los prisioneros, dos. Las deserciones de la tropa fueron abundantes, pero no hemos logrado localizar ningún dato oficial al respecto. Se desconocen las bajas exactas de los guerrilleros, pero los muertos pasaron de cincuenta y los capturados, del centenar.

Notas:
1. PONS PRADES, E.: Guerrillas españolas 1036-60, pág. 59.
2. ARASA, Daniel: Años 40: los maquis y el PCE, pág. 216.
3. CHUECA INTXUSTA, J. P.: La guerrilla en Navarra en “La Guerrilla en España”, pág. 108-10.
4. CHUECA INTXUSTA, J. P., op. cit., pág. 109.
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Santiago Carrillo y el movimiento guerrillero en los años 40

A propósito del papel jugado por Santiago Carrillo en la operación "Reconquista de España" de octubre de 1944, se ha dicho que Carrillo vino al valle de Arán con la misión de imponer los acuerdos de Yalta a los resistentes españoles en Francia. El episodio, prólogo de la purga de Jesús Monzón y del asesinato de Gabriel León Trilla, ha sido glosado en otras ocasiones. Hay otro caso menos conocido, pero inserto en la misma línea:

Mediado el verano de 1944 llegaba a Casablanca, procedente de Montevideo y con escala en Lisboa, un misterioso personaje llamado Hipólito Gómez de Asís, hijo de un acaudalado industrial conservero uruguayo, marchado a Europa para estudiar las empresas del ramo a fin de establecer una factoría de ese tipo en el Río de la Plata. Durante su estancia en tierras lusas, había sido agasajado por el embajador de la República Oriental y por el Ministro de Marina portugués, que le acompañaron en su periplo por las principales instalaciones conserveras de Lisboa y Setúbal. Se prodigaron en su honor los banquetes y los bindis a la salud de los lazos de amistad luso-uruguaya. En su trato mundano, el caballero López de Asís, soltero, rico, y poseedor de un pasaporte americano, se convirtió en el partido ideal para varias señoritas de familias centroeuropeas en declive, arrumbadas a Portugal por efecto de la guerra en el continente.

Mas don Hipólito no había cruzado el océano Atlántico para aventuras galantes, ni siquiera para la continuación de ese estudio de mercado que constituía el pretexto de su tránsito hacia el norte de África. Hipólito Gómez de Asís había desaparecido siendo niño, y su identidad fue usurpada y reelaborada a medida para ocultar a Santiago Carrillo, a la sazón responsable de organización del PCE y teórico número tres del partido tras Pasionaria y Vicente Uribe. Carrillo llegaba de América para someter al partido a la férula de la dirección repartida entre México y la URSS; a un partido que, habiendo formado parte de la vanguardia combatiente contra el nazismo, corría el riesgo de caer en veleidades autónomas respecto al destino que para la Europa occidental tenía pactado Stalin con los anglonorteamericanos.

En noviembre de 1942, Jesús Hernández ya le había comentado a Dolores Ibárruri la necesidad de emplear a los militantes comunistas españoles residentes en el norte de África en la resistencia antinazi. Se trataba de ofrecerse a los aliados para llevar a cabo tareas de propaganda y trabajar en la industria de guerra para contribuir al esfuerzo por la victoria. En caso de entrada de Franco en la guerra al lado del Eje, Hernández -igual que otro comunista disidente, José del Barrio- apostaban por la formación de unidades militares específicamente españolas mandadas por oficiales españoles para luchar junto a las tropas aliadas. A este fin, Hernández recomendó a Ibárruri el envío a Argelia de un grupo de cuadros y militares del grupo que se encontraba inactivo en la URSS. Debió hacerse a regañadientes -porque Pasionaria era de la opinión que ofrecerse voluntario para abandonar la URSS era sospechoso de antisovietismo-, pero lo cierto es que en 1944 se encontraban en Orán Mariano Lucio y Nemesio Pozuelo, que habían recibido instrucción en unidades guerrilleras soviéticas.

Carrillo narra que a su llegada se encontró con que la dirección establecida en aquel puerto argelino permitía que “una treintena de cuadros del partido [estuviesen] pasando un curso de técnicas ilegales –de espionaje prácticamente- en una escuela de los servicios norteamericanos y nuestros responsables allí mantenían una fluida relación con los jefes de dichos servicios. Éstos, por otra parte, suministraban intendencia a los nuestros. Me enteré en la primera reunión que un grupo de camaradas que recibiera ya ese entrenamiento había sido desembarcado en España y caído en manos de las fuerzas franquistas”.

Con el pretexto de que Dimitrov había ordenado no suministrar datos sensibles sobre militantes comunistas a los servicios de inteligencia occidentales, Carrillo procedió a destituir a Lucio y Pozuelo, a los que, en el argot estalinista "envió a trabajar a la base". El procedimiento, en palabras del propio Carrillo, fue impecable: "Como el centralismo democrático era entonces un principio incontrovertible y yo era allí el dirigente más elevado, destituí a Lucio y a Pozuelo y formé un nuevo grupo dirigente (…) Limpio el terreno, rota toda relación con dichos servicios, nos pusimos a trabajar”.

El "delito" de Pozuelo y Lucio fue negarse a aplicar la directriz de cortar con los americanos amparándose en que el Buró Pólítico del partido desconocía la situación en África del Norte, “que ellos, por estar sobre el terreno, dominaban". El viejo y recurrente conflicto entre el interior y el exilio, entre los cuadros de primera línea y la dirección distante pero poseedora de los resortes de coacción y legitimación de la línea política, iba a ser una constante en la carrera de don Santiago. Dominada la organización en la orilla sur del Mediterráneo, Carrillo volaría a Toulouse para someter a la del otro lado de los Pirineos. Don Santiago podía sentirse orgulloso: había aplicado las directrices a la perfección. La tenaza sobre la Península Ibérica quedaba en suspenso; Stalin y Churchill podían descansar tranquilos; Franco, sin saberlo, también.

Carboneros, leñadores y maquis: Los guerrilleros españoles en Francia (1939-1950).

1. Los chantiers de preguerra y Vichy: Solidaridad y conscripción (1939-1941).

Tras la caída de Cataluña, en enero de 1939, miles de combatientes españoles fueron internados en los campos de concentración del sur de Francia. Durante los meses de la primavera y el verano, y ante los problemas derivados de la saturación de las instalaciones, las autoridades francesas ofrecieron a los internos la posibilidad de salir de ellas para emplearse como jornaleros en las explotaciones agrícolas vecinas .
Tras la ruptura de hostilidades entre Francia y la Alemania nazi, en septiembre de 1939, la administración gala instó a los extranjeros útiles para las armas a integrarse en los Batallones de Marcha de Voluntarios o en la Legión Extranjera. Los hombres de edades comprendidas entre los 20 y los 48 años que no contrajeron voluntariamente un compromiso militar se convirtieron en “prestatarios extranjeros”, obligados a contribuir a la defensa de Francia en los recién creados Cuerpos de Trabajadores Extranjeros (CTE), en actividades agrícolas o industriales a criterio del Ministerio de Trabajo, o en tareas de fortificación de la “línea Maginot”. Según Sixto Agudo, de los 380.000 españoles que se encontraban en tierra francesa cuando estalló la guerra, unos 55.000 fueron enviados a las CTE, agregados a las unidades de Ingenieros Militares, grandes obras públicas e industrias de guerra, y unos 6.000 se enrolaron en los Batallones de Marcha y la Legión, unos de forma voluntaria, y otros, forzados .
Los trabajadores asignados a las CTE tenían estipulado un salario de 0,50 francos diarios y unas condiciones laborales reguladas por el Ministerio de Trabajo, pero no siempre se cumplía la reglamentación al respecto. Una veces, porque los contingentes eran considerados “comandos de trabajo” bajo vigilancia, en aplicación de la legislación vigente sobre “extranjeros indeseables”, como ocurría, según relata Victorio Vicuña, con los trabajadores recluidos en el campo de Vernet ; otras, porque los empresarios imponían sus propias condiciones .
Entre los destinos a los que fueron adscritos los refugiados españoles destacaron los chantiers, lugares donde se llevaban a cabo obras de construcción, demolición o minería, y que abarcaban actividades que iban desde la tala de bosques para la venta de madera y la fabricación de carbón vegetal hasta la construcción de pequeñas centrales hidroeléctricas, pasando por la explotación de canteras.
Hubo chantiers que fueron creados por militantes o simpatizantes del Partido Comunista Francés (PCF) para prestar acogida a sus camaradas españoles y, en algunos casos, para contribuir solidariamente a la financiación de las actividades del Partido Comunista de España (PCE): En Manjou, en el departamento de Aude, funcionó una explotación cuyo titular, el doctor Delteil, pagaba de su bolsillo los salarios de los españoles empleados, a los que cedió el producto de la venta de todo el carbón que pudieran fabricar a fin de que lo destinaran al sostenimiento del aparato del PCE y, posteriormente, del XIV Cuerpo de guerrilleros. En Varilhes (Ariége), un propietario de bosques llamado Benazet cedió a los españoles el uso de una pequeña explotación y de un garaje. En otros casos, ciudadanos franceses, como un tal Valisou, aceptaron figurar nominalmente como titulares de explotaciones que, en realidad, pertenecían a comunistas españoles . Estos fueron haciéndose progresivamente con el control de un mayor número de enclaves, cuyos réditos se destinaban, en su mayoría, al sostenimiento de los gastos del partido. Los chantiers fueron adquiridos en unos casos con la reinversión de los beneficios obtenidos en los ya existentes, y en otros mediante el producto de operaciones –eufemísticamente denominadas “recuperaciones”- como la que Tovar relata en sus memorias:

“Un día nos informan que los contrabandistas van a hacer un pasaje con bastante tabaco desde Andorra, en ese momento el tabaco costaba caro, como conocíamos el itinerario preparamos una recuperación. Nos emboscamos y cuando los vimos cargados con mulos, en un sitio que no les quedaba más remedio que recular, tiramos algunos disparos con los fusiles, echaron la carga por tierra y pies para qué te quiero. La venta de este tabaco nos produjo mucho dinero, y creo que Vallador [sic] pagó el chantier de Prayols con este dinero, este lugar nos era de gran utilidad, pues era uno de nuestros pasajes para ir a España” .

Otros chantiers, como los gestionados por el ingeniero George Thomas, servían de refugio estacional –una vez iniciada la ocupación- para los refugiados sobre los que recaían sospechas o para los amenazados de deportación. Estos chantiers, abiertos en septiembre de 1940, se repartían entre Saint Nicoulau, cerca de Foix ; la Peyregade, en Montferrier –ambos en el departamento de Ariège- ; y Mont Fourcat y Saint-Hilaire –en el departamento de Aude-. En invierno, el equipo de la Peyregade bajaba a Saint-Hilaire, y en primavera, los carboneros de Saint-Hilaire retornaban a Ariège, movimientos estacionales que resultaban útiles para obstaculizar las pesquisas policiales.
Sin embargo, no faltaban los chantiers explotados por oportunistas que veían en el aprovechamiento de una mano de obra que no podía revelar su estancia ilegal la oportunidad para la obtención de elevados beneficios. A cambio de esconder a los refugiados españoles, los satisfechos propietarios obtenían una sustancial plusvalía de la producción aportada por los trabajadores realmente existentes, cuyo número superaba sustancialmente al de operarios legalmente registrados:

“Existían otros también que, sin ser comunistas, nos dejaban hacer carbón, estaban encantados, pues declaraban tres obreros, y tenían el producto de diez o doce que teníamos allí escondidos, todos estábamos convertidos en leñadores” .

Por último, existieron chantiers de reclutamiento obligatorio, surgidos tras la instauración por el gobierno colaboracionista de Vichy de los Grupos de Trabajadores Extranjeros (GTE) en octubre de 1940. Obligado a entregar a Alemania buena parte de su producción industrial y agrícola para alimentar la máquina de guerra germana, el gobierno de la “zona libre” intentó paliar la falta de mano de obra -los prisioneros franceses continuaban aún cautivos- con la movilización de todos los extranjeros entre 18 y 55 años, y su adscripción a los GTE. Los trabajadores encuadrados mediante este sistema de conscripción eran entregados a las empresas que los precisaban o enviados a las fábricas alemanas y, a diferencia de los pertenecientes a las Compañías del periodo anterior a la rendición, no percibían retribución alguna. Muchos fueron destinados a la construcción del “Muro del Atlántico”, en las costas de Normandía; otros hubieron de trabajar en las bases de submarinos próximas a Burdeos o en el campo de aviación de La Rochelle, bajos los continuos bombardeos de la Royal Air Force (RAF) británica. Decenas de miles, por último, fueron remitidos a Alemania y, posteriormente, a Austria, donde un gran número dejaría sus vidas en los tristemente célebres campos de exterminio de Mauthausen, Gusen, Dachau, Buchenwald y Orianemburg
Los aún balbucientes grupos de la resistencia procuraron infiltrar a sus simpatizantes en las dependencias administrativas territoriales del los GTE, a fin de obtener información acerca de las necesidades de mano de obra de los alemanes y de sus movimientos para reclutarla –especialmente tras la instauración del Servicio de Trabajo Obligatorio (STO) en febrero de 1943-, dando aviso a los refugiados para que se pusieran a salvo:

“En San Juan de Verges, de donde dependíamos administrativamente, se encontraban las oficinas de un Grupo de Trabajadores Extranjeros, estaba empleado un camarada que se llamaba Aniceto Pérez, y nos facilitaba documentaciones, informándonos de todo aquello que nos interesaba, cuando los alemanes pedían obreros para ir a trabajar a Alemania podíamos evitar que los camaradas que se ocupaban de la organización fueran deportados” .

De todos los tipos de chantiers, los dedicados a la fabricación de carbón vegetal, que proliferaron en las regiones pirenaicas (en particular en Aude –Languedoc-Rosellón-, Ariége y Alto Garona –Midi Pyrénées), adquirieron una importancia significativa a medida que la escasez de hidrocarburos hizo aumentar la demanda de este combustible para los vehículos a gasógeno. El Estado Francés decidió enviar a ellos a una parte importante de los trabajadores extranjeros que aún esperaban destino en los campos de internamiento. Pero lo que las autoridades contemplaron como una oportunidad para rentabilizar y controlar al “número excesivo de extranjeros para la economía nacional” se convirtió, en virtud de la estructura dispersa y recóndita de los chantiers, en un factor crucial para el surgimiento y desarrollo de la actividad de los maquis. Los numerosos grupos de leñadores y carboneros, que en un principio resultaron excelentes refugios para los perseguidos por la Gestapo alemana y sus colaboradores de Vichy, acabaron por erigirse en la base de la organización armada contra los ocupantes nazis.

2. Los chantiers y la Resistencia (1941-1944).

Durante los primeros tiempos de la guerra mundial, los chantiers funcionaron fundamentalmente como refugio . Los activistas internados en los depósitos creados por las autoridades del nuevo Estado Francés para albergar a los miembros dispersos de las compañías de trabajo difundían la consigna de solicitar “trabajos de bosque” para evitar la entrega a la policía franquista o eludir el envío a las obras de fortificación o a las factorías y campos de Alemania . Los comunistas, tanto franceses como españoles, se encontraban en la clandestinidad, pero aún se abstenían de participar activamente en la resistencia en virtud del seguimiento del pacto germano-soviético. Sin embargo, el hostigamiento al que fueron sometidos tanto por los alemanes como por la administración colaboracionista francesa llevó a los leñadores y carboneros a albergar a perseguidos por la Gestapo o por la policía de Petain, a los que ayudaban a pasar a España para que, desde allí, alcanzaran Londres . Los refugiados comunistas españoles, acostumbrados a la militancia en condiciones de ilegalidad y fogueados por la experiencia de la guerra de España, fueron pioneros en activar las redes de solidaridad que ya habían entretejido desde la época de su internamiento en los campos del sudoeste francés. Es en este periodo cuando se dieron los primeros pasos desde la improvisación y las acciones aisladas a formas de resistencia que implicaban el surgimiento de un cierto nivel de organización . En concreto, se crearon tanto el aparato de pasos, denominado “de cara a España”, como el de falsificación de documentos . Los carboneros también se dedicaron a ocultar armas y explosivos de los que los aliados lanzaban en paracaídas sobre el territorio ocupado. Las armas iban destinadas, en principio, a la Armée Sécrete (AS) que obedecía órdenes de De Gaulle. Los militantes de la AS se ocupaban de ocultarlas hasta que pudiesen ser empleadas en apoyo de los aliados. Cuando los comunistas, tras la invasión alemana de la URSS en junio de 1941, se implicaron en los combates contra la ocupación, se originaron enfrentamientos entre la AS y los maquis españoles, que “recuperaron” algunas partidas con la intención de emplearlas de inmediato:

“[En febrero de 1944] me traen información de que se va a efectuar un aterrizaje de armas y que es la AS la que va a recibirlo, y esconderlo como de costumbre. Esperando el día X. Nos informamos del día, hora y lugar, y preparamos la recuperación de esas armas que nos hacían mucha falta. Llegó el día esperado y bien escondidos, dejamos que cargaran el camión y empezamos a tirar tiros al aire, cogimos el camión y lo escondimos en el bosque” .

Entre las primitivas acciones de resistencia se encontraba la práctica del sabotaje. Muchos chantiers de los GTE se dedicaban casi en exclusiva a la producción de carbón vegetal para los vehículos alemanes, lo que motivó que grandes cantidades del combustible destinado a los gasógenos se entregasen húmedas y mezcladas con piedras. A Valledor, en concreto, los alemanes acabaron pagándole el carbón a mitad de precio, e incluso le amenazaron con la deportación, debido a la mala calidad del material que suministraba .
A medida que aumentaba la presión sobre los trabajadores extranjeros, los chantiers fueron llenándose de huidos y hubo problemas para mantenerlos. No resultaba fácil conseguir recursos para alimentar a una población laboral muy por encima de la legalmente declarada sin delatar su presencia, lo que dio lugar, en ocasiones, a episodios insólitos:

“La llegada de nuevos camaradas aumentaba y estábamos un poco justos, cuestión comida, teníamos hambre y decidimos comprar un cerdo. Estábamos en una casita y solo circulábamos de noche, para que los campesinos no nos vieran, por esta causa decidimos matar el cerdo por la noche. Vaya problema para matar al pobre cerdo, aquello fue peor que la inquisición, golpe de martillo por aquí, golpe de hacha por allí, cuchillazos por todos lados, a tal extremo que el animal lleno de sangre y enloquecido se nos escapa. Quince o veinte de nosotros detrás del cerdo, en plena noche, los campesinos que encienden las luces; en fin, una verdadera catástrofe. Al día siguiente se dio la orden de evacuar, por si a los campesinos se les ocurría comentar esta famosa noche y llegaba a malas orejas, vale más prevenir lo que pueda ocurrir” .

A finales de 1941 los refugiados comunistas españoles decidieron pasar a la resistencia armada. En agosto de ese año el Comité Central del PCE había lanzado el manifiesto de “Unión Nacional”. El objetivo, de cara al interior de España, era unir a toda la nación -desde la clase obrera a la "burguesía nacional"- para evitar que Franco entrara en la guerra al lado de Hitler; y, en el exilio, contribuir a la lucha activa para la derrota del nazismo en el marco de la alianza con las potencias occidentales.
En una reunión convocada en Carcassonne por Jaime Nieto, miembro de la delegación del PCE en Francia, se decidió la organización de los guerrilleros en la zona sur, que tomó el nombre de "XIV Cuerpo de Guerrilleros Españoles" en homenaje a la unidad homónima creada por el Ejército Popular de la República Española en 1937. La lucha de los republicanos aparecía así enlazada, sin solución de continuidad, con la guerra de España, conforme a la línea mantenida por los comunistas bajo los “gobiernos de la resistencia” del doctor Negrín. Nieto celebró otra reunión en la presa en construcción de Larroquebrou (Cantal), en la que se acordó organizar los primeros núcleos de guerrilleros de la zona central. Entre noviembre de 1942 y mayo de 1943 el PCE impulsó las guerrillas de Pirineos Orientales, Altos y Bajos Pirineos, y la consolidación de sus organizaciones urbanas en Toulouse, Foix, Pamiers, Tarascón y Lavelanet .
El principal teatro de operaciones de los guerrilleros españoles estuvo comprendido en el territorio de los departamentos de Ariège y Aude, y entre sus responsables se encontraban Jesús Ríos, Cristino García, Luis Walter (a) “Manolo el mecánico”, Luis Fernández, Vicente López Tovar y José Antonio Valledor . Las primeras acciones se llevaron a cabo en mayo de 1942, y consistieron en “recuperaciones” de dinero y armas lanzadas por los aliados, y en el sabotaje de vías férreas. Al mismo tiempo se produjo el lanzamiento de un órgano de expresión propio, “Reconquista de España”, editado con una pequeña imprenta “Minerva” por un grupo de carboneros en el departamento de Vaucluse .
Valledor y López Tovar fueron encargados de visitar los chantiers existentes para unificar la acción de los maquis residentes en ellos. Se trataba de combinar el mantenimiento de la vida legal de los leñadores, carboneros, mineros y constructores de presas, cuya integración con la población francesa no planteaba problema alguno, con las actividad clandestina, que exigía una ejecución rápida de las misiones asignadas y el retorno al lugar de trabajo antes de que la ausencia fuera percibida. Al contrario que sus camaradas franceses, que incurrieron en ocasiones en el error de formar grandes unidades partisanas para buscar la confrontación frontal con el enemigo, los españoles, según Sixto Agudo, cultivaron “el arte de reunirse y de dispersarse. Reunirse, condensarse, para caer como la lluvia sobre un objetivo dado. Dispersarse, desparramarse, para escapar a la persecución” . La preocupación por preservar al máximo tanto la integridad de los grupos de combatientes como su independencia orgánica no era ajena a la concepción de la resistencia que tenían los comunistas españoles, para quienes la lucha contra el ocupante nazi era no solo una continuación de su combate anterior en España, sino un episodio que presagiaba la lucha por la liberación de su propio país que habría de producirse en el porvenir .
La estructura de los maquis españoles en del Midi francés antes de 1944, era sumamente flexible y articulada en tres niveles:
- Los maquis “de primer nivel”, “maquis blancos” o “maquis del llano”, que, dispersos por los chantiers, aún no habían participado abiertamente en acciones de la resistencia. Entre ellos se encontraban los capataces de las explotaciones, que aparecían como la cara legal del entramado, encargados de la contratación de las obras y de la administración de los recursos.
- Los maquis “de segundo nivel” o “de nivel intermedio”, que eran los amenazados o puestos bajo sospecha que debían cambiar frecuentemente de localización.
- Los maquis “de tercer nivel” o “maquis verdadero”, guerrilleros móviles que se mantenían habitualmente alejados de los chantiers para llevar a cabo sus acciones .
El paso de un nivel a otro era dinámico, pero procurando no romper nunca el cordón umbilical que unía a los guerrilleros con el centro de trabajo de procedencia. Como afirma Victorio Vicuña, “en cualquier momento un destacamento guerrillero podía verse obligado a dispersarse. Entonces escondíamos las armas y la ropa, y cada guerrillero se fundía con leñadores, los mineros o los constructores de embalses” .
Con la creación del Comité Militar de la Mano de Obra Inmigrada (MOI) a finales de 1943 , y sobre todo a partir de la formación de la Agrupación de Guerrilleros Españoles (AGE) en mayo de 1944, la mayor parte de los maquis pasó a integrase en el tercer nivel, el del “maquis verdadero”, jugando un papel fundamental en la liberación del sur de Francia, desde Oloron, en los Pirineos Atlánticos, a Dordogne, el Ariége y Aude .
3. Una empresa para la “Reconquista de España”: la Enterprise Forestier du Sud-Ouest (1946-1950).

Tras la liberación del Mediodía francés y la fallida intentona de invasión del valle de Arán, en octubre de 1944, el PCE se encontró con miles de militantes en Francia que, una vez desmovilizadas las unidades de la resistencia, carecían de recursos propios. El partido adquirió bosques en la zona pirenaica, con el objetivo de financiarse y de proporcionar, al mismo tiempo, entrenamiento a los militantes cuyo destino era engrosar las filas de la guerrilla antifranquista en el interior de España.
En 1946 se fundó la Enterprise Forestier du Sud-Ouest, conocida por la policía franquista como “Fernández, Valledor y Cía” . Su origen se encontraba en la empresa forestal abierta el 20 de diciembre de 1940 por José Antonio Valledor en Saint Hilaire (Aude), y que desde 1942 se había convertido en el primer centro político militar del maquis español. La política de adquisición de propiedades forestales había continuado durante la guerra, favorecida por la galopante devaluación del franco, cuya cotización se aproximaba cada vez más a la sardónica definición dada por Goering: una divisa que “no tenía más valor que un cierto papel reservado para cierto uso”.
La empresa había adquirido unas importantes dimensiones y, a la finalización del conflicto, sus tajos se situaban en diferentes municipios (Mirepoix, Quillan, Brassac, Millau, Izaut, Pamiers,…) de los departamentos de Aude, Ariège, Alto Garona, Altos y Bajos Pirineos. Contaba, además de con los chantiers propiamente dichos, con depósitos, almacenes, serrerías y garajes, donde trabajaban unos doscientos cincuenta encargados y mil empleados .
La actividad de la empresa, en sus inicios, se repartió entre la corta de pinos, el carboneo y el aprovechamiento de pastos. De hecho, la primera contrata la obtuvo del ayuntamiento de Toulouse para la provisión de carbón destinado a la calefacción de sus dependencias . Pero el verdadero empuje lo recibió con la obtención del contrato para suministro de traviesas de ferrocarril por parte de la Société Nationale des Chemins de Fer (SNCF), que precisaba reconstruir los miles de kilómetros de vías férreas destruidas por las acciones de sabotaje y los bombardeos. La competitividad de los chantiers administrados por Valledor le permitió convertirse en la proveedora prácticamente en exclusiva, merced al bajo precio ofertado por sus traviesas, consecuencia a su vez de los bajos salarios que pagaba a sus empleados, la mayoría militantes comunistas españoles.
Pero, evidentemente, los chantiers de Valledor no constituían una empresa fabril al uso. Se trataba de la cobertura legal para la consolidación de un aparato de entrenamiento y apoyo a la penetración guerrillera en España desde territorio francés. Miembros del Comité Central del PCE con responsabilidades sobre el aparato de pasos, como Antonio Beltrán (a) “El Esquinazau” –a cuyo control estaba encomendada la región fronteriza del Pirineo Central- aparecían como empleados de la Enterprise Forestier du Sud-Ouest . Amparándose en ella, el PCE abrió una escuela de capacitación guerrillera, donde se instruían durante uno o dos meses los militantes que iban a ser enviados a España. Los alumnos recibían instrucción de campo -topografía, aprovechamiento del terreno y táctica-, ejercicios de tiro, manejo de explosivos - las municiones y explosivos provenían de depósitos ubicados en Toulouse, Pau, Nimes y Perpignan-, y técnicas de sabotaje . La formación política consistía en teoría (historia del Partido Comunista de la Unión Soviética) y actualidad de España (donde no se descuidaban temas relativos a la vida cotidiana extraídos de la lectura de la prensa ), y las clases corrían a cargo de Santiago Carrillo, Dolores Ibárruri, Ignacio Gallego, Fernando Claudín, Modesto, Líster, Luis Fernández y Manuel Azcárate .
Los chantiers de Valledor ocultaban también una cara menos épica: eran los lugares donde se llevaban a cabo las depuraciones –y, en ocasiones, la ejecución- de quienes en aquel periodo de paranoia estalinista, liquidación de disidentes y obsesión por la infiltración policial eran juzgados y condenados por el partido. La segunda mitad de la década de los 40 conoció un rebrote de las purgas en el campo comunista. La guerra fría se desplegaba en toda su intensidad (bloqueo de Berlín en 1948, imposición del rechazo al Plan Marshall en Europa oriental, “golpe de Praga” e instauración de los gobiernos de partido único en las “democracias populares”, revolución en China y guerra entre las dos Coreas…) con el telón de fondo de un conflicto nuclear. Bajo el pretexto de garantizar el monolitismo en el campo socialista, se desencadenó una redistribución brutal del poder en el interior de los partidos comunistas, con la purga de los dirigentes que habían encabezado la resistencia antifascista, y su sustitución por funcionarios de acreditada fidelidad estalinista. Lo que algunos militantes desengañados bautizaron como “espionitis” y los dirigentes más conspicuos calificaban como “vigilancia revolucionaria” llevó al enjuiciamiento y a la liquidación física de camaradas a los que se consideraba –especialmente tras la ruptura entre Tito y Stalin- como “esbirros del imperialismo”, “perros titistas”, o simplemente “agentes provocadores enviados a nuestra filas por el enemigo” . En sus memorias, Enrique Lister hace alusión en varias ocasiones a sucesos de esta índole, llevados a cabo en los chantiers fronterizos: eliminaciones de antiguos resistentes y ex deportados de los campos nazis, como Luis Montero; de guías del aparato de pasos, entre quienes cita a los conocidos como Lino y José el Valenciano; o de militantes caídos en desgracia, como José San José (a) Juanchu, antiguo alumno de la escuela del partido enviado desde México en misión especial. Él mismo, según cuenta, recibió de Vicente Uribe la confidencia de que en 1948 se manejó la posibilidad de su liquidación, junto con Modesto, durante una visita de inspección –como responsables del aparato militar - a uno de los chantiers, so pretexto de un accidente durante el examen de algún arma o explosivo .
Los historiadores franquistas se empeñaron en presentar a la “Valledor y cía.” como un boyante emporio del “terrorismo comunista” , pero lo cierto es que la empresa, regida por criterios políticos mucho antes que económicos, se encontraba sumida en una gravísima crisis, económica y política, mucho antes de que la ilegalización del PCE en Francia, en 1950, le asestara el golpe de gracia. Crisis económica derivada de que el excesivo tamaño de la red de chantiers –motivado por la voluntad política de cubrir la mayor extensión posible de frontera- llegó a suponer una pesada carga económica para el PCE. Se enviaban numerosos militantes a trabajar en las explotaciones, pero la carencia de buenas vías de comunicación y de sistemas eficaces de transporte del material producido contribuyó a su falta de rentabilidad . Asimismo, según Tovar, se extendió el descontento entre los empleados debido a las numerosas cotizaciones que se deducían de las mensualidades, y al elevado número de liberados del partido que había que mantener:

“Esta empresa no fue ni mucho menos un ejemplo de administración socialista (…) Los obreros no estaban contentos, los sueldos no eran en relación con el esfuerzo consentido, es verdad que en ese momento era difícil encontrar trabajo, pero a medida que el tiempo pasaba los obreros desaparecían, pues estaban mejor pagados al exterior. Cuando llegaba el momento de cobrar era un escándalo: la cotización al Partido, al Socorro Rojo, ayuda a la Juventud, a la Unión de Mujeres, a los presos de las cárceles en España, a las Guerrillas, etc. […] Esta empresa murió falta de mano de obra, malos salarios, y muchas cotizaciones a pagar, y sobre todo la mucha gente que comía de ellos sin trabajar” .

Los beneficios, sin embargo, apenas daban para mantener a los propios gerentes de la empresa. Según el propio Tovar, “Valledor y yo teníamos una miserable habitación, y cada semana estábamos cada uno de cocina, pues no teníamos bastante dinero para ir al restaurant, esto ocurría en los años 1946, 1947 y 1948” . Como en otros casos, el entramado diseñado para la captación de recursos no sirvió para el objetivo de nutrir económicamente a la guerrilla, sino para subvenir a los gastos de sostenimiento del aparato político del partido . Cuando en 1948 Valledor fue trasladado a Checoslovaquia, Tovar apenas podía sostener a su familia con su salario de supervisor de la Enterprise Forestier, y hubo de agenciarse una cámara fotográfica de ocasión para completar sus parcos ingresos haciendo retratos por calles y ferias. A medida que la caída del franquismo se postergaba en el horizonte, los chantiers fueron vaciándose de hombres que buscaban, a partir de ese momento, integrarse en la vida civil en el que suponían iba a ser durante mucho tiempo su país de acogida.
La otra cara de la crisis de los chantiers fue política. Desde que la agudización de la guerra fría dejó constancia de la nula voluntad de las potencias occidentales por derribar a Franco, muchos dirigentes y cuadros comunistas atisbaron la evidencia del fracaso de la táctica guerrillera en el interior de España. Beltrán “el Esquinazau”, responsable de pasos del Pirineo central, constataría desde 1946 la fragilidad de un movimiento guerrillero erróneamente orientado, falto de apoyo y arrasado por la represión de las fuerzas policiales franquistas. Ello le costaría la marginación dentro del partido y hasta un frustrado intento de liquidación . No sería el único desengañado: Vicente López Tovar daba un paso más y culpó a la dirección del partido de enviar a un sacrificio inútil a decenas de los militantes más valiosos por desconocimiento culposo de las verdaderas condiciones políticas en el interior de España:

“Era la desaparición sistemática de todos los Jefes y responsables que se habían distinguido en Francia. Faltos de puntos de apoyo, sin dinero, sin enlace con otras fuerzas, que no existían nada más que en los papeles de Carrillo. Así murieron atacando estancos, almacenes, pagadores y otras operaciones de ese género para poder subsistir, porque de Francia no recibían nada” .

A esta situación de marasmo habría que sumar las depuraciones que los responsables del PCE, encabezados por Santiago Carrillo y Fernando Claudín, llevaron a cabo con quienes habían liderado la delegación en Francia durante la época de la Resistencia. El aterrizaje de los dirigentes procedentes de Sudamérica y la URSS tuvo como consecuencia el desplazamiento de quienes habían sido los impulsores de la “Unión Nacional” y de la resistencia española contra el nazismo, materializado en la desautorización y expulsión de Jesús Monzón, la liquidación de Gabriel León Trilla, la penitencia impuesta a Manuel Azcárate y la marginación de Vicente López Tovar.
La salida del PCF del gobierno francés, en 1947, dejó desprotegida a la organización del PCE en el país galo. Arruinada, desmoralizada y debilitada por las purgas, la estructura política y económica del PCE en Francia sería desmantelada en julio de 1950, mediante un operativo en el que no faltaron los ingredientes (oscuros ajustes de cuentas, inspectores de policía narcotizados y armas escondidas obedeciendo a un supuesto plan de apoyo a la toma de los Pirineos por tropas paracaidistas soviéticas…) de una paradigmática historia ambientada en la guerra fría .

BIBLIOGRAFÍA
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