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Estudios sobre la historia del movimiento comunista en España

Fragmentos de las memorias de Vicente Uribe: el PCE y las Juventudes Comunistas en Vizcaya en los años 20 (IV)

Fragmentos de las memorias de Vicente Uribe: el PCE y las Juventudes Comunistas en Vizcaya en los años 20 (IV) (En aquella época la oposición a la guerra de Marruecos era general, pero salvo el PCE el resto de partidos apenas llevaba a acabo alguna acción práctica contra ella). Una característica de aquel periodo entre la juventud era la tendencia a no ir al servicio militar, la guerra y la negra perspectiva de 3 años de servicio en filas inducían a muchos a marcharse fuera de España para rehuir el servicio. Los casos de prófugos eran más densos después del sorteo entre los que por el mismo habían sido designados para las guarniciones de África. Entre ellos había también muchos jóvenes comunistas y simpatizantes. [A Uribe le destinaron al regimiento Garellano donde] un rasgo característico era el elevado porcentaje de soldados cuotas, (…) unos por cinco meses y otros por diez meses, escalonados en los tres años de servicio. Unos y otros tenían este servicio reducido y estaban excluidos en el régimen general de ir a África mediante una aportación monetaria. Pero la guerra les perjudicaba enormemente, pues no obstante pagar una seria cantidad de dinero, tenían que ir también a África, aunque su estancia en Marruecos era más corta que la de otros soldados. [Sigue el relato de varias acciones de protesta interna de los soldados contra la guerra].
(…) Durante la Dictadura de Berenguer [se publicó] un artículo de Hernández, miembro de hecho de la dirección del Partido, en relación con el movimiento contra la Monarquía y a favor de la República, que ya había empezado a tomar cuerpo en España. Si mal no recuerdo, el contenido de dicho artículo hablaba más o menos de que la República, como iba a ser burguesa, era asunto de la burguesía y por lo tanto que la clase obrera no tenía nada que ver con su advenimiento, según se razonaba en el citado artículo publicado en el órgano oficial del Partido entonces.
[Praga, 20 de octubre de 1959].
[Con la proclamación de la República, el PCE volvió a la legalidad, aunque sus fuerzas eran escasas]. En Baracaldo, por ejemplo, (…) teníamos 15 afiliados al Partido; en la Juventud teníamos 70 u 80 auténticos jóvenes. En Sestao sucedía lo propio, aunque el número de afiliados era mayor. El grueso de los electores que habían depositado su confianza en el Partido en ocasión de un acto político tan importante como las elecciones constituyentes lo componían en su mayor parte obreros que habían pasado por el Partido o por la Juventud y que a través de todas las vicisitudes, se mantenían en una actitud de fidelidad revolucionaria para el Partido. (…)
Como elemento de juicio sobre la mentalidad y preocupaciones de algunos viejos militantes del Partido en esta época, puedo ofrecer el siguiente hecho muy expresivo a mi juicio, para el enfoque de los problemas que teníamos entonces en cuanto a la formación de los comunistas. En mi primer contacto con el Comité de Radio de la zona minera, muy importante por el número de afiliados y porque estaba enclavado e pueblos de influencia comunista, sucedió de la siguiente manera. Abierta la reunión, el secretario que lo era Martín, apodado “Petaca”, empezó preguntando a los asistentes cómo está la cuestión de las pistolas, cuántas balas tenían en depósito, si ya se habían preparado las bombas de que habían hablado. Es decir, el Comité de radio se ocupaba en primer lugar y exclusivamente en aquel caso, por lo que me pude enterar después, de hacer la revisión de los pertrechos de guerra. Este era realmente el trabajo principal del Comité de Radio, además de cobrar las cotizaciones. “Petaca” tenía gran autoridad porque había estado algunos años preso en el penal de Burgos a causa de un hecho donde habían hablado las pistolas. Yo hice las observaciones pertinentes en cuanto al enfoque por parte de Petaca de las actividades del Comité de Radio, que yo como Secretario del Comité Regional no había ido para eso, que eran los problemas del Partido y su labor lo que interesaba examinar, etc.
Ante mis palabras –la reunión se celebraba en un monte- Petaca se levantó y se marchó. Los demás no dijeron nada sobre esta actitud. Pude enterarme de que las ocupaciones más importantes del Comité de Radio eran esas que yo había interrumpido con mi intervención.
Merece la pena prestar alguna atención a las andanzas de Hernández en lo que tiene relación con Vizcaya en este periodo. En el mes de julio de 1931 se presentó allí procedente de Madrid. No nos comunicó nada en cuanto a su misión, si traía misión, ni nos hizo saber ningún encargo de la dirección del Partido, de la cual formaba parte, ni con qué fines u objetivos venía. Para mí esto fue siempre un enigma que no pude aclarar. Si puedo decir que no tenía dinero, pues Gallo, tesorero del Comité Regional se me quejó alguna vez de que Hernández le pedía dinero para sus gastos personales.
Hernández empezó su actuación en Vizcaya en este periodo, convocando a los parados, haciendo discursos incendiarios en reuniones con estos. Lo curioso, por lo menos, es que en esas reuniones se presentaba con anillos muy brillantes en los dedos, con un alfiler de brillantes en la corbata y fundas de botines, lo que producía, como es comprensible, un efecto desastroso. Se dio cuanta y prescindió de presentarse en las reuniones de parados como un marqués cualquiera. Su situación no era clara pues no sabíamos si aún era dirigente nacional del Partido o qué pasaba con él, si pasaba algo, pues de Madrid nunca dijeron nada sobre el particular.
Bajo su influencia e inspiración nos abocamos al hecho siguiente. Para el primero de agosto de 1931, aniversario del desencadenamiento de la primera guerra imperialista, y siguiendo las instrucciones de la dirección del Partido, habíamos organizado una manifestación en Bilbao. Los llamamientos los había hecho Hernández y cuyo tono parecía anunciar la Revolución Mundial para el día de la manifestación. El caso es que nos reunimos cerca del Arenal, lugar designado para hacer la manifestación unos centenares de militantes. Antes de la hora que habíamos marcado para la celebración de la manifestación, la Plaza del Arenal estaba ocupada militarmente por la Guardia Civil.
En contactos con los camaradas, especialmente con los procedentes de la zona minera me enteré de que estos habían venido cargados de bombas y granadas fabricadas por ellos, aparte de las correspondientes pistolas. Al conocer esto y ver la situación que había y la que se crearía si la manifestación se efectuaba, como estaba previsto, reuní al Comité Regional y a Hernández y les dije en tonos enérgicos que debíamos suspender la manifestación, pues de otra manera aquello sería una hecatombe. Nadie dijo nada en contra y al comunicar a los camaradas que la manifestación se suspendía a la vista de la situación, los camaradas de la zona minera protestaron que “si haber (sic) si para eso se les había llamado, que no vendrían más a Bilbao, etc”. Hernández dio un mitin relámpago delante de algunas docenas de personas, en sitio bastante alejado de aquel donde se había previsto la manifestación, sin mayores consecuencias (…)
Lo que había sucedido era muy simple: Hernández, al margen de la dirección regional del Partido, se había puesto de acuerdo con los camaradas, de la zona minera sobre todo, para dar a la manifestación ese carácter, de que de producirse se hubiera transformado, sin ninguna duda, n una verdadera carnicería de comunistas. Las bombas y las granadas estaban destinadas a la fuerza pública, en este caso a la Guardia Civil (...) No puedo pronunciarme de forma categórica sobre los verdaderos motivos de esta y otras acciones de Hernández. Este tenía una formación pistoleril, no se si en Madrid. Bullejos, por ejemplo, le había hecho indicaciones en este sentido, de provocar algo que hiciese mucho ruido, aunque fuese a costa de la vida de muchos comunistas; puede ser que se tratase de valorizarse o de revalorizarse a los ojos de la dirección del Partido con actos de esa naturaleza. Puede ser que se tratase de la obra de un provocador. Son incógnitas que para mí aún quedan en el aire. Si se pude afirmar que en esta línea de conducta Hernández fue consecuente, como lo demuestran los hechos que se sucedieron poco después, acaecidos en la calle Somera de Bilbao.
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