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Estudios sobre la historia del movimiento comunista en España

Sobre las precauciones a tomar con las memorias

Una de las precauciones básicas que me he impuesto en el análisis de la biografía de Jesus Hernández es la de tener presente que las memorias propias siempre tienden a la autocomplacencia. Quizás las de Santiago Carrillo sean las que alcancen un grado sublime de autojustificación, y las de Hernández no sean una excepción, pero tampoco lo son las de ningún otro de los protagonistas de la generación de comunistas forjados en el mito de Octubre y arrasados en sus convicciones por la experiencia estalinista. Pongo un ejemplo: En su "Testimonio de dos guerras" (pág. 306), Manuel Tagüeña rememora la asamblea conjunta de las Academias Militares Frunze y Vorochilov en donde se trató, el 6 de mayo de 1944, la expulsión de Hernández:

“La obligada reunión del colectivo para tratar estos problemas se adelantó, dado que teníamos que salir de Moscú hacia nuestros destinos. Estuvieron presentes también los de la Academia Voroshilov (…) Asistieron Ignacio Gallego, Modesto y Líster (…) Los tres representaban al comité central, es decir, venían en calidad de fiscales, no a hacerse la autocrítica, sino a exigírnosla a nosotros. Gallego tuvo una actitud discreta, no así los generales, que ante un auditorio que les había oído muchas veces atacar e insultar a La Pasionaria y a Francisco Antón y elogiar a Jesús Hernández, no tuvieron inconveniente en pedimos que denunciáramos cualquier pequeño detalle que contribuyera a desenmascarar a los expulsados y a otros posibles traidores que hubieran colaborado con ellos en su labor contra el Partido, contra Dolores y contra la Unión Soviética (…) Era el momento para desenmascararlos diciendo en público todo lo que pensaba de ellos y de su ruin comportamiento, pero estaba claro que Dolores, completamente aislada, se estaba apoyando en ellos para aquella depuración, y hubiera sido yo el que saldría perdiendo. En definitiva, todos estábamos cogidos en una inmensa red y cada uno se defendía a su manera. Por eso me limité a salir del paso en mi intervención de la mejor manera posible; al fin y al cabo era cierto que yo no había intervenido en ninguna de las intrigas y me sentía limpio de culpa en los supuestos delitos que allí se estaban juzgando. Hubo en la reunión alguna insinuación malévola hacia mí y hacia mi mujer, por nuestra amistad con el matrimonio Castro, pero nadie se atrevió a achacarme algo concreto, lo que me hubiera obligado a defenderme atacando. De todos modos estaba claro que como mi actitud había sido incomprensible para ellos, pues no podían admitir mi falta de ambiciones políticas, no supieron por dónde atacarme”.

Sin embargo, el acta de la reunión atribuye a Tagüeña esta otra intervención:

“Me siento orgulloso de pertenecer a un Partido que marcha hacia adelante apartando los obstáculos (…) Está claro, como dice el camarada Gallego y lo ha dicho Modesto: lo que unía a Hernández y Castro era la ambición, aspiraban a ser jefes. Yo siempre he sentido antipatía por Jesús. Recuerdo que en España yo era amigo de un joven comunista que murió en el frente (...) Él tenía la convicción de que Jesús era confidente de la policía (…) Hernández ha hecho todo lo posible por colocar al Partido al borde de la catástrofe y su agitación entre la emigración creaba situaciones de intranquilidad y nos colocaba en callejones sin salida. He percibido que todo lo que dijo Hernández del acercamiento de militantes a España era un engaño, él deseaba "emigrar" de la URSS y crear un problema a la camarada Dolores. No lo planteó, sin embargo, tenía miedo a las consecuencias (…) Con Castro he tenido relaciones que han durado hasta este momento. La ambición le unía a Hernández, y cuando un hombre se coloca en el plano de la ambición desmedida, hasta llegar a atentar contra la autoridad de la camarada Dolores, este hombre está decidido a todos los crímenes (…) Yo a un camarada (...) le dije no es necesario estar de acuerdo para realizar un trabajo en contra del Partido, es suficiente en un momento determinado coincidir con determinadas posiciones. Esto me lo puedo aplicar como lección. La amistad debe ser política, hasta donde permiten las garantías políticas, y fuera de las fronteras políticas se acaba la amistad (...) Nada hay más querido que el Partido y la mayor honra es la de militar en él, ello es de vida o muerte (...) Hay que luchar por ser digno de la calidad de miembro del Partido”.



Es decir, existe en la literatura memorialística de los luego disidentes una clara tendencia a la proyección restrospectiva de sus diferencias, mas en otra vertiente es la misma que lleva a los ortodoxos a buscar en sus actuaciones remotas precedentes a sus frecuentes cambios de posición sin abandonar la "línea" correcta. Siempre he sido remiso a aceptar como válidas las explicaciones basadas en juicios personales. Hay una afirmación del historiador marxista británico E. P. Thompson que me parece enormemente acertada: ¿Por qué, según la descripción de los antropólogos, todo es sutileza y complejidad en los elaborados usos sociales de los nativos de las islas Tobriand y, sin embargo, según los historiadores clásicos, todo es brutalidad y simpleza en el comportamiento del proletario inglés del siglo XIX? O, trasladado a nuestro caso, ¿por qué lo que en Togliatti es producto de una fineza de análisis florentina en Hernández es fruto del despecho y la ambición personal?


Las relaciones entre ambos debieron verse teñidas, ciertamente, por una profunda antipatía mútua desde muy temprano: Ya en su informe del 25 de noviembre del 37 Alfredo se queja a la "Casa" de lo poco que se relacionan los ministros comunistas (Uribe y Hernández) con el resto de sus colegas, lo que achaca a la influencia sectaria ejercida por Luis (Vitorio Codovilla) sobre Dolores Ibárruri y el propio Hernández. Pero por debajo de la animadversión laten diferencias de naturaleza política: al transmitir los resultados de los trabajos del pleno del partido escribe: "La discusión ha sido desigual. Bien los miembros del Buró Político (con excepción de Jesús, que ha hecho una mala intervención sobre la US [Unión Soviética])". A Togliatti le choca de Hernández (y de otros) el chirrido permanente entre la aceptación obligada de la disciplina kominteriana (concorde a las necesidades de la geoestrategia soviética) y la voluntad mal refrenada de avanzar posiciones de poder. Como leninistas convencidos, a Hernández y otros, como José del Barrio -con el que se reencontrará en el movimiento proyugoslavo- el cuerpo les pide superar etapas: "Escriba al camarada Dimitrov - exclama Hernández y se recoge en el informe de 30 de julio del 37- y al camarada Manuilski, hágales venir aquí y comprobar lo hermoso que es el Frente Popular. Nos está costando sangre y nervios...". Del Barrio, por su parte (22 de abril de 1938) "ha perdido la cabeza (...) Se exige que el Partido tome en sus manos todo el aparato del Ministerio de la Guerra y todo el ejército; se orientan excesivamente en el ejército a la conquista de puestos de dirección".

No es esa la intención de la Komintern en abril del 38; es más, en esa fecha Stalin ha decidido que para mejorar sus relaciones con Gran Bretaña es preciso tranquilizar al gobierno de Su Majestad haciendo salir a los comunistas del gobierno español e impidiendo a sus colegas franceses entrar en el de su país. A Togliatti le toca transmitir a la dirección del PCE una consigna que causa "sorpresa". Hernández realiza una "intervención (...) en tono casi desesperado ()". Llega a equiparar la retirada gubernamental con una declaración de derrotismo. Togliatti no logra convencer al Buró español de llevar a la práctica la totalidad de la orden estaliniana y, dejado en una situación desairada por el éxito de la réplica de Hernández, ha de camuflar su fracaso a duras penas: "Vuestro consejo táctico, aunque no se ha puesto en práctica porque la situación actual no lo permite, hizo entender a los camaradas (...) que si no eliminaban las erróneas tendencias, corrían el riesgo de perder la orientación política acertada". Togliatti consigue, en última instancia, un asentimiento a medias: se sacrifica la presencia de un ministro comunista en el gabinete, y el sacrificado es, precisamente, Hernández.

La hostilidad entre ambos apenas se encubre ya en el periodo posterior. Togliatti atribuye al "Comisario General del Ejército de la zona Centro" (Hernández) el fracaso de la ofensiva de Extremadura para aliviar la ofensiva franquista contra Cataluña en diciembre del 38: "No estaba sobre el terreno en el periodo de su preparación, llegó el día mismo en que empezaba la operación y se volvió dos días después, precisamente en el momento crítico, cuando su presencia habría sido más necesaria". Pero el punto álgido llega con la huída del Buró Político desde Monóvar el 7 de marzo del 39, tras el golpe de Casado. Hernández, con Togliatti preso de los casadistas, ha de tomar medidas para enfrentarse a la situación que ha puesto fuera de la legalidad al PCE. Decide desmentir a la radio casadista, que propala la fuga de los dirigentes comunistas -incluído él-, dando a la luz un manifiesto en nombre del Buró Político con fecha 9 de marzo. De este documento dirá Alfredo: "Desde un punto de vista político coincide exactamente con el nuestro [él redacta uno que verá la luz con fecha del día 12], pero no contiene ningún ataque contra la Junta, mientras que en el nuestro se la acusa de crimen y traición y de haber actuado en interés de Franco y del extranjero. Nuestro documento fue juzgado demasiado violento por los camaradas que habían de imprimirlo y difundirlo". No es así exactamente: por boca de su "querido" camarada Stepanov (en su "Informe sobre las causas de la derrota de la República Esañola") sabemos que el manifiesto de Togliatti levantó indignación entre la propia dirección comunista refugiada en Paris, por su contenido confuso próximo al derrotismo, hasta el punto de que, por mayoría, se decidirá desaconsejar su publicación en L´Humanité.

Un análisis comparado de ambos textos no puede dejar de hallar concordancias (el elogio de la unidad del Frente Popular y la necesidad de restablecer la legalidad del partido, la reivindicación de la presencia y continuidad de la dirección del PC en el interior de la zona leal, el rechazo a la actuación del Consejo Nacional de Defensa...) pero, así mismo, profundas diferencias, y no de matiz: mientras el de Hernández llama a mantener posiciones de fuerza ("Ordenamos a todos nuestros camaradas en el Ejército que bajo ningún concepto acepten el desarme de su unidad o resignen el mando, ya que esas órdenes solo el enemigo o la provocación pueden dictarlas") el de Togliatti apuesta por una labor de persuasión inerme (los dirigentes comunistas "se acercarán inmediatamente a los dirigentes de otros partidos y organizaciones antifascistas (...) y les convencerán de la necesidad de presionar sobre el Consejo para que tome otro camino..."); mientras que el de Hernández advierte con el uso de la fuerza ( "Lo mismo que en Madrid los militantes comunistas (...) se han visto obligados a hacer uso de las armas para defenderse, en todo el país, de no cesar esa provocación, pueden producirse hechos semejantes que somo los primeros en lamentar"), el de Togliatti cede la iniciativa a la propia Junta [la del "crimen" y la "traición"], que habrá de decidir o no si quiere a los comunistas en su seno ( "El PC está dispuesto a enviar su representación al seno del Consejo de Defensa a condición de que este sea reorganizado de tal manera que signifique una condena abierta de la política de represión y reacción seguida hasta hoy y la vuelta a una política de unidad, de orden, de disciplina y de Frente Popular").

La iniciativa de Hernández, inédita ciertamente, no se toma solo ante la ausencia de los órganos de dirección del partido, si no en contradicción con la línea determinada por la asesoría kominteriana, que ya da por amortizada la resistencia republicana en los prolegómenos del pacto germano-soviético. Se lo harán pagar años más tarde: en 1944, Stepanov citará, en los alegatos para su expulsión ante el Comité Central del PCE en Moscú, que desde 1938, cuando José Díaz fue evacuado a la URSS para ser tratado de su cáncer de estómago, Hernández se había postulado para ocupar su lugar, siendo uno de los rasgos que le caracterizaba que "quería tener su línea política".
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