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Estudios sobre la historia del movimiento comunista en España

Octubre de 1934

Para el revisionismo historiográfico, Octubre del 34 discurre sobre las pautas de un modelo de asalto revolucionario al poder tomadas del referente bolchevique de 1917 y es frecuentemente invocado como precedente justificador de la sublevación militar del 36, considerada como una suerte de “pronunciamiento preventivo”. Conspiración, planificación meticulosa, acopio de armas, formación de unidades paramilitares... conforman, en el imaginario revisionista, los ingredientes de un proyecto de sovietización que no solo deslegitimaría a la izquierda, sino al propio sistema republicano que hasta entonces esa misma izquierda había contribuido a implantar y sostener, y que posteriormente diría defender de nuevo frente al levantamiento faccioso.

Un análisis riguroso de la actuación del PSOE y de Largo Caballero durante los meses que van de noviembre del 33 (triunfo electoral de la CEDA y los radicales) y octubre del 34 arroja una imagen que poco corresponde con la del partido bolchevique preparando el asalto al Palacio de Invierno y la de Lenin en la estación de Finlandia...

En primer lugar, la curiosa estrategia de anunciar públicamente plazo al estallido de la "revolución" (la entrada de ministros de la CEDA en el gabinete Lerroux) no podía por menos que tener dos consecuencias contraproducentes para cualquier intento revolucionario: dejar la iniciativa al contrario y renunciar a la sorpresa. Una revolución no es un partido de tenis, donde se le cede la elección de campo y el saque al contrario, ni un paro laboral con preaviso. La raíz del problema es que Largo y el PSOE nunca creyeron de veras que Alcalá Zamora fuera a ceder a las presiones de la CEDA, bastando que los socialistas advirtieran de las funestas consecuencias que ello podría tener para que el cumplimiento de la amenaza revolucionaria fuera innecesario.

En segundo lugar, el presunto "aparato militar" puesto en pie para la revolución era en realidad un ejército de papel toscamente armado con pistolas de contrabando que confiaba en la entrega de las armas que hicieran los soldados afines al sublevar sus cuarteles. Largo instó la formación de un "ejército revolucionario" basado en una estructura decimal (10 milicianos= 1 escuadra; 10 escuadras= 1 compañía; cada escuadra distribuida en cada uno de los 10 distritos en que se dividiría cada ciudad)cuyos integrantes acudirían el día señalado a la puerta de los cuarteles para recibir las armas de los soldados "hijos del pueblo". Al llegar tal día, las escuadras de Largo eran, en su mayoría,solo fichas de papel con filiaciones de militantes, diligentemente rellenadas por las agrupaciones locales, y los pocos de sus integrantes que acudieron a los cuarteles se encontraron no con los restos hambrientos y derrotados del ejército zarista de 1917, sino con reclutas que iban a actuar como funcionarios uniformados para cubrir las vacantes de los servicios públicos militarizados. El resultado fue el imaginable.

En tercer lugar, y seguro el más determinante, el PSOE se había consagrado tanto a reservar sus energías para el "gran día" -que confiaba no tuviera que llegar nunca- que se desvinculó de los movimientos de masas que hubieran proporcionado un sustrato verdaderamente revolucionario a su movimiento. La primavera y el verano de 1934 fueron testigos del auge de procesos huelguísticos masivos (del ramo de la construcción, huelga local en Zaragoza) que alcanzaron su cénit en la huelga general de campesinos del mes de junio. La Federación de Trabajadores de la Tierra de la UGT pidió la convocatoria de una huelga general de solidaridad, que se justificaba en el rumbo reaccionario adoptado por el gobierno radical en cuanto a la paralización de la reforma agraria y la suspensión de leyes sociales del primer bienio (de Términos Municipales, de salario mínimo y jornada máxima, del propio derecho a la huelga...) Largo se negó, y la huelga se saldó con la derrota de los campesinos y, lo que resultó mucho más grave, con cerca de 10.000 detenidos, cientos de jornaleros deportados a otras provincias, 200 ayuntamientos socialistas destituidos, sus correspondientes Casas del Pueblo cerradas y desmanteladas las agrupaciones de los sindicatos en la mayoría de las provincias del centro y el sur. Dos nuevas graves consecuencias para el futuro movimiento : La expectativa de revolución quedaba desvinculada de los intereses obreros reales, ligándose a posibles variaciones en el juego de mayorías gubernamentales que poco importaban a los sectores apolíticos integrados, por ejemplo, en el anarcosindicalismo; e inutilización de una parte sustancial del aparato sindical y partidario necesario para dar cobertura a un intento de asalto al poder tan serio como el que implica una revolución.

Otro tanto ocurrió respecto al descontento extendido en los municipios vascos y en la Generalitat de Cataluña debido a la intrusión central en sus competencias forales y autonómicas. El juramento de "pureza ideológica de clase" realizado por los socialistas al abandonar el pacto con los republicanos burgueses privó a los primeros de liderar el movimiento de oposición territorial contra la reacción centralista. Incapaz de imprimir una dirección conjunta a los dos conflictos de base -el del proletariado agrícola y el de la pequeña burguesía nacionalista, cuyas reivindicaciones se ventilaban en la verdadera partida donde se estaba jugando una probable transformación en la naturaleza del régimen- que podrían haber dotado de un potencial revolucionario a su movimiento, Largo Caballero estaba destinado al fracaso cuando llegó, por fin, la ocasión de declarar una revolución en la que no creía. Quien mejor resume el balance, a mi juicio, es Santos Juliá: "Una revolución a fecha fija, pendiente de una provocación que el adversario podía administrar a su gusto y desligada de la anterior movilización obrera y campesina, basada en una deplorable organización armada, sin objetivos políticos precisos, con la abstención de un numeroso sector de la clase obrera sindicalmente organizada, proyectada como mezcla de conspiración de militares presuntamente adictos y de huelga general del gran día, frente a un Estado que mantenía intacta su capacidad de respuesta, no tenía ninguna posibilidad de triunfar. Así lo pensaban también sus propios dirigentes, que en medio del desconcierto general que siguió a su decisión no fueron siqiera capaces de ordenar una digna retirada. Largo Caballero encerrándose en casa, como en otras ocasiones en que se habían declarado o se pensaban declarar huelgas generales a esperar tranquilamente la llegada de la policía, "porque no tenía nada que ver con lo que pudiera ocurrir" y "no quería ponerse en contacto con nadie, absolutamente con nadie" es la imagen elocuente de un Lenin español excesivamente casero para dirigir una revolución".
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